C a p í t u l o 2 8
  
Darcy
Me pasé dos días sin visitar a Dunkan, tras morirme de miedo pensando que había sido infectada y que Monique se pondría peor por mi culpa.
Al ver que no fue así, que el estado de mi hermana se mantenía en mal-pero-estable tomé precauciones sanitarias y me colé en una habitación en la que se supone que no debo estar.
En mi defensa: Nolan tampoco y él se acomoda en la silla como si tal cosa. Yo al menos tengo la decencia de esconderme tras la puerta del baño si llega alguien a ver a Dunkan.
Si no fuera porque su hermano le visitaba, no habría soportado la distancia.
Incluso sabiéndolo, ya me estaba ahogando.
«—Ni siquiera un piloto de F1 parece tan especial ahí tumbado, ¿verdad? —pregunta Gregor entre risas a otro becario que tampoco me cae bien.
—Para nada. ¿En serio este tío es millonario?
Se van de la sala y les hago una peineta. Hay que tener poca sensibilidad…
Me acerco a la cama y le veo dormir durante un rato, esperando alejar sus pesadillas si se atreven a acecharle. Por algún motivo, cuando echo un poco de mi colonia por su habitación, duerme mejor y a mí… a mí me gusta ser útil».
Con el paso de los días Dunkan va mejorando. ¿Me tranquiliza? No. De hecho, estoy bastante segura de que no volveré a estar tranquila hasta que lo vea subirse a un monoplaza.
Y eso no tiene ningún sentido, porque son peligrosísimos.
Al salir de su habitación, paso por el baño y me paso cinco minutos enjabonándome las manos, los antebrazos y la cara. Después me maquillo y vuelvo con mi hermana.
Monique se pasó el día de ayer vomitando sangre e incluso perdió el conocimiento estando con Theo.
Tuvieron que sedarla para que durmiera unas horas porque no había manera.
Cualquiera hubiera pensado que mi hermana tenía miedo de cerrar los ojos, pero yo tengo la impresión de que lo que la ha mantenido despierta no es malo.
Que está tramando algo a mis espaldas. No me ha dicho nada, pero juraría que Theo sabe de qué va, ya que no se muestra tan curioso como debería.
Yo solo quiero que paren los brotes de una vez. HLH, ya has ganado, ¿no puedes dejarnos en paz de una puta vez? ¡¿Fingir que has desaparecido hasta que me la quites para siempre?!
—¿Sigue dormida? —pregunta Trudy desde la puerta, poco después de que ocupe el sillón.
—Sí. Trudy, ¿mi hermana tiene alguna infección? ¿Está peor porque algo externo la haya atacado? —pregunto, dudando si algo de esto es culpa mía.
—No, cielo, así es el patrón del HLH. No… No has ido a verle, ¿verdad?
—No.
—Bien hecho. Volveré a veros en un rato, chicas Gilmore.
Voy a acabar en el infierno.

El miércoles por la mañana, dos días después del peor brote que ha tenido Monique, entro en la habitación de Dunkan y lo encuentro sentado al borde de la cama.
—¿Q-q-qué…? —Mi cerebro sufre un cortocircuito y ese so nido es el único que sale de mi boca durante unos largos y bochornosos segundos.
—Estoy bien, mi cuerpo ha superado la infección con éxito —dice su voz rasposa, como si acabara de levantarse, pese a que es de noche.
Quizá tenga que ver con todo lo que ha dormido estos días.
Resulta muy sexy.
Tanto como él.
Dios, ¿de verdad está despierto y bien? ¿De verdad ha superado la infección?
—Me alegra que estés bie… ¡¿Qué estás haciendo?! —Me sobresalto cuando se levanta.
—Acabo de ducharme y me gustaría que dejara de gotearme el pelo en la cara —dice caminando hacia el baño a paso de tortuga.
—Yo te doy la toalla, tú siéntate —pido inhalando su aroma masculino y a limpio a través de la mascarilla.
Ni siquiera me había dado cuenta de que lo tenía mojado.
Dunkan no me hace ni caso, así que cuando entramos los dos en el baño, le echo un buen vistazo. Sus labios están rojos, su piel tiene un color muy saludable y sus ojos están muy despiertos y llenos de vida.
—¿De verdad estás mejor?
—Como nuevo. Te lo prometo.
Tiene pinta de ser mentira, pero quiero creérmelo. Quiero que algo vaya bien por una vez. Una gotita cae desde las alturas de su pelo hasta cerca de mi ojo y Dunkan la aparta con su pulgar.
—No deberías haber venido a verme, Darcy.
—Intenté no hacerlo.
Otra gota debe de haber caído en mi cintura, porque ahora es allí donde el pulgar de Dunkan está acariciándome.
—Debiste intentarlo más.
—Tenía mucho miedo —admito en un susurro.
—¿De perder de vista a un conocido?
—Sí —musito, aguantándome las ganas de llorar, tirando de la corona del reloj de su padre, que siempre está en una de mis manos.
No sé por qué.
Está de pie y todo esto es muy buena noticia.
—Súbete aquí —pide de forma tajante, dándole dos toques a la encimera de mármol que forma el pequeño mueble del lavamanos.
—¿Por qué?
—Porque yo no puedo subirte.
El corazón me da un vuelco. Lo lógico sería que me largara de este baño pitando, pero no es lo que pasa.
