C a p í t u l o 2 4
  
Dunkan
Es domingo por la tarde y el pasillo del hospital está bastante transitado.
Es el día de la semana en que más visitas llegan.
¿Es algo que me encantaría no haber sabido en la vida?
Sí, porque significaría que estoy más sano que un roble.
Pero no todo ha sido malo. Sonrío cuando la veo al final del pasillo, cerca de la habitación de Monique, jugando con un niño pequeño.
—¿De paseo, Dunkan? —pregunta Trudy parándose a mi lado.
—Sí, volviendo a las andadas. De aquí a la F1 solo hay un paso. Cuidado, no te despeine toda mi velocidad.
Sonríe de forma maternal, pero apenas puedo despegar los ojos de Darcy.
—Trudy, ¿tú también ves esos zapatos? — Los de hoy están llenos de decoraciones marinas.
Incluso parece que tengan aletas.

—¿Los de «La sirenita en la ciudad»? Sí, vaya que sí los veo. Esa chica tiene a toda la planta boquiabierta. ¿Por qué?
—A veces dudo de si me la estoy imaginando —digo entre dientes, pero Trudy se ríe por lo bajini, así que diría que me ha oído.
Miro al pequeñajo de tez oscura y ojos muy azules que he visto alguna vez en la sala de máquinas expendedoras frente a mi habitación. Jamás lo había visto sonreír, pero con Darcy hasta se ríe.
Lo que no consiga ella…
—¿Quién es el niño?
—Dylan. Es mi hijo.
—¿De verdad? No sabía que tenías un hijo, Trudy.
—¿Quieres saber algo más? Ahí va. Me robaron a Dylan cuando era un bebé. Bueno, a mi marido, en el parque. Dylan estuvo dos años con otra familia y lo recuperamos hace tres.
No hay palabras para describir lo descolocado que me deja.
—Dios mío, Trudy, ¿en serio? Qué barbaridad.
—Es un niño muy reservado, muy introvertido, pero Darcy saca siempre lo mejor de él. Se ríe con ella de un modo que no se ríe ni conmigo, ni con su padre.
Porque consigue lo que nadie puede. Es su rollo. Es lo que le va.
—Como madre, me gustaría llevarme a Darcy a casa y secuestrarla. —Me echa un vistazo—. Apuesto a que sabes a qué me refiero.
—Puedo hacerme una idea.
—Es tarde y mi turno ha acabado ya. —Trudy me pone una mano en el hombro a modo de cariño—. Te veré mañana al mediodía. No te excedas en tus paseos, ¿prometido? El descanso es muy importante para ti.
—Sí, señora.
—Así me gusta, chico. ¡Dylan! —alza la voz y el pequeño se despide de Darcy y trota hasta nosotros.
Me mira con desconfianza y se agarra a la mano de su madre. Ouch. Despido a Trudy con la mano. Nunca sabes la historia que hay detrás de cada familia.
—Dile adiós, cariño, es amigo de Darcy —le dice Trudy, pero ni con esas.
Madre mía, si no fuera por Nolan pensaría que se me dan fatal los críos. Qué desilusión.
Me acerco a La Sirenita y ella no solo no se burla de mí, sino que me espera. Aunque tardo lo mío, ella me anima clavando su mirada en mí. Esta mujer no tiene ni idea del poder que tiene sobre mí.
Estoy jodido, pero bien. Y ni siquiera me importa.
—Hola, Darcy. Quería saber si puedo invitarte a un café que no vas a beberte.
—No puedo. —Su sonrisa flaquea y me doy cuenta de que estaba esforzándose mucho por mantener la máscara delante de Dylan. Asusta lo bien que se le da mentir—. Monique no está bien.
Oigo voces nuevas en la habitación y me asomo un poco. Reconozco a Theo de haberlo visto otras veces de lejos, pero no sé quién es el hombre mayor, ni la chica del pelo blanco.
Desvío la mirada de vuelta a Darcy y veo que tiene una mano cerrada en un puño, tan apretada que sus nudillos se están quedando blancos. El llavero del reloj de mi padre.
—Es domingo —añade y entonces lo entiendo todo.
Mañana es lunes y a partir de entonces Macy no podrá entrar a ver a su madre. Ya.
—Entiendo. —Rodeo la mano que sostiene el reloj de mi padre y le doy un pequeño apretón—. ¿Quiénes son?
—Theo, mi cuñado; Macy, su hija; Beckham, mi abuelo postizo, y Keira L. Sant Delphi, mi mejor amiga. —Con cada palabra, parece aún más triste. Abre la mano enseñándome el llavero—. ¿Quieres que te lo devuelva?
—No, quiero que lo uses como te enseñé —digo llevando sus dedos hasta la corona y dándole una oportunidad a la técnica de mi padre los dos juntos .
—¿Y si lo rompo? Llevo todo el día revuelta, con miedo de hacerlo.
—No vas a romperlo.
—¿Y si lo hago?
—Lo llevaré a un relojero —con el tacto, compruebo la palma de su mano y no encuentro heridas nuevas. Bien. Hombres Scot 1 - Uñas 0—. ¿Lina no viene?
—Lina no puede saberlo. —Abre los ojos con horror toqueteando la corona de forma frenética—. No le habrás dicho nada, ¿no? Dios, Dunkan, no le habrás dicho nada a Lina, ¿verdad?
—No, no he hablado con ella. Pero pensaba que lo sabía.
—No lo sabe. No puede saberlo con su profesión, podría tener un accidente por estar despistada, y morir por mi culpa y…
—Eh, respira.
—Sí, ya lo hago.
Miente más que habla.
—Darcy, me gustaría entrar ahí y presentarme. ¿Te sentirás mejor o peor si lo hago?
Su cara muestra mucho terror durante un instante. Luego le tiembla un párpado. No sé si estoy metiendo la pata y empeorándolo más para ella, pero me parece que sí. Entonces pregunta:
—¿Querrías?
—Me encantaría conocer a la gente que te quiere, sí.
—¿Por qué? —Su cara refleja más miedo, más temblor.
—Para saber a quién partirle las piernas si decides fugarte con el reloj de mi padre, claro está.
No espero que se ría, pero quizá sí soy tan ambicioso como para esperar una pequeña sonrisa por su parte, de esas fugaces que me hacen dudar si han llegado a ocurrir o no.
En vez de eso Darcy se acerca a mí y me rodea el torso con los brazos. Sin apretar.
—¿Puedo darte un abrazo? —pregunta con la cara enterrada en mi pecho.
—Sí que puedes, sí.
Durante un segundo, tengo la impresión de que Darcy está apoyando la cara en el lugar exacto en el que bombea mi corazón. Espero que no, el jodido es un traidor y un bocazas.
El abrazo termina tan rápido que casi no me da tiempo a disfrutarlo, pero la piel me quema muchos segundos después de que se separe de mí.
Necesito metérmela dentro de la camiseta y llevarla en brazos a todos lados. No, necesito tenerla debajo de la puta piel. ¿Sería suficiente? Lo dudo. Fijo que incluso entonces anhelaría tenerla aún más cerca.
—Vale, puedes entrar, pero no hagas comentarios raros —camina unos pasos hasta que se pone delante de la puerta.
—¿Raros como cuáles? —Me acerco mucho más despacio—. ¿Que somos amigos?
—Por ejemplo.
—No osaría. Te llamabas Tracy, ¿verdad?
Me lanza una mirada muy intensa, luego entra en la habitación y yo maldigo no llevar un traje caro.