C a p í t u l o 2 0
  
Darcy
Días después.
Monique no ha dormido mucho esta noche, pero a eso de las ocho de la mañana se ha quedado frita. Que siga durmiendo siendo más de las once es una muy buena señal.
El alivio después de un brote siempre alimenta la falsa ilusión de que todo va a ir bien.
Pero hoy me apetece creérmela. Me cambio de ropa y escojo el outfit del día alrededor de los tacones que me apetece ponerme.
Sinceramente, cuando los escojo, pienso en los hermanos Scot.
Siempre los miran como si fuera una extraterrestre que acaba de llegar al planeta con ganas de conquista. Son muy adorables.
Dunkan es algo más que adorable.
Cállate.

Elijo un vestido de cuero negro y rosa con cadenas y lo combino con mis tacones de Bella, la princesa Disney.
Los bauticé así porque si la princesa saliera del cuento, mientras lee y reduce su Tbr, fijo que los llevaría puestos: el tacón tiene forma de tallo de rosa con hojas y espinas y culmina en una gran flor abierta que sostiene la parte trasera del zapato.
Los calambres de la maldita regla me recuerdan que tengo que ir al baño para cambiarme. En vez de usar el de Monique, salgo de la habitación para no despertarla haciendo ruido con el agua de la cisterna.
Nunca he sido fan de los tampones. Soy una mujer independiente, interesante e increíblemente olvidadiza, y la idea de acabar con una pierna amputada por olvidarme de que me he puesto un tampón, me paraliza.
O lo haría, si usara tampones.
Cosa que no hago.
¿Algo que tampoco hago? Avergonzarme de que me salga sangre de la vagina. Lo cual se traduce en que llevo mi paquete de compresas medio vacío en la mano, bien a la vista, en vez de escondido en la manga del vestido o en un neceser mono con forma de Labubu.
Pero de repente, me topo con un piloto de Fórmula 1 en el pasillo.
Uno que se las apaña para parecer el hermano perdido de los Salvatore, ya ni siquiera el primo, ¡incluso con ropa de hospital!
— Dunkan .
—Hola, Darcy. —Inevitablemente, en cuestión de segundos, sus ojos viajan más allá de mis ojos hasta… sí, mis manos.
El siguiente silencio dura unos vergonzosos instantes. Nada cambia si nada cambia. ¡Un pequeño avance de una mujer es un gran avance para el futuro de todas!
—Tengo la regla.
—Me alegro.
—¿Te alegras de que tenga la regla?
—Sí. No. Me alegro de que tu cuerpo funcione bien… —endurece la mandíbula y carraspea, pero sus ojos desprenden una luz que me encandila—. Lo siento, solo tengo un hermano.
—¿Te disculpas por solo tener un hermano?
—No, quiero decir… Es un tío. Y yo también.
—Caray, Dunkan, de eso sí que no me había dado cuenta —me burlo sintiendo que mis hombros se destensan un poco.
Él aprieta los labios y yo me regodeo unos segundos más.
—Voy a terminar de dar el paseo —dice quedándose donde está—. Me esperan dos horas de terapia divertidísimas.
Pese a todo, no parece querer irse.
Yo tampoco quiero que lo haga.
—Mucha suerte —me obligo a echar a andar y me recrimino hacerlo con cada paso.
«Me alegro de que tu cuerpo funcione bien». ¿Eso ha sonado tan sexy como creo?
Mi antigua yo estaría muy dispuesta a enseñarle hasta qué punto funciona bien. Pero Dunkan está herido y yo vacía. Nunca funcionaría.
Una de las enfermeras me intercepta cuando salgo del baño.
—Gracias por el café, ¡eres un maldito sol radiante! —Sheila me da un beso en la mejilla y me lanza otro mientras se aleja.
—De nada —digo por acto reflejo.
¿Soy sonámbula y no me he dado cuenta? Ayer repartí cafés por la mañana, pero Sheila estaba en el turno de noche y a ella hacía días que no la veía.
Qué raro.
Al volver con Monique la encuentro despierta. ¿Siento una ligera desilusión? Sí, pero está de buen humor y no puedo negar que me chifla disfrutar de mi hermana.
Además, ha tenido una idea. Como Macy se pasa muchas horas aquí, Monique ha pensado que podíamos adornar un poco la habitación. Es la primera vez en mucho tiempo que propone hacer algo que no sea ver una película. No solía tener energía para más.
—¿Me ayudarías? —pregunta sincera, como si hubiera otra respuesta posible que no fuera:
—Por supuesto. ¡Menuda pregunta! ¿Cómo quieres hacerlo? —pregunto abriendo Pinterest en la tablet, ignorando los nuevos emails de mis profesores.
Que me suspendan, me da igual.
Ahora mismo me daría igual que me arrebataran hasta el título de graduada que ya tengo.
—Le encanta el rosa, no sé a quién habrá salido, así que debería primar ese color —dice dándome con el codo y, con la otra mano, juega con una de las trenzas que le he hecho mientras dormía.
Intento no fijarme en lo mucho que le cuesta pronunciar frases largas.
