Mi chicane favorita (North Star 10) C a p í t u l o 1 9
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C a p í t u l o 1 9

  

Darcy

Intento que no se me note la cantidad de fuegos artificiales que están estallando en mi estómago de la emoción que me produce verle.

Le he echado de menos.

—¿Qué haces aquí? —musito mirando sus piernas—. Dios, eres muy alto. Altísimo. Madre mía, no parecías tan alto. Perdón, me estoy repitiendo —exhalo—. Estás de pie. ¿Puedes estar de pie?

—Sí, es una de las recomendaciones que me han dado. O una orden, según se mire.

—Me alegra mucho. Eso es bueno, ¿verdad?

—Sí, bastante —sonríe .

Malditos colmillos sexys.

De repente sus ojos viajan a algún punto por encima de mi cabeza.

—Hola —dice Monique a mi espalda.

—Hola, Monique. He oído hablar mucho de ti. Pero muchísimo.

—Yo también de ti, Dunkan. Soy tu fan, igual que Darcy. El otro día estuvimos viendo vídeos tuyos compitiendo. Eres un piloto increíble, ¿verdad, hermanita?

—¿Estáis haciendo alguna competición para ver cuál de los dos es capaz de avergonzarme más? —pregunto.

Mirándome desde las alturas, Dunkan pasa de largo muy despacio y se acerca a la cama de Monique para estrecharle la mano.

—¿Cómo estás, chico? ¿Quieres sentarte? He oído que no te va muy bien estar de pie.

—Tranquila, estoy haciendo pruebas. Aunque ahora me mueva como un robot, veo cierto progreso.

No sé cuál de los dos me da más miedo haciendo pruebas.

Monique está muy débil como para levantarse de la cama para algo más que ir al baño, pero Dunkan…

No me fío de que esté de pie. ¿Seguro que los médicos saben lo que dicen?

¿Y ser tan alto no hará que cargue mucho la espalda? ¿Y si luego acaba con más dolor?

—¿Crees que nos oye? —pregunta el piloto, ambos mirándome a mí.

—No, ahora está en trance. Es muy parlanchina incluso dentro de su cabeza. Volverá enseguida, tú dale unos segundos.

—Lo que voy a hacer es largarme —estrecho la mirada.

—¡Mejor! —Monique sonríe—. Así podré enseñarle a Dunkan tus fotos de bebé sin interrupciones.

Decir que corro hasta la cama sería un eufemismo. Vuelo. Andarna me tendría envidia si me viera.

La conversación se alarga diez o quince minutos más. No abro la boca ni una sola vez porque no vuelven a hablar de mí.

Dunkan no deja de hacerle preguntas a mi hermana sobre su profesión, su hija, su marido, sin ser invasivo o parecer cotilla. Es e-n-c-a-n-t-a-d-o-r con todas las letras. Un cúmulo de emociones me aplasta contra el suelo solo por estar de pie a su lado.

De repente se gira hacia mí y pregunta:

—¿Quieres dar un pequeño paseo a la velocidad de la luz? —Baja el tono solo para mí—. No voy a preguntarte qué somos.

—¿Qué somos? Somos amigos. Menos que eso. Conocidos. Coincidentes hospitalarios.

—Puedes encontrar algo más lejano si te esfuerzas —susurra.

—Buscaré en el diccionario, a ver si hay algo. —Le miro de arriba abajo, todavía alucinando porque pueda estar de pie.

—Entonces, ¿quieres dar un paseo?

Di que no. Di que no. Di que no. ¡Di que no!

—Sí. Sí que quiero.