Mi chicane favorita (North Star 10) C a p í t u l o 1 6
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Darcy

La mayoría de las veces que me he liado con alguien estaba borracha y no demasiado interesada en quien tenía delante, algo que era del todo recíproco. Pero Dunkan es diferente.

—Darcy, siento si te he hecho…

No le dejo terminar. No, porque necesito que use la boca para volver a besarme. Me inclino hacia él, quizá demasiado brusca teniendo en cuenta que está convaleciente, pero es que no puedo ni pensar. Nunca imaginé que un beso podría ser tan épico que resultara aterrador hasta la médula.

Es como si me estuviera liando con la muerte cuando ya tiene su guadaña en mi garganta.

La adrenalina zumba por mis venas y es bueno, más que eso. Dunkan es increíble. Nunca me he sentido así con un solo beso. No, nunca me he sentido así y punto.

Precisamente por eso se me llenan los ojos de lágrimas. Me aparto de golpe, con la respiración errática nublándome hasta la vista.

Madre mía. ¡Madre mía! Mi hermana está al borde de la muerte y yo estoy aquí disfrutando de la boca de este irritante piloto de Fórmula 1. Soy una desgraciada. Soy una mala persona. Escoria.

—Darcy.

—Yo no… no puedo hacer esto ahora —digo sin pestañear en un intento de que no se me salten las lágrimas.

—Vale. ¿Por qué no? —pregunta jadeante, en un tono muy dulce.

—Ni siquiera te conozco —contesto y es la mayor estupidez de la historia porque me he acostado con tíos de los que no sabía ni su nombre.

Al menos cuatro. Y de Dunkan sé muchas cosas. Y todas están muy bien.

—Las zanahorias cocinadas me dan asco, pero las crudas me encantan —dice—.

Creo que envolver los regalos es una soberana estupidez y aun así gasto tres rollos en Nolan cada Navidad.

Todas mis deportivas son blancas y creo que me moriré sin cambiarlo.

Opino que la gente que usa el móvil sin funda es idiota y que luego no debería quejarse cuando la pantalla se le raye o rompa.

—Alarga el brazo hasta la mesita de noche y alza su móvil con la pantalla rayada.

—¿Qué estás haciendo ?

—Ya me conoces, Darcy. ¿Qué excusa tienes ahora?

—No era ninguna excusa —retrocedo—. Saber esas cosas de ti no me hace conocerte de verdad. Necesitaría años.

—Deja de mentirnos.

—¡No puedo hacer esto ahora! —exclamo demasiado sincera, demasiado alto.

—Pues no lo haremos —vuelve a usar el tono dulce mirándome como si fuera tan evidente que me desprecio, que solo le despertara compasión—. Ahora.

Ahora, no lo haremos ahora. ¿Y cuándo lo haremos, Dunkan?

—¿Q-q-qué se supone que quiere decir eso? —pregunto.

Está a punto de estallarme el corazón.

Aprieta los dientes y un músculo palpita en su mandíbula. No lo dice. Y aunque una enorme parte de mí quiere que lo haga, otra quiere borrarle esas ideas de la cabeza.

Pero yo tampoco digo palabra. Utilizo su silencio para salir escopeteada de la habitación y largarme sin mirar atrás.

El pasillo es demasiado corto.

Debería tener cien kilómetros de longitud y aun así no sería suficiente para recuperarme.

—¿Te persigue alguien? —pregunta Theo cuando entro en la habitación de Monique jadeando, mirándome por encima de sus gafas mientras lee el periódico como si esto fueran los ochenta.

—No.

—Ah, entonces estás entrenando para tu Ironman anual, ¿verdad?

—Te gusta demasiado burlarte de la gente —estrecho la mirada en su dirección.

—Mami, quiero quedarme a dormir como Darcy —dice Macy poniendo pucheros.

—Oh, no, pero Darcy nunca se queda, cariño —dice Monique mientras yo corro a la bolsa de deporte donde guardo mis muchas pertenencias.

Me tiemblan las manos cuando intento alcanzar la cremallera.

Dunkan. Dunkan.

D-u-n-k-a-n te ha besado.

Y tú lo has besado a él.

¡Y te ha gustado!

CállateCállateCállate.

Arranco de una de mis faldas un bonito llavero que es básicamente un dado de purpurina rosa y vuelvo con ellos. ¿Pienso distraer a mi sobrina con un soborno? Lo cierto es que a estas alturas debería ser evidente que mi moral no está por encima de rebajarse hasta tales extremos.

Así que sí.

Se calma, la verdad sea dicho. Que tenga dos añitos es toda una suerte para su tía. Un rato después, cuando se marchan, bajo con ellos hasta la calle. Llueve un poco, así que se meten rápido en el taxi mientras yo finjo que me voy en la otra dirección.

Me dispongo a dar una vuelta a la manzana con tal de asegurarme de que no me pillan antes de entrar de nuevo en el hospital y, para amenizar el camino, tengo la terrible idea de ponerme los auriculares. She Used To Be Mine de Sara Bareilles empieza a sonar y sé que debería pararla, pero no lo hago.

No, porque igual que la canción, siento que ya la he perdido. Por mucho que se esfuerce, Monique está siempre tan agotada… La enfermedad la está consumiendo a pasos agigantados, pero no siempre fue así.

Solía tener energía de una docena de quarterbacks.

Monique vino a buscarme en mi primer día en North Star.

Había cancelado todas sus sesiones con tal de venir a recogerme y traerme un regalo.

Los llamó «los pendientes de la universitaria graduada» y dijo que con ellos lo conseguiría todo.

Fueron los que llevé el día de mi graduación.

Siempre serán mis pendientes de la suerte.

Tenía catorce cuando me llevó al cine a ver mi primera peli 3D y recortó las gafas para que tuvieran forma de corazón.

Cuando Monique me pidió que fuera su dama de honor, porque era su persona favorita, me trajo un vestido brillante hecho a medida para mí. Lloré un montón.

Cuando tuve mi breve etapa de skater, ella se compró unos patines para acompañarme. Ambas acabamos en urgencias al final de la primera semana y después, mi hermana empezó a comprarme libros por un tubo con la esperanza de que tuviera un hobby menos peligroso.

Acertó de lleno y un tiempo después, cuando no me cabían todos los libros bajo la cama, Monique me compró una librería con forma de estrella. La llené entera en medio año.

Me lo ha dado todo. Mi personalidad entera viene de su cariño.

Y ahora voy a quedarme sin nada.

¿Qué soy sin ti?

No soy nadie. Vas a dejarme vacía.

Llego a la puerta del hospital lista para encerrarme en el primer baño que encuentre y llenarme la cara de maquillaje cuando me topo con Nolan, que me mira horrorizado.

Ni siquiera sé cómo le gustan las zanahorias, pero me lanzo a sus brazos. Me arranca un sollozo, pero consigo contenerme y reprimir todas las lágrimas que venían después. A diferencia de lo que me pasaría con Dunkan.

—¿Puedo pedirte un favor, Nolan?

—Vale —dice, pareciéndose mucho a su hermano, sin llegar a serlo.

Me froto los ojos estropeando la máscara de pestañas. Tiro de él y cruzo la puerta del baño individual de chicas. Él se esfuerza por quedarse en la puerta. Alzo el neceser.

—¿Me maquillas?

Duda un instante, pero se acerca. Es posible que coja la brocha por el lado que no es, pero me echa una mano.

—Te gustan las matemáticas, ¿verdad? —pregunto en tono lloroso.

—Mucho.

—¿Puedes hablarme de eso?

—¿No te aburrirás?

—Espero que sí, Nolan. Espero que sí.