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C a p í t u l o 3 4

  

Dunkan

Horas antes.

Librarme de la compañía de mi hermano ha sido una decisión inteligente, pero no contaba con que sufriría una emboscada médica.

—No puedes irte del hospital, Dunkan. No te hemos dado el alta —dice mi doctora, acompañada de Trudy y dos enfermeros igual de reacios a que me largue, pero yo ya me estoy poniendo la chaqueta.

—Solo serán unas horas, doctora. — Tengo que estar ahí para ella o el mío será el próximo puto cadáver que entierren.

—¿Es por el funeral de Monique? —pregunta Trudy.

—Sí.

—¿Un funeral? No lo estás entendiendo, Dunkan. —Mi doctora sacude la cabeza—. Si te subes a un coche y tienes el más mínimo susto, podrías quedarte en silla de ruedas de por vida. Tu espalda es un jarrón de cristal. No querrás que se rompa y se haga pedazos, ¿a que no?

—Pues iré caminando.

—No puedes ir caminando tan lejos, Dunkan, por dios. ¿Puedes tomarte esto en serio durante un segundo?

—Volveré en unas horas.

—¡No! Puede que no te preocupe tu estado ahora mismo, pero a mí sí. Como tu doctora, te prohíbo que salgas por esa puerta. Si lo haces, dejaré de ser tu médico. Dejaré de tratarte —dice alargando el brazo como si eso fuera a suponer una barrera física real para mí.

—Espero que me des buenas recomendaciones para tus colegas, doc.

—Yo te llevo —dice Trudy.

—No puedes abandonar tu puesto de trabajo por esto.

—¿No? —Trudy responde, alargando la mano hacia mí para cogerme del brazo—. ¿Y por qué parece que es eso justo lo que estoy haciendo?

Joder. Con un par. Salimos de la habitación dejando a la doctora a cuadros.

—¿Estás segura de lo que acabas de hacer? —pregunto ya en el pasillo.

—Bastante. Los de Recursos Humanos me adoran. Si no, empezaré a ser la enfermera privada de un piloto de F1. Te aviso de que cobro un sueldazo.

—Por mí perfecto.