Es como si sus pulmones se estuvieran volviendo cada vez más pequeños.
—A Macy le encanta la playa, así que podríamos añadir…
—¿Arena? ¿Para volver loco a todo el personal de enfermería? —se carcajea.
Miramos algunas cosas en Amazon y otras en tiendas locales. A poder ser decoraciones pequeñas que no estorben y no cabreen a nadie.
Nos pasamos una hora enfrascadas y pasándonoslo muy bien. A Monique le gusta todo y a mí me encanta verla contenta.
—Esta tienda de las afueras no reparte a domicilio, qué pena —hago una mueca.
—Podrías ir tú a recoger las estrellas de mar, son preciosas.
—Está a una hora de aquí.
—Ya lo sé —desvía la mirada cuando intento encontrar sus ojos.
Mis dedos se detienen sobre la tablet y siento que el corazón se me contrae dentro del pecho.
Me siento una niña que acaba de ver a Mickey en Disneyland quitándose la cabeza de peluche y encontrándose con una persona de verdad. Traicionada es decir poco.
—¿Estás intentando que me vaya de aquí? ¿Acaso todo esto es una excusa para que me pase parte del día lejos de este hospital haciendo recados?
No lo niega. Me levanto de la cama irritada.
—Monique. Lo hablamos, ¿o no? ¿Me has estado manipulando? ¿No lo haces por Macy?
—No te estaba manipulando. —Alza las manos en son de paz—. Solo comprobaba si habías cambiado de parecer .
—Pues no lo compruebes más.
—De acuerdo.
—Vale —me muerdo la lengua porque tengo las manos ocupadas.
—Aún no hemos decidido qué vamos a hacer con el tema de la arena.
—¿Qué?
—Bueno, eso —dice sonriendo como si fuera la mujer más inocente del planeta—. Podríamos comprar una pequeña pala, un rastrillo y…
—¿Quién quiere traer arena de playa a mi hospital? —pregunta la doctora Meghan Foiste, entrando en la habitación seguida de dos enfermeras.
—Oh, esa ha sido Darcy. —Me acusa ganándose una mueca de ofensa.
Comprueban el estado de mi hermana. Le hacen algunas preguntas y le echan un vistazo a las máquinas a las que está conectada y que no entiendo.
Que el hígado y el bazo de Monique se inflamen con la enfermedad es algo de lo que ya estamos al tanto, pero no me había dado cuenta de que se le había empezado a hinchar el abdomen.
—¿Te duele? —pregunta la Dra. Foiste tocándoselo por encima de la sábana.
—Un poco.
No me había dicho nada.
Cómo odio que no comparta sus dolores conmigo.
—Monique —la mira desde las alturas—. ¿Puedes comer bien siquiera?
—No tiene mucho apetito —intervengo y mi hermana aprieta un poco los labios.
—¿Seguro que es eso? —la Dra. inclina la cabeza—. ¿Te sientes llena aunque no hayas comido nada?
—Sí.
¿Sí? ¿En serio?
La doctora dice algo de inyectarle nutrientes por vía intravenosa. No lo sé. Creo que no respiro bien.
—¿Qué significa eso? —pregunto poniéndome en pie como un manojo de nervios.
— Los órganos colindantes se están apropiando del espacio del estómago dejándole a Monique una sensación constante de tenerlo lleno, aunque tenga hambre —explica la Dra, pero solo de manera informativa: no propone hacerle pruebas.
No, porque no hay solución.
Siento que me muero un poco.
Una de las enfermeras, Elena, le toma la temperatura siguiendo las órdenes que le dan.
—Tienes fiebre, Monique —la doctora hace una mueca—. Vamos a darte medicación para bajártela un poco, sin que afecte a los fármacos que frenan y controlan más o menos tus síntomas, ¿de acuerdo?
—¿Fiebre? Nunca tiene fiebre al acabar un brote —digo como una tonta, mientras mi hermana me aprieta la mano como si no fuera yo la que debería consolarla a ella.
Le quitan la sábana de encima y veo que mi hermana tiene las piernas llenas de moratones.
—Tu hija ha estado mucho por aquí, ¿verdad, cielo? ¿ Cada día? —pregunta la doctora, a lo que mi hermana asiente.
No entiendo el tonito acusatorio y me cabrea.
¡Macy nunca le haría daño a su madre!
—No te conviene estar expuesta a muchas bacterias.
—¿Qué quiere decir eso? —pregunta.
La Dra. la coge de la mano y la aprieta con cariño.
—Monique, Macy es muy pequeña y se pasa el día rodeada de niños. La HLH devora tus plaquetas y por eso te haces sangre hasta lavándote los dientes. Será la primera que tendrás que dejar de ver. Y tendrá que ser pronto si no quieres que la enfermedad te gane el pulso la semana que viene.
—¿Cómo de pronto?
—Días. Tendrás que hacerlo el lunes, como muy tarde.
En menos de una semana Macy dejará de poder abrazar a su madre.
El suelo bajo mis pies desaparece y siento que caigo a peso sin control.