Mi chicane favorita (North Star 10) C a p í t u l o 3 5
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Darcy

El ataúd de Monique empieza a desaparecer bajo tierra, despacio, y Theo ya no puede aguantar más la compostura.

Ya ni siquiera siento la garganta de lo que me arde. Pequeñas gotitas de sangre manan de mi mano cerrada, pero no lloro. Ni una sola lágrima. Mi hermana debe de pensar que ya no la quiero, pero si tiene alguna queja, que venga y me lo diga.

La ceremonia termina y Beckham propone ir a desayunar.

—¿Crees que podrías acompañarnos? —me pregunta cuando su hijo y su nieta se muestran dispuestos.

—Me apetece dormir un poco, estoy algo cansada —respondo cruzándome de brazos, aprovechando que las manchas rojas no se ven en las sudaderas negras.

Insisto en que prefiero volver a casa y gracias a que Keira y Alek están a mi espalda, como dos sombras, Beckham cede y se marchan. Theo me da un abrazo que preferiría que se hubiera ahorrado y me dice cuánto me quieren. Tampoco me gusta oírlo.

No tengo oportunidad de girarme hacia mi amiga y su marido para decirles que voy a irme a mi apartamento sola porque mis ojos se topan con los de otra persona. Le veo. Entre los árboles. Con la chaqueta de su padre.

Dunkan.

Dunkan está en el cementerio. No puede salir del hospital, faltan semanas para que le den el alta y eso si todo va bien. Pero si no es real, ¿por qué v eo a Trudy a su espalda, a unos metros de distancia?

No le mires.

Finge que no existe.

Vete de aquí pero ya, Darcy.

Eso es lo que hago. Sin despedirme de nadie, acelero el paso de mis pies descalzos y dejo atrás el ataúd de mi hermana. ¿El problema? Tengo que pasar justo por al lado de Dunkan para salir del cementerio y cuando lo hago, él me agarra del brazo.

—Suéltame, por favor —musito, pero es casi inaudible.

—Nunca te voy a soltar, Darcy —dice tirando de mí, obligándome a chocar contra su pecho.

Como si su piel tuviera algún tipo de magia inmoral, me arranca hasta la última protección, quema todas mis máscaras y a mí con ellas. El sollozo que sale de mí es tan crudo y fuerte que ahuyenta a los cuervos.

Qué cruel por su parte venir hasta aquí solo para terminar de romperme.