Mi chicane favorita (North Star 10) C a p í t u l o 1 2
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Darcy

Varios días después…

El brote ha durado más de lo que solían durarle hace semanas. Y también la ha atacado con mucha más violencia. Tanto que casi no ha dicho palabra.

Si pensara que la vida es justa y que cada uno «tiene lo que se merece», estaría segura de que esta enfermedad la he traído yo.

Monique se ha pasado la vida ayudando a sus pacientes, así que la idea de que ella sea la culpable está del todo descartada. Theo es un santo, igual que su padre, y Macy es directamente un ángel.

Por descarte, he debido de ser yo.

Todo el mundo sabe que si quieres ver sufrir a alguien no tienes que acabar con su vida, sino con la de la persona que más quiera. Todos los libros de venganza que he leído usan la misma técnica.

—¿Y Macy? —pregunta Monique cuando ya ha anochecido, mientras le limpio la sangre que gotea de la comisura de sus labios fingiendo que no le doy importancia.

—Ha venido cuando estabas dormida, hermanita, pero ha tenido que irse porque estaba durmiéndose por las esquinas —miento—. Hoy se lo ha pasado pipa en la guardería.

Odio mentirle, pero no quiero decirle que tiene tan mal aspecto que no podía dejar que su hija la viera así.

Mi hermana ya no parece una sombra de sí misma, parece un cadáver.

Además, la fiebre le hace delirar y a veces suelta cosas sin sentido. Me asusta a mí, que soy mayor, imagino que podría ser la fuente de nuevas pesadillas de la pequeña Macy. Y digo nuevas porque, aunque Theo no se lo ha contado, el tesoro de la casa está teniendo muchas pesadillas.

Todo esto es una mierda.

Monique gruñe y se aparta el pelo de la cara con rabia, como si acabara de pensar lo mismo que yo.

—Anda, gracias, estaba en medio de mi camino —digo sonriente antes de ponerle un paño frío en la frente, para bajarle la fiebre—. ¿Mejor?

—Darcy, no deberías estar aquí.

—¿Otra vez con esas? No hay ni una sola persona de por aquí que no sepa que yo me salto las normas del hospital y que me esposaré a ti antes de dormir lejos de esta cama.

—No —dice tragando con dificultad—. Aquí, conmigo, en todo momento. Viendo esto. Deberías dejar que lo haga Theo y centrarte en graduarte, en salir con Keira y Lina, en vivir.

—No.

—Tengo la cara hinchada por los corticoides, me tiemblan las manos por la ciclosporina y el insomnio me deja agotada.

Tengo un hambre absurda a ratos, me sangran la nariz y las encías, y tengo cambios de humor que yo, como psicóloga, ni siquiera entiendo.

Soy un cóctel de pastillas y hormonas, Darcy, y la cosa va a ir a peor.

Deberías dejar que Theo te sustituyera. Podrías cuidar de Macy, y traerla menos.

Has estado aquí todo este tiempo, pero lo que me queda va a ser horrible, doloroso y…

—No voy a irme a ninguna parte —le cojo la mano y le doy un buen apretón—. Lo eres todo para mí, ¿vale?

Cierra los ojos, pero no lo bastante rápido como para que no vea la culpabilidad en ellos.

—Ojalá no te hubiera querido tanto —dice sin abrirlos—. O hubiera sabido disimularlo mejor, para que así crecieras odiándome un poquito. Haría que todo esto fuera más fácil.

Me clavo las uñas de la mano libre en la palma.

—Podría reírme largo y tendido del uso de «fácil» en esa frase, Monique.

Me pone una mano en la mejilla y me mira con todo el amor que cabe en un par de ojos.

—Me voy a perder verte crecer —susurra.

—Ya soy adulta, ya he crecido. No te lo has perdido.

—Qué va, eres una niña todavía. Mi niña.

—¿Hola? ¿Un médico? Mi hermana está perdiendo la cabeza.

Sonríe un poco y me aferro a esa sonrisa con todo lo que tengo. De repente se incorpora en la cama y mis nervios se disparan.

—¿Qué? ¿Tienes ganas de vomitar? —junto las cejas mientras ella clava la vista en el suelo—. ¿Traigo el cubo? ¿Te llevo al baño? ¿Necesitas más suero? ¿Llamo a un…?

—¿Desde cuándo tienes esos tacones con alas, hada del bosque?

Exhalo aliviada y me miro la pieza naranja y dorada de joyería que adorna mis pies. Todo el tacón es un ala, son preciosos.