En vez de eso, me subo al mueble del lavamanos de un saltito, algo que deja nuestros rostros a la misma altura. La garganta se me seca y mi pulso se acelera hasta lo indecible.
—No me beses —susurro, aunque los labios me arden de la necesidad imperiosa de encontrar los suyos incluso a través de la mascarilla.
Pero si ya está bien, no necesito llevarla puesta, ¿no?
Dunkan cierra los ojos y pega su frente a la mía.
—Darcy… —gruñe y mi clítoris tiembla al imaginarse qu e haría ese tipo de gruñidos al follar.
Dios, debe follar muy bien. Debe ser de los que te empotran, amenazan con atravesar la pared contigo, y luego te arrastran a la cama para dormir juntos. Separo las piernas para que pueda acercarse más.
Me quito la mascarilla.
—Tienes prohibido volver a ponerte enfermo. A partir de ahora tu recuperación tiene que ser lineal, predecible y aburridísima.
—¿Qué me das a cambio de que lo cumpla? —Dunkan roza sus labios contra mi piel y siento que me asfixio.
Jamás he deseado tanto besar a alguien.
—¿Qué quieres? —Vuelvo a lanzar la pelota a su tejado, sin mojarme.
Sus enormes manos se mueven por mis caderas acercándome más a sí mismo. Me encanta lo grandes que son. Me he imaginado montones de veces qué se sentiría teniéndolas en todas partes.
—No quieras saberlo.
—Por cómo me miras pareces querer follarme aquí mismo. Pero no puedes hacer movimientos tan bruscos.
—Podrías ser tú la que los hiciera.
Se me para el corazón. Finjo no oírle porque un tío como él no podría pensar algo así. He visto muchos vídeos, sé la cantidad de fans que tiene siguiéndole la pista. La cantidad de chicas guapísimas que están dispuestas a todo por él.
Lo que no has visto es un solo vídeo de Dunkan haciéndoles el menor caso.
— Voy a irme —miento, sin moverme.
—¿Entonces para qué te quitas la mascarilla? —pregunta cuando todavía está entre mis piernas.
No puedo soportarlo.
No. Puedo. Soportarlo.
—Quiero saber lo que quieres de mí.
—Lo que quiero es que dejes de huir. Que dejes de esconder lo que quieres —traga saliva—. Que me supliques que te bese.
—Bésame.
Seis letras que lo cambian todo porque cuando Dunkan separa mis labios para conquistar mi boca en el beso más intenso que me han dado nunca, sé que, en realidad, nunca tuve la menor oportunidad contra él.
Su mano se tensa en mi cadera y mi sexo palpita con rapidez.
Nadie debería besar tan bien. No es seguro para su integridad física. ¿Sabe esto la gente del hospital?
Dunkan gruñe y se me eriza todo el vello del cuerpo mientras chispas de pura química me queman las venas.
—¿Puedo tocarte? —pregunta, pero su lengua entra en mi boca y la llena antes de que consiga dar una respuesta.
Dunkan me empuja a un viaje que ni la puta droga conseguiría.
¿Qué me está haciendo? ¿Cómo besa así? ¡No lo entiendo!
—Darcy —gruñe como si le faltara el aire—. Necesito que lo digas.
No puedo decirlo. No, porque sé que es un error .
Así que asiento.
No lo hubiera hecho de saber que los besos acabarían y que la intensidad de sus ojos me dejaría petrificada.
Siento que voy a salir ardiendo por combustión espontánea.
Una de sus manos se cuela bajo mi falda, decidida, pero temblorosa.
Como si tuviera miedo de tocarme, como si mi coño fuera algo sagrado que no está seguro de merecerse.
—Dunkan… —Me muerdo el labio porque la expectativa me está matando.
Entonces su índice roza mi clítoris a través de la fina tela de mis bragas empapadas y me contrae hasta el último músculo. Gimo intentando no moverme, para que él haga lo que quiera conmigo, pero apenas lo consigo.
—Dios, he pensado tantas veces en esto… —admite trazando círculos en el lugar exacto.
Son tan lentos que le odio con toda mi alma. Mira la forma en la que su mano desaparece tras mi falda como si fuera hipnótico.
Insatisfecho por la barrera que quedaba entre nosotros, mete la mano tras la tela y sigue torturándome, ahora piel con piel.
—¿Pretendes matarme? —jadeo.
—No puedo hacerlo más deprisa, lo siento. Va a tener que ser así. Ven aquí —pide y en cuanto me inclino de nuevo hacia él, me besa.
Intento cerrar las piernas cuando el placer me desborda, pero su anatomía entera me lo impide. Su lengua baila sobre la mía, lame hasta el último rincón de mi boca y entonces dos de sus dedos entran dentro de mí .
Nunca me habían follado tan despacio, ni con tanto cariño, y creo que voy a llorar. O a morirme del gusto. Por el momento me deshago en gemidos suplicantes producto de la excitación descomunal que me hierve la sangre y me la quema.
Dunkan me besa despacio y entonces curva los dedos. Solo le hace falta tocar mi punto G una vez para que lo que siento sea demasiado para soportar y el orgasmo me arrolle como la ola de un tsunami. Me aferro al lavamanos sin alejarme de su boca mientras convulsiono sin control.
¿Por qué me ha hecho esto?
¿Por qué no podía ponérmelo fácil?