C a p í t u l o 2 6
  
Darcy
Los primeros días son los peores. Macy cree que lo que ocurra depende de si se porta bien o no. Cuando se porta muy bien y ve que la cosa no cambia, se pone muy triste.
Monique se está poniendo peor de oírla llorar. Todo esto es un ciclo espantoso.
El miércoles por la tarde me llevo a Macy a la sala de máquinas expendedoras y cierro la puerta tras de mí para que no se oigan los gritos por todo el pasillo.
—Eh, vamos, ratoncita, no llores así, preocuparás a mamá —agachada frente a ella, le limpio las lágrimas, pero llegan nuevas.
—¡Pero yo quiero verla! —solloza.
—Ya lo sé, pero es que está muy malita.
—¡No le haré nada, lo prometo! —grita frustrada.
Claro que no puede entenderlo, por dios, solo tiene dos años.
Cojo a Macy de las manos y espero a que se calme un poco para hablar.
—Cielo, te mentimos. En realidad no puedes entrar a ver a mamá porque ella es la que podría contagiarte a ti.
—¿Contagiarme qué? —Se le mueven los hombros con cada respiración.
—Es algo raro y muy fuerte que viene con mucha fiebre, mucha tos y mucho malestar. Podríamos acabar ingresadas como ella.
Una vez más, mis mentiras me sacan de un problema del que, de otro modo, no sabría salir.
Macy llora un poco más, pero ya no está enfadada, solo triste. Así que, en un intento de animarla, le compro una barrita de chocolate y me la llevo a la azotea porque le encanta ver las luces de los edificios que rodean al hospital.
Pero hay algo en lo que no puedo dejar de pensar: cuando hemos salido de la sala de máquinas expendedoras, la puerta de Dunkan estaba cerrada.

No vuelvo al pasillo hasta que Theo me hace una breve llamada perdida. Para cuando le encontramos Macy y yo, mi cuñado ya está fuera. La mascarilla con la que ha tenido que visitar a su mujer ahora cuelga de su brazo, inocente y desapercibida.
Se sorprende mucho al ver que Macy no llora tanto. Me inclino hacia Theo y le susurro toda la verdad a una velocidad digna de Eminem, para que no meta la pata y se cargue mi mentira.
—¿Te vas a quedar aquí solita? —Macy tira de mi vestido con flecos fucsias y negros.
—Sí, tesoro.
—¿En el pasillo? ¿Aquí? —insiste.
En serio, esta niña es muy lista. Intuye mucho más de lo que debería.
—Sí. Por supuesto. Y dentro de nada ya me iré a casa, a cenar como tú.
Le acaricio las mejillas y la beso por todas partes. Luego su padre la coge en brazos y se marchan. Voy al baño y me lavo las manos durante un minuto. Luego saco la mascarilla del bolsillo de mi falda, me la pongo y entro en la habitación de Monique .
Me acerco a la cama de mi hermana, rabiando por no poder acercarme a ella todo cuanto quiero. Se acabó lo de subirme a su cama y ver pelis juntas.
—¿No lloraba? —pregunta con un cansancio que ya pesa en sus ojos.
—Nop.
—¿Qué has hecho?
—Le he contado una pequeña mentirijilla. —Se la explico para tranquilizarla, pero parece hacerle sentir culpable—. ¿Qué pasa?
—Debería habérseme ocurrido a mí. ¿Por qué decidí hacerle daño a mi hija?
—Ehhh, no hables así. La verdad era la idea más sensata. Debería haber funcionado. —Me acerco y le acaricio la pierna a través de la sábana.
—Muchas gracias por hacer lo que haces, Darcy. Eres increíble.
—Ya será menos. Eh, un segundo, ¿estás…? ¿Estás maquillada? —Desvío la mirada hacia la mesita de noche y encuentro mi neceser—. ¡Pero bueno!
—Theo me ha ayudado a estar un poco más guapa. Espero que no te importe.
—Me importa no haber sido yo la maquilladora. Estás muy guapa —digo y aunque la veo a través de mis gafas empañadas, sé que es cierto.
—La que vale, vale. —Sonríe y me lo contagia, aunque sigo jugando con la corona del reloj sin parar.
Ojalá me pudiera cambiar por ti, hermana.
Tú tienes marido, familia, una consulta… Yo pe rfectamente podría ocupar tu lugar y no pasaría nada.
—Se te están poniendo los ojos tristes, Darcy.
—¿A mí? Te confundes, será a otra. ¿Vemos una peli?
—Claro, ¿qué te apetece ver?
—¿Avatar?
—¿La primera?
—Por supuesto.
—Me encanta la idea —dice, pero se queda dormida antes de que termine de preparar las cosas.
La desmaquillo con una toallita y me paso otra por la cara.
Una hora después, veo a Trudy pasar por delante de nuestra habitación, cojo un paquete de caramelos y salgo al pasillo.
—Buenas noches, Trudy. ¿Puedo hacerte una pregunta? —Le ofrezco el paquete de caramelos como soborno y ella me lo coge sacudiendo la cabeza con una sonrisa.
—No hace falta que me pagues en caramelos para que te conteste, ¿sabes? —pregunta desenvolviendo uno.
—Hoy no he visto a Dunkan en todo el día y su puerta estaba cerrada. ¿Ha pasado algo con sus paseos?
—No puedo comentar el estado de otro paciente contigo, cariño —dice, pero tira de mí hacia el final del pasillo y susurra—: ha tenido una pequeña complicación.
—¿Complicación? —repito sin entender el significado de esa horrible palabra mientras el suelo bajo mis pies tiembla y amenaza con desaparecer.
