C a p í t u l o 4 1
  
Dunkan
Algunas semanas más tarde.
A veces cuando te dan una noticia que llevabas siglos esperando, descubres que ya no es en absoluto lo que quieres. Es una sensación extraña, pero es justo lo que me recorre el cuerpo cuando Trudy viene a darme la noticia en primicia.
Van a darme el alta. Todavía me quedan unas cuantas semanas de reposo intercalado con rehabilitación, pero ya puedo hacerlo lejos del hospital.
La verdad es que me cabrea.
Digamos que la dinámica de Darcy durmiéndose encima de mí es algo que me gusta más que tener la espalda en buen estado. Y eso que tener la espalda hecha un cromo me molesta muchísimo.
Han venido a verme dos personas de mi equipo, y Darcy salió por patas hasta el punto de hacerme dudar de si volvería a verla.
En ambas ocasiones remoloneó hasta la hora de la cena, pero vino a dormir.
Deberían estudiarme el corazón, es evidente que lo tengo de puro hierro para seguir aguantando tanta tortura.
—¿Hemos revisado los cajones de la mesita? —pregunta mirando la bolsa de deporte en la que están todas mis cosas.
—Sí.
—¿Y Nolan te espera abajo?
No me gusta que no use el plural. Ni tampoco que parezca estar tachando cosas de una lista mental que no quiero leer.
—Sí. Pensábamos invitarte a comer, si te apetece.
—No puedo, he quedado con Keira.
¿La misma Keira que se pasa los mediodías compartiendo su hora de la comida con su marido el científico? Ya. Seguro.
—Bueno, te deseo lo mejor, Dunkan. —Darcy alarga la mano hacia mí y yo la observo, sin saber qué narices pretende que haga con ella.
No parece esperar que le ponga un anillo y eso es lo único que se me ocurriría hacer.
Me meto las manos en los bolsillos y lleno los pulmones porque sé que esto va a doler.
—¿Qué haces, Darcy?
—Despedirme, ¿no…? ¿No quieres que lo haga?
No contesto. No, porque todavía no puedo levantarla y empotrarla contra la pared y dejarle claro hasta qué punto no quiero que se despida .
—Ahhhh, cierto, se me olvidaba —dice llenando el silencio. Saca de sus pantalones de chándal negros el… Joder. Pues claro que sí: el llavero de mi padre. Lo deja sobre la cama, junto al resto de mis cosas—. Gracias por prestármelo.
¿Me están arrancando la puta piel a tiras? Porque a mí me lo parece.
Mido bien mis palabras antes de hablar.
—¿Que te despidas de mí como si no fuéramos a vernos nunca más tiene algo que ver con la forma en la que me gano la vida?
—No.
—Entonces que hayas estado evitando a Lina, pero no a Keira, ¿es casualidad?
—Sí.
—Darcy.
—¿Qué? ¿No puedo tener una amiga favorita?
Sé que no la tiene. Durante las primeras semanas de conocerla, cada vez que mencionaba a Keira la llamaba «una de mis dos mejores amigas».
Así que no se lo rebato.
En el fondo la entiendo. Hace poco perdió a la persona que más quería y dos de las personas cercanas que le quedan se juegan la vida porque son un par de yonkis de la adrenalina y la velocidad.
—No importa.
—¿No importa que tenga una amiga favorita?
—No, Darcy. Esto, lo que intentas hacer… —exhalo—. No importa. Tengo infinita paciencia si se trata de ti. Puedo es perar tanto como necesites.
Su mirada se endurece, se enfría.
—No quiero que me esperes.
—¿Y se supone que eso tengo que creérmelo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque te lo digo yo. Dunkan, me alegro mucho de que estés bien, pero no puedo darte lo que quieres.
—No tienes que darme nada, Darcy. Lo único que tienes que hacer es no apartarme de tu vida.
—Es que ahora mismo no tengo espacio para nadie más, ¿de acuerdo? —dice frustrada, apartando la mirada y paseándose de un lado a otro.
—De vuelta a las andadas, veo. —Me apoyo contra la pared y la observo.
—¿Qué?
—Que a estas alturas ya no me gustan las mentiras.
—No es ninguna mentira. Tengo que buscar trabajo como psicóloga, acabo de graduarme y no puedo añadir más cargas.
Sé por qué intenta usar palabras hirientes.
Pero si Darcy supiera que el simple hecho de respirar en una habitación en la que no esté ella me deja bien jodido, sabría que no le hacen falta ninguna.
—¿Y qué propones?
Exhala, se detiene y cuadra los hombros, como si necesitara fuerzas para decir lo que viene.
—Que vivas tu vida, Dunkan Scot. Y yo la mía.