C a p í t u l o 1 3
  
Dunkan
La operación fue bien, pero me dejó hecho polvo, así que me paso unos días durmiendo bastante. Los médicos no me dejan tranquilo, así que me despierto todo el rato.
¿Crueldad gratuita? Yo digo sí.
Como Nolan se empeña en estar mucho por aquí, hace unos días bloqueé el número de nuestra madre. El nuevo, el viejo y todos los que tenía registrados.
Me costaría mucho ocultarle a mi hermano que esa mujer intenta ponerse en contacto con nosotros a diario si es el propio Nolan quien descuelga la llamada. No puedo arriesgarme a que eso pase, porque se disgustaría horrores, así que se queda bloqueada.
Hoy Nolan todavía no ha venido a verme. Su compañía me está malacostumbrando y si no estoy discutiendo con él, o durmiendo, las paredes se me caen encima.
¿Tengo la puerta entornada por si veo a Darcy? Sí.
¿Ha pasado por el pasillo alguna vez? No que yo haya visto.
Cierro los ojos y veo unos castaños brillantes que me sonríen, pero… no. Pensar en eso no me traerá nada bueno. ¿O sí?
—Hola. —La chica de las gafas con forma de corazón asoma la cabeza por la puerta entreabierta de mi habitación—. ¿Puedo pasar? He venido a traerte algo.
Me ahogo con el aire que no me entra en los pulmones.
—Ho-hola. ¿A mí? ¿El qué? — ¿Y por qué?
—Tomaré tu curiosidad como una invitación —dice empujando la puerta abierta con un golpe de cadera.
Solo cuando se acerca veo que tiene unas profundas ojeras, los ojos rojos y que carga con cinco libros.
Todos ellos tienen los cantos tintados y parecen muy valiosos—.
No es que yo te juzgue, ¿vale, Dunkan? —Los deja en mi mesita de noche.
Joder, me encanta oírla hablar. No debería gustarme tanto, Darcy dice palabras normales que ya he oído antes. No entiendo por qué mi cuerpo reacciona así, soltando tanta dopamina.
—Vale…
—Pero imagino que elegir estudiar la carrera de tu hermano al tiempo que él, además de por ser un hermano alucinante, debió de ser por…
—¿Qué?
—Porque estás muerto del asco.
—¿Perdona? —resoplo—. ¿ De qué estás hablando? Por favor, Darcy, ¿acaso desconoces el entretenimiento que viene de la mano de estar en una cama de hospital?
Se inclina hacia mí, hasta que su pelo cae hacia delante y lo único que huelo es el coco. Y los lirios. Los lirios siempre vienen con ella.
—Los dos sabemos que no puedes hacer ninguna de las cosas divertidas que podrían hacerse en una cama, Dunkan. No me cuentes historias.
El corazón se me da la vuelta. Joder. Jo-der.
Toda la sangre del cuerpo empieza a quemarme vivo y no por tener fiebre precisamente. Siento que se me ponen rojas hasta las orejas.
Darcy desvía la cara hacia sus libros con un ligero tinte en sus mejillas.
—Perdona, no sé por qué he dicho eso —carraspea y se pone derecha. Coloca las manos sobre sus caderas, exhala y dice—: Violet.
—¿Qué me has llamado?
—No —se muerde el labio inferior—. Digo que tienes que leerte estos libros.
Durante un largo instante me quedo mirándole la boca, inseguro de cómo cojones funcionaba eso de hablar cuando lo único que yo quiero hacer con la boca es otra cosa.
Se cruza de brazos y creo que va a sacar lo que acaba de pasar a colación, pero en vez de eso me hace una pregunta que me pilla con la guardia baja.
—¿Cómo es eso de tener un padre genial, Dunkan?
—Increíble.
—¿Lo es?
—Sí, es… como te ner a un campo entero de gente animándote, pero aquí dentro —me llevo la mano al pecho—. Perderle es una mierda equivalente y una etapa que recomiendo no vivir hasta cruzar los sesenta y bastantes.
—Siento que ya no esté. —Hace una mueca y sus ojos se enrojecen un poco más—. Las personas increíbles deberían vivir más años que las malas.
Si eso fuera verdad, no tendría decenas de llamadas perdidas en el móvil y un agujero en el corazón.
—Gracias.
—No debiste dejarme su chaqueta. Podría haberla perdido.
—N-no tenía otra.
—Entonces no deberías haberme dejado ninguna.
—No estoy de acuerdo.
Me aguanta la mirada. Suplico, en silencio, que deje el tema de la chaqueta y que lo olvide para siempre.
—Aun así, gracias —desvía la mirada hacia el sillón—. Veo que Nolan ya te la ha devuelto.
Asiento. Saldría escopeteada de la habitación si le digo que me gusta dejarla en ese sillón porque a ratos me imagino que mi padre está ahí sentado.
Que, incluso, hablo con él.
—¿De qué van los libros? —pregunto en un tono grave de narices.
—De dragones.
—¿Violet es un dragón?
Me sostiene la mirada y no sé si intenta aguantarse la risa o está pensando en llevarse todos sus libros.
—No, tú… léelos si te apetece, ¿vale? Te prometo que no te aburrirás.
—Gracias. Y gracias por cuidar de Nolan cuando se rompió la mano.
—No hice nada.
—Me dijo que intentaste tranquilizarlo en la azotea y que no te fuiste de su lado hasta que estaban mirándole la mano. No tenías por qué. Gracias.
Sacude la cabeza.
—Solo estoy siendo lista. La Fórmula 1 es un lugar muy complicado para una chica.
Me quedo mirándola más de la cuenta.
—¿Dunkan?
—Perdona, ¿qué has dicho?
—Que solo estoy siendo lista porque estás metido en el mundillo de la F1. Conoces a una de mis mejores amigas.
—¿De verdad? —disimulo como puedo la ilusión de tener un vínculo con ella fuera de este hospital—. ¿Cómo se llama?
—Lina Dimettri. Perdón, Alasdair, Lina Alasdair. A veces se me olvida que está casada.
—¿Desde cuánto sabes que soy un piloto?
Se le enrojece toda la cara.
—No mucho.
Sonrío. Pfff… Esta chica es demasiado especial para su beneficio.
—Entonces, ¿Lina es tu mejor amiga?
—Una de ellas —recalca—. Tengo dos. La otra es Keira L. Sant Delphi que, por si no lo sabes, es medallista olímpica. Y luego estoy yo, la divertida del grupo, la viciada a leer que siempre lleva atuendos raros, con corazones en las gafas y telarañas en los zapatos.
Darcy se mira de arriba abajo y, cuando lo hago yo también, siento que se me cura hasta la espalda. Está llena de curvas y, no es que le haga ninguna falta, pero cuida hasta el último detalle. Lo único que no aprecio es su tono despectivo.
—¿Raros? —repito en poco más que un gruñido.
—Puede que un poco…
—No.
Sus piernas son kilométricas y acaban en los tacones que llevaría Batman si fuera una mujer neoyorquina de veintipocos con una afición preocupante a las gemas.

—Dunkan —dice con la voz estrangulada.
Alzo la vista hasta sus ojos, pero enseguida se da la vuelta y va hasta la puerta, así que tengo solo un instante para ver sus mejillas rojas. Joder, qué preciosidad.
—Tengo que irme.
—¡Gracias por los libros! —bramo.
No contesta porque ya se ha ido. Apoyo la cabeza en la almohada cerrando los ojos con fuerza.
Soy imbécil.