C a p í t u l o 3 7
  
Darcy
Llorar acompañada duele menos que hacerlo sola. Aun así, en cuanto el insolente sol de mediodía brilla alto, ajeno a todo mi dolor, me esfuerzo por que se marchen. No hay manera. Koven Alasdair o Alek Sant Delphi nos traen comida cada ciertas horas, pero ninguno se lleva a sus respectivas mujeres.
Pasan varios días así, aunque a mí me saben a semanas. Años. Más que eso.
Todo me cuesta mucho esfuerzo, incluso las cosas más tontas como responder a las preguntas que me hacen.
Nos sentamos a la mesa para comer y, aunque no tengo hambre, me lleno la boca de patatas fritas. Mi estómago se alivia, pero me mancho la sudadera de aceite.
—Voy a por algo de ropa para que te cambies —dice Lina.
—Sí, y ya que te cambias podrías aprovechar para ducharte, Darcy —dice Keira, con su pelo mojado de la ducha.
—Muy sutil. Si huelo mal y te molesta, ¿sabes qué puedes hacer?
—¿Empujarte a la ducha?
—Irte.
Lina vuelve poco después con el ceño fruncido.
—Darcy, ¿por qué no tienes nada de ropa en el armario?
—Lo he tirado todo.
—¿Que has qué? —musita Lina, como si acabara de confesar que como noruegos rubios de postre.
—Nada de lo que tenía representa quién soy ahora —digo llenándome la boca de más patatas fritas.
Mis mejores amigas comparten una mirada a la que no presto atención.
—¿Vamos a hablar de tu rollo Dunkan en algún momento?
—No.
Silencio. Más silencio.
—Keira dijo que se presentó en el funeral.
—Bueno, es que es evidente que Keira no sabe mantener la bocaza cerrada.
La susodicha hace una mueca de culpa y baja la mirada hasta su plato.
No me soporto. ¿Por qué no se van? Las estoy tratando fatal.
—¿Sabéis? Pese a su aspecto de dios griego que tiene, Dunkan no es ningún flipado —explica Lina, tomando asiento de nuevo, como si nada—.
Y en la F1 hay muchísimos flipados que siempre quieren estar delante de las cámaras para que las fans locas les digan lo buenísimos que están.
Dunkan no es de esos. Es de los callados, ¿sabéis?
De los que van a lo suyo, trabajan duro y luego se largan a su vida lejos de los focos.
Molesta, decido abandonar la mesa. Entro en mi dormitorio, enchufo el cargador al móvil y lo enciendo.
Me siento en la cama mientras un montón de mensajes que no quiero leer aparecen en la pantalla de mi teléfono.
También un montón de llamadas perdidas, algunas incluso de números desconocidos. Y luego está Theo.
Theo
Theo
Darcy, por favor,
No te alejes de nosotros.
Somos tu familia.
Me reconforta que siga considerándome parte de la familia, pese a todo. No encuentro palabras que hagan justicia a lo que siento, así que no contesto.
—¿Estás bien? —Keira aparece con Lina en la puerta de la habitación y exhalo, perdiendo todas las ganas de ser una imbécil con ellas con tal de que se vayan.
—Sí —sonrío—. Lina, mañana tienes que coger un avión hacia España, vuelve a casa y céntrate en…
—No voy a ir. Ya he avisado de que estoy enferma.
—¿Qué has qué?
—Me subestimaste pensando que lo que hago me importa más que tú, amiga. No voy.
«Lo que hago» es una manera muy sutil de llamar a la puta pasión de su vida. La fuente de todos sus dolores, a la que ni con esas es capaz de renunciar, su droga.
—No hablarás en serio.
—Muy en serio.
—Keira, ayúdame. Hazla entender que…
—No. Tengo algo mejor que hacer. —Keira entra en la habitación y se sienta de rodillas, en el suelo frente a mí, cogiéndome la mano.
Lina la imita, aunque ella se sienta a lo indio.
—¿Qué estáis haciendo?
—Quizá te parezca fatal, Darcy, pero tengo algo que confesar —dice la atleta—. Estuve robándote algunas cosas. Bueno, robando no, guardando. Custodiando. Por si acaso.
—Keira, te salen muchas palabras de la boca, pero no entiendo ninguna.
—Temía que hicieras esto, que te convirtieras en una sombra de quien en realidad eres, porque no, Darcy, tu personalidad no te la daba Monique. Puede que su amor y la seguridad que te daba tenerla cerca te hiciera florecer, pero tú eres tú. Única en tu especie.
—Keira…
—Shhh —pide Lina.
—Así que hablé con Monique.
—¿Hablaste con mi hermana?
—Sí. Igual que yo, Monique pensaba que esta iba a ser tu reacción. Así que con la supervisión de tu hermana, fui robándote algunos zapatos y algunos vestidos, sin que te dieras cuenta. Lo tengo todo en mi armario, en casa. Listo para ti cuando quieras usarlo.
—Nunca querré —digo, pero si estoy tan segura, ¿por qué me arde tanto la garganta?
—No importa lo que tardes, yo siempre lo guardaré —insiste Keira.
El móvil me vibra un puñado de veces dándome la excusa perfecta para huir de esta conversación.
Desconocido
Desconocido
Darcy, soy Trudy.
No quiero asustarte,
ni preocuparte más de la cuenta.
Pero Dunkan no está bien.
Deberías venir.