—Ahhh, ¿estos? —Los muevo y el sol sobre mis dedos brilla con la luz del fluorescente del techo—. Desde siempre.

—¿Darcy? —estrecha su mirada cansada en mi dirección.

—Vaaaale, desde el verano pasado, pero estaban rebajados a un-montón-por-ciento.

—Muy graciosa —despacio, vuelve a tumbarse—. Te voy a dejar una buena pasta, no te la fundas en zapatos, ¿de acuerdo?

Mi hermana bien podría haberme metido la mano en el pecho y haberme arrancado el corazón con las uñas. Habría sido menos doloroso.

—Vaya cambio de tema —musito acercándome a la ventana para abrirla y ventilar un poco.

Y sobre todo: para darle la espalda. Aunque mis ojos enseguida vuelan hasta ella.

—Prométemelo —pide cerrando los suyos, agotada.

No sabes que para mí esta ropa ya no significa nada, ¿eh? No te has dado cuenta todavía de que nada me importa salvo tú.

—¿Darcy?

—Prometido.

—Y prométeme también… que una parte sí será para zapatos —sonríe de lado.

Le devuelvo el gesto mientras me clavo las uñas en la palma de la mano.

—Lo que tú digas, hermanita. Ahora, por favor, ¿dejas de deprimirme?

—Claro. ¿Qué tal tu amigo?

En cuanto lo menciona, mi mente reproduce la sonrisa de Dunkan.

No sé si tiene que ver con que Dunkan es una de esas pocas personas que tiene colmillos y que los luce de una forma sexy en plan «soy el primo de Damon Salvatore» o si son sus pecas las que me encandilan de un modo asfixiante o si tiene que ver con lo bien que huele siempre y las ganas que me dan de enterrar la nariz en su cuello y ya que estoy allí, besarle el…

—¿Darcy?

—No es mi amigo.

—Vale, pues ese no-amigo tuyo —dice dándole golpecitos al hueco que me deja siempre en la cama.

Casi corro hasta ella.

—Le va bien. Tiene un hermano que le quiere mucho, pero creo que solo lo tiene a él.

—¿Va a verle muy a menudo?

—Estoy bastante segura de que sí, pero estudia en North Star y Dunkan no quiere que se pierda clases, así que dudo que lo llame a menudo. Al parecer, Nolan es un cerebrito. Y…

—¿Qué? —pregunta con una sonrisa en la voz.

—Dunkan estudia las materias de su hermano para hacerle preguntas antes de los exámenes.

Monique suelta algo muy similar a su risa, un poco menos entusiasta de lo habitual, pero me hincha el corazón.

—Cuéntame más cosas sobre ellos —pide y, como una buena cotilla, le cuento lo del susto que nos llevamos al encontrar la cama de Dunkan vacía, y la reacción que tuvo Nolan en la azotea.

—Madre mía, sí que se quieren.

Hay pocas cosas que le gusten más a mi hermana que los cotilleos bonitos, pero se está despejando y, cuando está peor, le conviene dormir mucho.

—Oye, ¿te apetece que veamos algunos capítulos de Las chicas Gilmore ?

—No, quiero seguir hablando.

—Pero si te encantan las Gilmore. Somos básicamente nosotras.

Nos sabemos los diálogos de todos los capítulos de las primeras cuatro temporadas. Rory y Lorelai le sacarán alguna carcajada antes de que se quede dormida y eso es justo lo que necesito.

Monique cede, porque es una blanda, y yo pongo Netflix en el móvil. Cuando se duerme, me quedo mirándola durante horas, intentando aferrarme a la idea de que aún la tengo conmigo.

Le acaricio la cara y me esfuerzo mucho en imaginármela como sería con cuarenta, sesenta o noventa años.

—Envejecer no parece tan guay si tú no vas a hacerlo conmigo —susurro y luego deposito un beso en su frente.

Lina me llama a eso de medianoche. Me meto en el baño encendiendo solo una luz para que no me vea bien la cara. La idea es que no se dé cuenta de que lloro más de la cuenta.

—¿Por qué dice Keira que no vas a salir con nosotras esta noche? —pregunta poniéndome morros, más triste de lo que deja ver.

Le explico que he conocido a un chico y que voy a pasar la noche con él. Que, por desgracia, no vamos a poder vernos. Se la ve decaída porque esta semana tampoco vamos a poder quedar, pero Keira, que está con ella, me echa una mano soltándole más mentiras.

¿Soy una mala amiga? Dios, espero que no.

Cuando acabe la temporada de F1 le contaré toda la verdad. Espero poder mantener la mentira hasta entonces.