C a p í t u l o 7
  
Dunkan
Pese a mis insistencias, Nolan viene por la tarde.
No pienso decirle nada a mi hermano sobre esa odiosa persona que no deja de llamarme de manera obsesiva. Así que para ahorrarme problemas, pongo el modo avión en cuanto entra por la puerta.
Suelto los apuntes sobre mi regazo.
—¿Es que no sabes leer? ¿Qué te dije? —pregunto sonriendo porque soy un tonto necesitado de atenciones.
—¿Y qué te dije yo? Te echaba de menos, imbécil —dice cabizbajo.
Mi hermano pequeño es mi fan número uno.
Incluso cuando mi padre vivía y se dejaba la voz animándome desde el paddock, Nolan siempre me idolatró. Estoy intentando merecerme su admiración. Como podrás comprobar por mi atuendo hospitalario, no es algo que me esté saliendo muy bien.
—¿Has estudiado?
—Pues claro —resopla.
Modo *nerd* activado.
—Bien, porque yo también y estoy listo para hacerte una ronda de preguntas rápidas.
—¿Has vuelto a entrar en mi campus virtual?
—Pues claro. ¿Cómo voy a descargarme e imprimir el temario, si no?
—Deja de aprenderte mis deberes, Dunkan. Te lo digo en serio.
—¿Para qué? ¿Para hacerte preguntas cutres y darte la falsa impresión de que vas preparado al examen cuando no es así? —resoplo—. Tú alucinas.
—Yo siempre voy preparado a los exámenes.
—Eso lo decidirá el juez —me señalo, cojo mis papeles y empiezo con el exhaustivo cuestionario que probablemente acabe siendo más difícil que el propio examen.
Como siempre, mi hermano lo borda.
No es solo que estudie mucho, es que las matemáticas le apasionan tanto como a mí la F1. Por suerte para todos, la pasión de Nolan no puede matarlo.

Dos horas después, consigo que levante el culo de mi camilla para que se pire a North Star a descansar.
—Eres un muermazo, tío. ¿Por qué no puedo quedarme a dormir aquí?
—Porque va contra las normas.
—Seguro que hay peña que se salta esas normas. Yo podría ser de ese grupo de personas.
—Ni de coña.
—¿Por qué no? —Se queja como cuando era un mocoso de medio metro.
—Porque tienes que estar fresco para tus exámenes y dormir en esa butaca no te va a dejar descansar.
—¿Qué butaca? ¿Es que acaso no vas a dejarme a mí la cama? Soy el pequeño.
—Gilipollas —me río y él también. Lo freno antes de que se vaya—. Nolan, espera. Hay algo que quería comentarte.
—¿El qué? —Su cara se oscurece como si supiera que no es una buena noticia.
—No es nada. Es una chorrada, pero quería comentártelo —carraspeo—. Van a tener que operarme otra vez.
—¿Qué ?
—No es grave, en serio. Es una operación de revisión. Algo mínimo. —Por más que insisto, su expresión no deja de ganar dureza y preocupación.
Todas sus facciones aniñadas desaparecen.
—¿Qué significa eso? En una revisión normal no te abren, ni te anestesian.
Se lo cuento. Intento hacerlo por encima, sin entrar en detalle, pero mi hermano insiste e insiste hasta que le cuento toda la verdad.
—¿Cuándo? ¿Cuándo es la operación?
—Todavía me lo tienen que decir, pero será pronto —miento.
Primero tengo que volver a entrar en su campus virtual y asegurarme de que no tiene ningún examen a esa hora. Mi hermano pequeño es bien capaz de mandarlo todo a la mierda por quedarse aquí todo el santo día.
No voy a permitir que arruine su vida por culpa de mis decisiones.
—Joder —se pasa la mano por el pelo, despeinándoselo—. Joder, qué asco.
—No dramatices, diva. Van a dejarme como nuevo.
Mi hermano ya no se cree nada. Si hubiera un concurso de muecas de preocupación, la suya se llevaría el primer puesto.
—Decidido, voy a quedarme a dormir.
