C a p í t u l o 3 0
  
Darcy
Theo y Macy llegan a mediodía, adelantándose mucho más que de costumbre.
Por suerte Theo me llama antes de subir, así que tengo tiempo de ponerme los tacones y prepararme para salir de la habitación.
Estoy tan despistada que me pongo uno de cada tipo hasta que la diferencia de altura me da la colleja que necesitaba.
Me he quitado el vestido con el que Dunkan… en fin, y me he puesto un mono tejano de pantalón largo. A juego con él van los botines de tacón alto y plataforma. También son vaqueros, combinados con bordes, cordones y correas de color rosa fucsia brillante, llenos hasta arriba de corazones.

—Llévatela de aquí, Darcy —dice Monique, secándose la sangre de los labios.
La fiebre ya no le baja nada. Como la HLH se come sus células sanguíneas han tenido que hacerle transfusiones desde el principio, pero ahora… cada vez son más seguidas. Está llena de moratones, apagada, marchitándose poco a poco.
Odio verla tan débil, tan dolorida, y no poder hacer nada para ayudarla.
—¿A Macy?
—Sí, sácala del hospital. Ve con Keira a tomar un helado o algo —pide con los ojos cerrados, aunque con el frío que hace no apetece mucho un helado.
Miro a una de mis dos mejores amigas, esperándome tras la puerta. Keira está aquí cada dos por tres. Su marido debe de tenerme una tirria que no veas por robársela tan a menudo.
—¿Por qué quieres que me la lleve?
—Oirá a los enfermeros hablar y se pondrá triste. Por favor, Darcy.
Mi hermana sabe lo muchísimo que detesto salir del hospital. Lo incómoda que estoy lejos de su cama. Y encima esta mañana ya he salido. He ido a casa para ducharme y luego he tenido la increíble idea de ir a ver a Dunkan…
Dios, ¿cómo hemos llegado a eso?
Una parte de mí desearía no haberlo hecho porque mantenerme lejos de él era difícil, pero no imposible. Ahora sí lo es.
La otra parte de mí se pregunta si podría haberle aliviado de alguna forma que no fuera peligrosa para su espalda. La mía se ha arqueado como para romperse, así que imagino que no. ¿Qué aspecto tendrá Dunkan cuando se corre?
—¿Darcy? ¿Por favor?
—De acuerdo, pero solo porque hay un Starbucks a dos minutos de aquí. Que Theo me llame si necesitáis cualquier cosa, ¿vale?
Hace días que Monique no sonríe, pero algo muy similar a una sonrisa débil se dibuja en sus labios antes de que me vaya. Me anima un poco, la verdad.
—¿Qué ocurre? —pregunta Keira en cuanto me ve.
—Theo y Macy vienen ya. Monique quiere que nos llevemos a Macy fuera, a tomar el aire. —Hago una mueca—. No me gusta nada la idea.
—¿Crees que se encuentra peor y no quiere que lo veáis?
—Puede, aunque quizá solo es su deseo de estar a solas con Theo —digo intentando convencerme.
Hace unos días Macy se mostró muy dispuesta a observar a su madre a través de la pequeña ventana de la puerta.
Eso hacía que Theo y ella no pudieran estar dentro de la sala, ya que su pequeña no sabe que es la única que no puede entrar ahí.
Así que tuve que ingeniármelas para distraer a Macy de otras formas—.
Hemos estado creando un cuento para Monique, explicándole todas las cosas que le pasan a Macy en la guardería.
—Qué bonito.
—Macy cree que esto es pasajero. No para de decir «cuando mami esté bien».
—Menuda mierda.
—Lo sé.
—¿Quieres un abrazo?
—Siempre —respondo, ya abrazándola.
—Darcy —dice una voz a mi espalda, en el pasillo.
Dejo de respirar porque es la misma voz que gruñó en mi oído mientras me corría en su baño.
—D-Dunkan. Hola. ¿Qué haces de pie? ¿Y aquí? Hola.
—Vaaaale — dice Keira por lo bajini, así que la cojo del brazo y la pellizco.
—Quería saber cómo estaba tu hermana.
Cada palabra es un clavo en mi ataúd.
¿Por qué está tan guapo? ¿Y por qué tengo tantas ganas de llorar?
No me merezco ser feliz en un momento como este, cuando la persona que más quiero del mundo está pasándolo fatal. Pero mirando el verde de sus ojos siento que me merezco ser un poco egoísta.
Lo cual es mentira.
—Está despierta. Le ha pedido a Darcy que salga a tomar algo —responde Keira por mí, ya que no me funciona el cerebro, ni la lengua.
No puedo apartar la mirada de Dunkan. Ni siquiera cuando Macy y Theo salen del ascensor y la pequeña me llama con entusiasmo y cariño.

