Mi chicane favorita (North Star 10) C a p í t u l o 1 1
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Darcy

En cuanto me aseguro de que Nolan es atendido, salgo corriendo hacia casa. Ya, correr probablemente no ayude a mi pestilencia, pero me da igual.

Cojo un taxi (dejo una buena propina) y en cuanto cruzo la puerta de mi apartamento, tiro todo por el suelo. Está hecho un asco, así que por un poco más, tampoco pasará nada.

Monique lloró mucho cuando me independicé. Ojalá no lo hubiera hecho. Ojalá hubiera aprovechado más el tiempo que tenía con ella.

—Shhh —le pido a mi mente .

Me desnudo por el camino y voy directa a la ducha.

Vierto medio bote de champú en mi cabeza, aclaro, y repito con el resto del bote. Me enjabono el cuerpo a conciencia y salgo de la ducha escopeteada.

El pelo me chorrea por la espalda mientras escojo la ropa. Por descarte, acabo decantándome por las escasas opciones que me quedan limpias. Cojo un par de accesorios que creo que pueden gustarle a Martha y los meto en la bolsa de deporte que uso para las cosas del hospital.

Luego voy al armario de zapatos y me tomo un minuto y cuarenta segundos pensando qué tacones le harán más gracia a Macy, y después de meter algunos en la bolsa, me calzo unos que desafían la gravedad.

La gruesa plataforma azul eléctrico parece tallada en cristal, mientras que el tacón de aguja, fino y rosa metalizado, se eleva hasta una altura que, evidentemente, me hace superior a muchas otras personas.

A las personas sin plataformas, por ejemplo.

Sobre el pie, varias tiras brillantes rugen en forma de llamas: amarillas en los dedos, naranjas y rojas sobre el empeine, y fucsias, violetas y moradas alrededor del tobillo. No son zapatos, son una amenaza con tacón y solían ser de mis favoritos.



Cuando mi hermana vio estos tacones por primera vez me dijo que dónde estaba la caja de la que me había escapado y que si pertenecía a alguna niña llorona de la calle. Que se prestaba a darme cobijo, pero que no estaba hecha para esconder a una muñeca a la fuga.

Monique se muere.

Monique se muere.

Monique se muere.

Monique se muere.

Grito y cierro el zapatero de un portazo con ganas de quemar todo cuanto poseo. A veces mi mente me ataca, así de repente.

Me tiembla el cuerpo entero. El frío empieza a congelarme los músculos, a paralizarme. El sudor me empapa entera y ya no oigo las gotas que caen de mi pelo.

Cierro los ojos con fuerza, pero el ataque de pánico me sacude igual.

Tengo el tiempo justo de llegar al baño para vomitar.



Llego al hospital una hora y cuarto después de haberme ido, revuelta, pero limpia. Salgo del ascensor masticando chicle, suplicándole a la menta que me ayude a calmar el revoltijo.

Traigo una infinidad de ropa y maquillaje. No pienso volver a salir de aquí en semanas. Meses.

«No le quedan meses».

Cállate, cállate, ¡CÁLLATE!

Me clavo las uñas en las palmas de las manos. Estoy a punto de dejarme llevar por el segundo ataque cuando oigo una voz conocida.

—¿Pero quién es esta jovencita casi-graduada?

Alzo la vista y veo a …

—Beckham —jadeo y me lanzo a sus brazos.

Mi hermana da los mejores abrazos del mundo, pero Beckham le sigue de cerca.

Mis padres están fuera de la ecuación.

Monique y yo somos hijas de padres diferentes, pero tenemos en común el hecho de que ninguno de los dos quería hacerse cargo de sus hijas.

Así que cuando nuestra madre murió, Monique usó su diferencia de edad para criarme.

Cuidar de mí. Quererme y darme todo cuanto tenía.

Puede que me saque trece años, pero ella también era una cría por aquel entonces.

Un día conoció a Theo, el amor de su vida. Theo nunca tuvo ningún problema en que yo estuviera pululando por casa. Ni tampoco lo tuvo cuando me acoplaba a sus planes de cine y palomitas.

Beckham es el padre de Theo y, aunque yo no soy la hija de Monique, siempre le he llamado abuelo. Abuelo postizo.

Sin duda, le quiero como uno.

—Hueles a coco, ¿a qué se debe este cambio?

—Siempre uso el mismo champú.

—Ah, ¿pero tú te duchas, Darcy?

Abro la boca con ofensa y oigo al viejales de Theo carcajearse dentro de la habitación.

—¿Le has obligado tú a decir eso? —lo acuso y el muy maldito no lo niega.

El grifo del cariño y la sensación hogareña se cierra, y el alma se me cae hasta los pies.

Monique está blanca y con la frente sudada. No tiene los ojos ni muy abiertos, ni cerrados del todo. Un brote.

—¿Qué ha pasado?

—Está bien, ha vomitado, pero está bien. Le han puesto suero —dice Theo en tono monocorde.

Entonces veo un pañuelo manchado de rojo. Gotitas en la bata de Monique. En la parte donde sus labios se juntan.

—¿Ha vomitado sangre?