—No puedes, Nolan —dice una enfermera llamando a la puerta abierta, con una sonrisa compasiva—. Y se ha acabado la hora de visita, encanto. Despedíos hasta mañana.
—Está bien —gruñe el matemático estudioso—. Te voy a escribir. Contéstame a los mensajes. Y si te hago una videollamada me la aceptas.
—Vale, gruñón.
—Buenas noches.
Mi hermano se larga y, como siempre, consigue dejarme con una sonrisa en la cara. Puede que mi vida, mi carrera y todo por lo que he trabajado se esté viniendo abajo, pero eso no me impide agradecer lo que sí tengo.
Nolan entorna la puerta al irse, pero alguien la abre un par de minutos después y en este caso, no se trata de ninguna enfermera.
Es ella. Darcy. La chica de las gafas con forma de corazón. La llorona.
—Hola —digo en poco más que un gruñido.
Carraspeo. ¿Por qué tengo que estar con la puta bata de hospital? Qué vergüenza.
—Hola. Me dejaste tu chaqueta. Venía a devolvértela.
Se la ve mejor. Camina hasta la butaca en la que quería dormir mi hermano y deja la chaqueta con cuidado, como si fuera algo valioso.
Está en mi puta habitación.
Joder, ojalá estuviera recién duchado y con algo de ropa que… Vale, ojalá estuviera con mi mono de competir. Ojalá estuviera junto a mi monoplaza y pudiera fingir que soy un tío interesante.
Ojalá la hubiera conocido antes de que la F1 me hiciera esto.
—Gracias por devolvérmela —digo como si me importara la puta chaqueta.
—Oye, no… No quería oír vuestra conversación, pero lo he hecho.
—Ah, tranquila. Mi hermano grita mucho. A veces dudo de si está hueco.
—No, me refería a antes, cuando ha venido tu médica esta mañana yo estaba en el pasillo. Solo ha sido un segundo, pero… No deberías haber caminado hasta la azotea si tienes la espalda así de jodida.
Asiento. No debería, pero me alegro horrores de haberlo hecho. No se lo digo porque no quiero incomodarla, pero es lo que pienso.
—Me llamo Darcy —dice, como si no lo supiera ya.
—Dunkan.
No sé por qué, pero con ella estaría dispuesto a presentarme las veces que hiciera falta.
—Me suena muchísimo tu cara, ¿nos conocemos de algo? —frunce el ceño.
Imagino que esta es su manera de aclararme que no ha oído ninguno de mis comentarios sobre la F1, ni ninguna de las negativas de mi doctora.
Analizo su rostro durante un segundo. Los rasgos de Darcy son muy dulces.
Suaves. Tiene los labios gruesos y los pómulos redondeados como si fuera una creación de la IA en vez de una chica de verdad.
Pero se la ve hecha polvo. Ya no llora, lo cual es genial, pero tiene los ojos castaños brillantes y un poco rojos.
Igual que la punta de su nariz. Es como si estuviera a punto de soltar nuevas lágrimas en cualquier momento.
—¿Que si nos conocemos de algo? —sonrío de lado—. ¿Esa es tu manera de ligar? Qué sutil.
—¿Q-qué? —echa la cabeza hacia atrás—. N-no. ¡No!
—Ahora mismo no estoy buscando nada, pero gracias.
—¿Pero gracias? ¿Tú de qué…? —pone los brazos y jarras y sigue tartamudeando frases inconexas.
Así está todavía más guapa.
— No me malinterpretes —me señala con el índice.
—Claro.
—Mira, yo solo venía a devolverte tu chaqueta y a darte las gracias por… ¿pero sabes qué? Ya no tengo tantas ganas —estrecha la mirada y se cruza de brazos.
—Ya lo veo. ¿Por qué será que las más guapas son las que peor llevan lo de que las rechacen?
Sus labios gruesos quedan abiertos con ofensa.
Mi cuerpo lleva muerto semanas, pero con su irritación se despierta.
—Buenas noches —se va de mi habitación ofendida, dando pisotones.
Sonrío cuando la puerta se cierra.
—Buenas noches, Darcy.
Por primera vez en semanas, hoy no tengo pesadillas.
Ni tampoco sueño con la F1.