C a p í t u l o 3 8
  
Dunkan
Nolan irrumpe en la habitación que había abandonado escasos minutos atrás. Hoy en día las transferencias son más rápidas de lo que tarda un Scot en ir al baño.
—¿Se puede saber por qué tengo tanto dinero en el banco? Dunkan, ¿qué…? —Me mira con horror—. ¿Qué has hecho?
—Tranquilo, que no es la herencia. No me voy a morir por esto. —Mi hermano está muy sensible y preocupado aunque lo que tengo no es más que un resfriado.
O quizá es mi corazón el que está enfermo porque la mujer a la que quiero está sufriendo lo que no está escrito y no puedo ayudarla.
Aun así, esta tarde voy a volver a ir a verla. Ya he convencido a Trudy para que me lleve. Mi nuevo médico no tiene por qué enterarse.
—¿Y entonces de qué mierda va esto? ¿De dónde sale esta pasta?
—Papá y tú sacrificasteis mucho para que yo me convirtiera en piloto de F1, ese dinero es tuyo. Te lo mereces.
Reconozco que he tardado un montón en dárselo porque tenía miedo de que si no le era de utilidad, me abandonara. Pero después de lo de Monique, no puedo seguir pensando así. Sobre todo después de ver el vídeo que me dejó y que Theo me ha enviado esta mañana.
«—Cuídala mucho, Dunkan. Darcy merece la pena, ya lo has visto, y yo no voy a poder hacerlo.
—Monique se esfuerza en sonreír de manera convincente—.
Sé que es pedir demasiado, pero una mesa no puede cojear en dos esquinas del mismo lado o acabará en el suelo.
Si quieres ayudarla, tendrás que pasar por encima de tus debilidades hasta convertirlas en fortalezas».
Y eso es justo lo que voy a hacer, Monique.
—Pero serás… ¡Serás imbécil! —Nolan toquetea la pantalla de su móvil y el mío vibra enseguida.
Acaba de hacerme una transferencia devolviéndomelo todo. Los del banco deben de pensar que nos han robado los ladrones más tontos del país.
—Nolan.
—No, ese dinero es tuyo.
—Escúchame.
—¡No! ¿Sacrificar el qué, payaso? Era tu fan y pude vivirlo todo de cerca gracias a ti. No me debes una mierda. Ahora tómate las putas medicinas. —Se acerca a la mesita de noche y me da un pequeño vaso transparente con tres pastillas usando la mano buena.
—Qué mandón estás. —Me las tomo, porque no veo que tenga muchas opciones.
—Además, las matemáticas no son una carrera sin salidas, voy a cobrar una pasta cuando me gradúe.
—Estoy seguro de ello.
—Y para que te enteres, todavía no te he perdonado que salieras del hospital, aunque fuera con Trudy.
—Era por una buena causa —digo a sabiendas de que voy a hacerlo otra vez dentro de unas horas.
Nunca me he sentido tan enjaulado como ahora. Detesto los hospitales con toda mi alma.
—Te fuiste sin decírmelo —recalca Nolan, dolido.
—¿Te habría parecido bien que lo hiciera, de haberlo sabido?
—No. Por supuesto que no. Pero me habría ofrecido a ir al funeral por ti. Me habría encargado de que Darcy estuviera bien.
Es bonito, pero eso no habría servido.
No, porque tengo la suerte de ser especial para ella. No entiendo por qué, pero no me hace falta entenderlo para disfrutarlo el resto de mi vida.
—Vete, anda, que tienes clase.
—No hasta dentro de una hora. —Se planta en el sillón con cara de pocos amigos.
De repente la puerta de la habitación se abre con la fuerza con la que lo hizo Susan Scot en su día. Pero esta vez quien aparece es la chica que se llevó un arañazo con tal de protegerme de sus garras.
Si hubiera tenido un corazón delicado, en este preciso momento, se habría rendido.
—Darcy.
—Trudy ha dicho que estás mal —dice acercándose a mí, seguida de Keira y Lina Alasdair.
Trudy. Menuda lianta es Trudy.
—Lo está. ¿A quién se le ocurre salir lloviendo después de la infección que tuvo y todavía teniendo la espalda hecha un cromo? —pregunta Nolan de forma retórica, perdiendo fuerza en el tono a medida que ve la oscuridad que envuelve a Darcy ahora, más allá de su ropa negra y sus gafas cuadradas.
Está aquí.
Ha venido.
Su mano sigue vendada y por las pequeñas manchas de la venda, diría que no se la ha cambiado. Me ofrecería a hacerlo con gusto.
—Dunkan —jadea tan preocupada que mata todas mis defensas.
—Estoy bien.
—No te creo. —Se acerca y apenas soy consciente de nada más que la necesidad que siento por tocarla.
Alargo la mano hacia la suya, tiro de ella hacia mí y cuando se deja caer en la cama y tengo su cara a un palmo de la mía, la beso.
Odio que se aguante las lágrimas, pero es algo que estoy seguro de que dejará de hacer en cuanto estemos a solas.
Me devuelve el beso como si me hubiera echado tanto de menos como yo a ella, lo cual es del todo imposible.
—Dunkan, dime qué te pasa. Necesito saberlo.
—Solo tengo un resfriado y un poco de anginas. Algo que es muy probable que acabe de contagiarte. —Le beso la punta de la nariz—. ¿Ves? Los demás también podemos ser egoístas a veces y no pasa nada.
Me besa con más ganas. Nunca me había alegrado tanto de estar enfermo.
—Ahora que tú también tienes anginas, lo mejor será que te quedes en el hospital —interviene Lina—. Por si acaso. Hola, Scot.
—Hola, Alasdair.
Lina ya lo sabe todo. Miro a Keira. También tiene los ojos hinchados de llorar.
—Darcy, yo… Siento muchísimo tu pérdida. De verdad.
—Gracias, Nolan —le responde sin dejar de mirarme.