Ninguno contesta, pero no hace falta. Tampoco los oiría. Agarro la mano de mi hermana mientras la habitación da vueltas sin parar.

Hoy va a ser un día malo.



Ver la debilidad de mi hermana es insoportable. Algunos días está bien, casi parece que no esté enferma. Y otros días, como hoy, apenas habla o come. Está agotada, pero nunca se queja. Es probable que ya esté tan cansada de esto que, si fuera por ella, aceleraría el último trámite de la enfermedad.

Pero mi hermana es una jabata, dura y valiente.

Poco antes de la hora de la cena salgo a por un café de máquina. Macy ha estado muy triste por ver a su madre en esas condiciones, así que me he pasado la tarde intentando animarla.

Su madre se muere, no puedes animarla, Darcy.

Apoyo la cabeza en la máquina expendedora.

—Ya lo sé —susurro—. Déjame tranquila.

Una parte de mí desearía meterse en esta máquina. Esconderme del mundo ahí dentro, junto a los Doritos y las Oreos.

—La chica de los tacones peculiares —dice una voz arrancándome de las paredes crueles de mi mente.

Miro a mi izquierda y frente a la puerta de esta sala, se encuentra la habitación de… Dunkan.

Un Nolan con la mano vendada e inmovilizada, y el culo plantado en la única butaca de la habitación, me saluda.

Me acerco a ellos olvidándome del café que no quiero tomarme.

En cuanto cruzo el marco de la puerta mis ojos viajan hasta la cama .

El siguiente latido de mi corazón es de alivio. Casi me dan ganas de sonreír.

—Darcy.

Me gusta cómo Dunkan pronuncia mi nombre. Una pena que esté muerta por dentro y ya no sea capaz de sentir cosas buenas.

—Hola, escapista.

—Nolan me ha contado el susto que os habéis llevado. Bueno, que se ha llevado. Me… me lo ha dicho a gritos y creo que ahora estoy sordo.

Me muerdo el labio inferior.

—Yo también me he asustado —admito demasiado deprisa. A Dunkan se le alzan un poco las cejas y me apresuro a añadir—: Todavía tenemos muchas más conversaciones insoportables pendientes. ¿Qué sería de mi vida si todas mis conversaciones fueran agradables?

—Nunca lo sabremos.

Un segundo, ¿está…? ¿Está flirteando conmigo?

Solía dárseme bien saberlo. La respuesta era siempre sí, así que la cosa tampoco tenía mucho misterio.

—¿De qué os conocéis exactamente? —pregunta Nolan desviando la mirada de uno a otro como si fuera un inspector de policía y nosotros dos delincuentes que han robado un paquete de chicles premium en un veinticuatro horas.

—No nos conocemos —digo.

—Sí, exacto —dice Dunkan.

—Solo me dejó…

—Nada.

—Exacto.

—Pues sí que tenéis conversaciones insoportables, sí. —Nolan mueve las cejas y arruga la nariz porque, por lo visto, es un tío expresivo—. Dunkan, ¿puedo llevarme la chaqueta de papá? La acaparas todo el rato y estoy demasiado cabreado contigo para no robártela y darte una lección.

—Claro, róbamela.

—¿De verdad? Nunca me la dejas. Siempre dices que es tu tesoro más preciado y…

—Que te la lleves, Nolan —interrumpe Dunkan con brusquedad.

¿Me falta el aire? Estoy bastante segura de que me falta el aire.

—Bueno, chicos, y qué… ¿qué hacéis con esas libretas y bolis? ¿Inventándoos sudokus? —pregunto en un tono rarísimo que intenta ser alegre .

—Como me he jodido la mano por culpa de que mi hermano es tonto del culo —empieza Nolan—, ahora quiere que aprenda a escribir con la otra mano, para que no me retrase con las clases.

Pero ya le he dicho que mis estudios se pueden ir a la mierda.

Él es lo único que me importa y es evidente que aún no le ha quedado claro.

—Lo mira—. ¿Vemos Avatar en el móvil un rato?

—No —dice tajante.

Nadie había dicho nunca nada tan bonito estando tan cabreado. Estos hermanos son adorables.

Miro a Dunkan.

—¿Y qué haces tú? —señalo su libreta con la barbilla.

—Aprendo con él.

Dios, sí que son muy adorables.

Ni siquiera me doy cuenta de que estoy sonriendo hasta que oigo mi risa.

Los ojos de Dunkan brillan cuando me mira, así que me veo obligada a fijar la vista en su hermano pequeño. Por algún motivo, eso me resulta más fácil.

—¿Y qué quieres decir con que mis tacones son peculiares? Yo diría más bien que son del todo alucinantes.

—Tienen llamas, y tus gafas, corazones. ¿Algo de tu armario es normal?

— Nolan —le gruñe Dunkan, en un tono severo que me gustaría que usara conmigo.

No, que a la antigua Darcy le gustaría que usara con ella.

A la nueva le da todo igual.

—No lo digo como algo negativo. —Nolan alza las manos, la buena y la mala—. Solo era una observación. ¿Quieres ver Avatar en mi móvil?