—La herida de la cirugía se le ha infectado y ayer por la noche le dio una fiebre muy alta.
Hemos pedido a Nolan que no venga para que no se contagie.
Con la mano aún a medio soldar, un estafilococo ahí sería un verdadero desastre.
Pero la verdad, he tenido que insistir muchísimo y no sé cuánto aguantará manteniéndose al margen. Ya sabes cómo son los hermanos Scot.
—Espera, ¿pero cómo se le puede haber infectado la herida?
—Se excedió estando de pie demasiado tiempo y debió de hacer algún mal gesto que le abrió la herida. Estas cosas pasan.
¿Fui yo al abrazarle? ¿Le apreté demasiado?
El domingo, su paseo debía acabar al toparse conmigo, pero estuvo de pie un rato mientras hablábamos y después, se pasó mucho tiempo con mi familia.
—Si sigue pasándose las indicaciones de los médicos por el forro al final acabará en una silla de ruedas y me sabría fatal. Tenemos que conseguir que deje de ser tan cabezón.
—Lo esposaré a la cama para que no se levante.
Trudy se ríe, pero lo digo muy en serio.
—¿Puedo ir a verle? No puede contagiarme su fiebre, ¿verdad?
—La fiebre no porque es el síntoma de la infección.
Pero es una infección bacteriana y el estafilococo se transmite por contacto, a veces solo tocando su ropa o su cama.
Tú no te pondrías enferma, porque tu sistema inmune es fuerte, pero te volverías un taxi de bacterias para Monique. No puedes ir a verle.
—De acuerdo, no lo haré.
—No hay una sola visita, enfermera o doctora que vea al piloto y no babee por todo el suelo. Pero Dunkan Scot solo tiene ojos para ti. Sé paciente y verás que enseguida lo tienes por aquí orbitando a tu alrededor. —Me guiña el ojo, me hace un cariño en el costado y luego se marcha a hacer su ronda.
Apoyo la frente en la pared blanca. Me empapo en sudor mientras el miedo repta por mis extremidades hasta enjaular mi corazón en una enredadera de hielo pegajoso que no lo deja latir.
Cálmate, cálmate. Te necesitan entera.
Lo intento, pero no puedo. El revoltijo me gana el pulso, me veo obligada a correr al baño más cercano con tal de no vaciar el estómago en el pasillo.
Me enjuago la boca y me lavo las manos.
Quiero volver con Monique, pero mis pasos no avanzan más allá de la puerta de Dunkan. Cierro los ojos, los aprieto con fuerza. No lo hagas.
Mi mano llega hasta el picaporte de la puerta aunque no quiera. No. Lo. Hagas.
Antes de que pueda darme cuenta, mi espalda está apoyada contra la puerta cerrada de la habitación de Dunkan.
Llevo una mascarilla puesta, no pasará nada. No voy a tocarle. No voy a hacer nada.
Necesito oír su voz más que nada en este mundo y me doy cuenta cuando no le oigo. Está dormido, con la frente empapada en sudor y con pinta de estar pasándolo muy mal. Se me rompe el corazón. ¿Por qué no me muestra su bonita sonrisa con colmillos justo cuando la necesito?
Me acerco a su cama sin tocarle . Está destapado, debe de tener mucha fiebre. ¿Por qué nadie lo cuida? «Nolan es lo único que tengo».
Eso no es verdad, Dunkan.
Entro en el baño sin encender la luz ni tocar nada. Cojo una de las toallas de manos limpias de la estantería, una de las más pequeñas, y la empapo de agua. Luego la escurro hasta que no gotea y vuelvo a la habitación. La coloco sobre su frente sin tocarle la piel, solo la toalla.
Me quito el collar que Monique me compró después de aprobar el primer semestre de carrera con notazas y lo uso para enjaular su muñeca a la barandilla de su cama.
Para que sepas que he estado aquí.
—Darcy.
—Estoy aquí. Vas a ponerte bien, ¿vale? Vas a…
—Darcy.
Está dormido. ¿Por qué me llama en sueños?
Me acerco a su cama y pongo la mano sobre el paño que ya se ha calentado. Lo cojo y vuelvo a mojarlo en el baño. Pocos minutos después de que se lo ponga sobre la frente, Dunkan se mueve. Se revuelve haciendo movimientos que no serán nada buenos para su espalda.
—Para, Dunkan —digo asustada, aplastándole las muñecas contra la cama—. No voy a dejarte dormir si sigues portándote mal.
Sus bonitos ojos verdes me encuentran.
—No puedes moverte tanto.
—¿Estoy alucinando?
—Eso es todo un piropo. Pero no. Voy a comprar unas esposas para fijarte a la cama. Conseguiré que reposes de un modo u otro.
Dunkan frunce el ceño y en tono rasposo pronuncia una sola palabra que lo cambia todo.
—¿Monique…?
El alivio por hablar con él se convierte en pánico. Le he tocado. Le estoy tocando ahora mismo. Despego las manos de su piel y retrocedo tanto que me choco contra la puerta.
— No —susurro retrocediendo mientras la habitación gira a toda velocidad.
¿Qué he hecho?
Salgo de allí chocándome contra todo lo que encuentro.
Corro al baño y uso jabón, muchísimo jabón, para desinfectarme las manos, los antebrazos y hasta los codos. Me mojo las mangas del vestido y también la falda. Lo pongo todo perdido, pero no paro, al acabar de aclarar, vuelvo a enjabonar.
—No estoy infectada de nada. No le he tocado. No he hecho nada malo. Un poco de jabón lo solucionará. No estoy infectada —susurro en bucle.