Sentarme en el Starbucks con Macy y Keira me hace sentir todavía más fuera de mi elemento. Sobre todo porque lo disfruto, y durante cuarenta minutos es como si no tuviera serios problemas, ni mi vida se estuviera yendo a la mierda.
—Yo también quiero ser una vaquera —dice Macy balanceándose en la silla, con un trocito de tarta de chocolate manchando su adorable y blandita mejilla.
¿Me la como? ¿Enterita? ¿De un bocado?
—Pues lo serás. Buscaré en internet ropita diminuta de vaquera para ti y encontraré la manera de que la entreguen a domicilio.
—Suena bien, aunque también podríamos acercarnos a alguna tienda —dice Keira sin despegar la cara de su plato, como si tal cosa.
Monique no es la única que quiere que me aleje del hospital un par de horas al día. Es evidente que no he dejado clara mi postura.
Respiro un poco mejor cuando llegamos a la sala del hospital que está junto a la azotea, donde seguimos pintando el cuento de Macy. Es una especie de sala de espera, pero con asientos para niños y algunas mesas, así que la usamos para pasar el rato.
—No tienes por qué estar aquí, Key.
—¿Qué? Si me encanta —dice la muy cochina mentirosa.
¿Quiere hacerme llorar? ¿Es lo que pretende? Porque si sigue así…
Me vibra el móvil y me sobresalto pensando que puede ser Theo. Pero no. Es la universidad, diciéndome algo muy interesante .
—¿Por qué me acaba de llegar un correo electrónico diciendo que he sacado un seis en mi último trabajo de psicología aplicada? — Yo no entregué ningún trabajo.
—¿Un seis? —Arruga la nariz—. Es decir, ¿qué cosa más rara, no? ¿Qué habrá podido pasar? No tengo ni idea.
—Keira.
—Vale, ¿puede que lo entregara por ti?
—¿Que tú qué?
—Alek y yo estuvimos dándole vueltas. Quería ayudarte y él, como profesor, sabía que cualquier alumna puede entregar los deberes de otra —carraspea—.
Al parecer, Google no tiene toda la información que te dan en clase, aunque a decir verdad, creo que me merecía más un siete, pero bueno…
—deja de hablar cuando la abrazo con fuerza.
Es. Un. Maldito. Tesoro.
—Gracias.
—¿No estás enfadada porque te haya bajado la media? Sé que estabas sacando notazas.
—No me importa nada, Key. Gracias, en serio. Estás como una cabra.
—No se merecen. —Se encoge de hombros.
—¡Mirad! —Macy levanta su dibujo y pienso que, a diferencia de mí, tiene mucho talento para eso.
Dunkan aparece en la puerta de la sala con la frente manchada de sudor y dice:
—Darcy, tienes que venir conmigo ahora. Sola.
No hay nada seductor en su tono, solo urgente. Por eso me quedo paralizada un instante, rezando porque no sea nada grave.
—Nosotras nos quedamos pintando —dice Keira, sentándose junto a Macy—. Cerrad la puerta, que el ruido entorpece nuestro arte.
—¡Arte! — exclama Macy.
Dunkan parece dispuesto a acercarse y tirar de mí, pero no hace falta. Salgo de la sala y me paro frente a él, no sin antes cerrar la puerta.
No tengo que preguntarle de qué va esto porque ya lo sé.
Monique.