Mi chicane favorita (North Star 10) C a p í t u l o 3 6
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Darcy

—Tienes que irte de aquí —digo entre sollozos.

Llevo una hora y media llorando con tanta fuerza que me duele el estómago de tenerlo contraído. Dunkan está tumbado en mi cama hecha, conmigo aferrada a su costado. Trudy está fuera, en su coche, esperando para llevarlo de vuelta al hospital.

—Cuando lo haga, tú vendrás conmigo.

—No lo haré —sacudo la cabeza con énfasis—. Nunca volveré a pisar un hospital.

Dilo todo. Vale: nunca saldré de aquí.

Este apartamento será todo mi mundo y después de que Dunkan se vaya, no volveré a dejar entrar a nadie.

—Espero que no cumplas con tu palabra —admite, más para sí mismo que para nadie, con esa suavidad que caracteriza su manera de hablar cuando se dirige a mí.

Me incorporo para pedirle que se vaya de mi casa, pero pierdo el hilo.

—He sido una egoísta. Nunca debí pensar en mí —susurro con la vista clavada en sus labios—. No debí alejarme de ella.

—No lo hiciste. Estuviste allí día y noche —dice, pero Dunkan sabe que me refiero al tiempo que estuve con él.

—Tienes que irte.

—No voy a irme hasta que me dejes curarte la mano —responde y juraría que ya he oído esas palabras antes.

¿Ya le había pedido que se fuera? Mi cabeza es una lavadora que no para de dar vueltas.

Abro el puño, pero no siento más dolor cuando la piel levantada de mi palma se desengancha lentamente de los entresijos del reloj victoriano manchado de sangre.

Me levanto de la cama para invitarlo a que se largue, y él también lo hace. Despacio. Con cuidado.

Su espalda está muy delicada, no debería estar aquí. No debería, pero lo está. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Dunkan tira de mí y dejo que me lleve a donde quiera. Solo cuando llegamos al baño y mis sollozos rebotan contra las paredes me doy cuenta de que sigo llorando.

Sentándose en una banqueta, que lo hace parecer más gigante de lo que ya es, me cura la mano usando todo cuanto encuentra en el pequeño armario con espejo.

Termina hasta vendándome la mano, lavando el llavero de su padre con jabón y poniéndomelo en la otra mano, guiando mis dedos hasta la corona.

¿Es que todavía no le ha quedado claro que su padre era mucho más fuerte que yo? ¿Que su técnica no sirve para personas como yo?

—Vete, Dunkan. Quiero que te vayas —digo en el tono más desagradable que encuentro, empujando las palabras más allá de mi garganta con todas mis fuerzas.

—No quiero irme.

—Pero yo sí quiero que te vayas.

Aprieta los labios, triste.

No me gusta hacerle daño. No quiero hacerle daño a nadie, pero tiene que dejarme o lo hundiré conmigo. ¿Acaso no es consciente de lo que ha arriesgado viniendo aquí? Tiene sueños que cumplir y yo tengo que pasar a formar parte de su pasado.

—Beckham me dio tu número. ¿Puedes cogerme el teléfono cuando te llame? —pregunta en la puerta de mi apartamento, bloqueándome el paso para que no la abra.

—Dunkan, para.

—¿El qué?

—No quiero que me llames.

—Pero…

—No actúes como si hubieras hecho algo bueno por mí. Solo pensabas en lo que tú querías. Yo estaba muy bien reprimiendo mis emociones hasta que decidiste plantarte en el cementerio, y volveré a estarlo cuando te vayas.

—No volverías a verme si eso fuera verdad —promete .

Mi corazón se asusta y tiembla mientras yo dudo si voy a tener un ataque de pánico en este preciso instante.

—Es la verdad —me esfuerzo en mentir, con ganas de vomitar de la lucha interna que se está librando en mi pecho.

Dunkan me acaricia la mejilla como si no tuviera sentido para él refutar esa burda mentira.

Como si lo supiera todo, que me estaba marchitando, ahogando, sin él. Que le echaba muchísimo de menos. Que he muerto con Monique. Que estoy muy preocupada por Macy y triste por Theo. Que ya no quiero ser psicóloga, ni nada en absoluto. Que…

—Darcy. —La intensidad de su mirada me acelera el pulso.

—No. Cállate. No digas nada más. No lo digas.

—Te quiero.

Cierro los ojos con fuerza y mi corazón llora a gritos.

Agacho la cabeza y mis lágrimas chocan contra el suelo y mis pies descalzos hasta que Dunkan me alza la barbilla.

—No me…

—Estoy muy enamorado de ti y no voy a dejarte sola en esto.

—Para.

—No. Ven conmigo al hospital, por favor. Úsame. Voy a ponerme mejor, en unas semanas estaré como nuevo. Úsame como tu proyecto personal. Por favor —dice, pero eso él no lo sabe.

Podría ponerse peor.

Podría tener otra infección y acabar en el mismo lugar en el que ahora está mi hermana .

Y aunque consiguiera mejorar, Dunkan quiere competir, correr en la F1. Todos se van a morir. Y yo voy a tener que soportar sus pérdidas una a una. Voy a tener que soportar vivir una vida que es mucho peor que estar muerta.

Me zafo de su agarre con las pocas fuerzas que me quedan y abro la puerta.

—¡Trudy! —La llamo para que crea que Dunkan necesita ayuda cuando, en realidad, la que la necesita soy yo.

Pero funciona. Se lo lleva.

Por desgracia, Dunkan se queda conmigo, en mi piel y no soy capaz de dejar de llorar por mucho que lo intente.

Diez minutos después llaman a la puerta y esta vez no tardo horas en abrir. Corro hasta ella esperando encontrarme con esos ojos verdes. Los que he suplicado que no vuelvan a mí.

Pero en vez de eso encuentro a Lina Alasdair.

Durante un instante, no dice nada, solo deja que las gotas de la lluvia caigan de su pelo igual que las lágrimas lo hacen de sus ojos.

—¿Tu hermana se muere y no me lo cuentas? —susurra—. ¿Qué mierda te pasa?

—¿Quién te lo ha dicho? —pregunto clavándome las uñas en la gruesa venda, pero no es suficiente para mantener mis emociones a raya.

—¿Que quién me lo ha…? —se interrumpe, enfadada—. Darcy, ¿cómo has podido? ¿Por eso llevas evitándome todas estas semanas? —pregunta como si, quien le hubiera contado lo de Monique, solo hubiera tenido oportunidad a contarle parte de la verdad—. ¡Da rcy!

—No quería que tuvieras un accidente por estar pensando en mí.

—¿Qué?

—No puedo perderte a ti también —admito demasiado sincera.

Mis barreras y las de mi mejor amiga se derrumban. Lina entra en mi apartamento para abrazarme y sollozar conmigo.

Una hora después llama a Keira y las dos se autoinvitan a pasar la noche.

Intento echarlas, pero no ceden.