C a p í t u l o 9
  
Darcy
Pero esa es la razón por la que, cuando Theo entra en la habitación a eso de las diez, estoy frita como un muerto. Voy a dejar de usar esa expresión desde ya.
—Buenos días.
—Me alegra ver que duermes aunque sea un poco —dice en susurros, pero ya se podría aplicar el cuento, las ojeras le llegan hasta los codos.
—¿Y Macy ?
—En la guardería, claro.
Hago una mueca. Jo. Maldita guardería. ¿Y mis abrazos?
Theo ha pedido vacaciones en el trabajo, así que no le echarán en falta . Vacaciones para ver morir a su gran amor, la vida es algo maravilloso.
—¿Te duele el estómago?
—No —me aparto la mano del vientre, me levanto del lado de la cama que le he robado a mi hermana y me estiro como un gato fingiendo estar de maravilla.
—Vete a casa un rato, Darcy.
—No, estoy bien. ¿Has desayunado? Iré a comprar algo de café.
Theo desvía la mirada hacia la mesita de la esquina donde hay todo un séquito de bebidas de Starbucks. Finjo entusiasmo y me acerco a un café que sé que no voy a poder beberme. Estas últimas semanas me he gastado una buena pasta en cafés que he tirado intactos o por el desagüe.
—Darcy, sabes que te quiero, ¿verdad? —pregunta a mi espalda.
Me doy la vuelta y le escudriño con la mirada mientras juego con la pajita.
—¿Vas a ponerte pegajoso conmigo, Theo? Porque sabes que no me va ese rollo.
—Te va más ese rollo que a nadie —dice estrechando la mirada también—, y no. Lo que voy a hacer es… hacernos un favor a todos.
—¿Qué?
—Apestas. Ve a casa y dúchate.
—¿Disculpa ?
—Podríamos freír un huevo en tu pelo.
—¡Pero bueno! —exclamo en susurros y abro la boca con la más pura ofensa, pero lo que dice es verdad.
No sé cómo Monique me dejó acercarme a ella anoche.
—Es cierto, han puesto carteles por los pasillos. —Se cruza de brazos—. Aterrorizas a los niños.
—En esta planta no hay niños.
—¿Y por qué crees que no los hay?
Le aguanto la mirada y él a mí, hasta que ambos sonreímos un poco.
Miro a Monique y se me retuerce el estómago con brusquedad. Putas batas de hospitales, putas enfermedades incurables. Ya casi ni parece ella.
—Estaremos aquí cuando vuelvas —dice Theo acariciándome los brazos desde detrás y dándome un beso en mi putrefacto pelo.
Me giro y lo abrazo con fuerza.
No llores. Aguanta.
Que. No. Llores.
—Bueno, vale. Pero eres un princeso y un tiquismiquis. Ni siquiera huelo tan mal.
—Claro, claro. ¿Sabes? Me alegro de estar en un hospital, fijo que aquí tienen oxígeno para recuperarme de ese abrazo.
Sacudo la cabeza. Me paso el pestilente pelo detrás de las orejas y me inclino para darle un beso en la frente a mi hermana.
Por favor, no gastes ni un gramo de energía sin que yo esté presente. Descansa. Volveré enseguida, te lo prometo.
Con la mano, me despido de Theo y, sigilosa, salgo de la habitación.
Estoy haciéndome un moño para disimular mi problema de higiene personal porque, —¿hola?, soy muy popular en este hospital y no quiero que nadie lo note—, cuando lo veo.
La puerta de Dunkan está abierta.
Y su cama está vacía.