C a p í t u l o 3
  
Dunkan
La llorona de pelo largo cruza por delante de mi puerta caminando como una autómata. Ya no llora y lejos de tranquilizarme, eso me deja aún más inquieto.
La azotea está en esta misma planta y a ciertas personas les gusta salir a tomar el aire, pero esta vez… No lo sé, tengo un muy mal presentimiento.
Así que cojo la chaqueta, salgo de la habitación y la sigo.
Qué. Puta. Mierda. De. Cuerpo. Tengo.
Un mes aquí y la cosa sigue sin cuajar. No entiendo cómo mi escudería no ha roto el contrato todavía, ni me ha dado la patada.
Añoro el tiempo en que la máquina estropeada era el coche de F1 que pilotaba y lo único que tenía que hacer era dejárselo a los mecánicos para que se ocuparan de él. Ahora el roto soy yo.
¿Cuál será su historia?
Estoy bastante seguro de que ella no es la que está enferma. ¿Por quién estará aquí?
¿Un novio? ¿Un hermano?
Empujo la puerta y salgo a la azotea. No la oigo llorar como antes. Ni la veo hasta que…
AY, MI MADRE.
Está subida a la cornisa del edificio. En el puto borde.
El corazón se me sube a la puta garganta y me empapo en sudor frío.
—Por favor, no te tires —espeto, pensando demasiado tarde que puedo asustarla y ser el causante indirecto de su muerte.
Ella gira la cara despacio hacia mí, tan despacio como me gustaría que se bajara de ahí y frunce el ceño al preguntar:
—¿Es a mí?
—Sí. Es a ti. Por favor, no saltes. —Me acerco despacio.
—Perdona, ¿qué estás insinuando? ¿Que voy a subirme a la cornisa y saltar al vacío? ¿Que tengo inclinaciones suicidas? Por favor, no sabes con quién estás habl… —Baja la vista y se le abre la boca en un grito sordo.
Las lágrimas brillan en sus mejillas cuando las luces de los edificios se reflejan en su cara. Me acerco tan rápido como puedo, que es agónicamente lento.
Agarro su antebrazo. Estoy listo para darle un tirón, pero es ella la que retrocede y se baja. Se libra de mi contacto dando marcha atrás hasta que su espalda choca contra la pared de ladrillo del fondo.
—¿C-c-cuándo me he subido ahí?
—No lo sé.
—No me iba a tirar.
—Me alegro.
Me mira boquiabierta y horrorizada, apartándose las lágrimas silenciosas que manan sin permiso de sus ojos. Incluso ahora se empeña en mantener la fachada de control emocional. Incluso con un completo desconocido.
Joder, ¿se habrá podido desahogar con alguien de lo que sea que está pasando en su vida? ¿Por qué tengo la impresión de que no?
—Acabas de salvarme la vida.
—Juraría que lo has hecho tú sola, pero de nada. Me llamo Dunkan.
—Podría haberme movido sin querer, podría haberme caído… Podría estar muerta.
—Pero no lo has hecho y no lo estás. Toma, hace frío. —Hago resbalar la chaqueta que tenía sobre los hombros y la coloco sobre los suyos.
¿Mi espalda se queja? Alto y claro. ¿Le hago caso? No.
Ella no reacciona. Deja que se la ponga sin dejar de mirar la cornisa. Tiene un mar de pecas negras en sus iris castaños y huele a lirios.
—Darcy.
Frunce el ceño de inmediato, pero tarda unos cuantos segundos en alzar la barbilla para encontrar mis ojos.
—¿C-cómo sabes…?
—Puedes llorar, Darcy.
—¿Qué?
—He dicho que puedes llorar.
—Ni siquiera te conozco.
—Precisamente.
Parece a punto de discutírmelo. De darme una lista de razones por las que nunca lo haría. Pero en vez de eso, rompe en sollozos.
Llora con la misma fuerza que antes cuando estaba en el suelo maquillándose. Yo le pongo una mano en la cabeza y la acaricio igual que solía hacer mi padre conmigo. Es lo máximo que puedo tocarla siendo dos desconocidos.
Pasan al menos cinco minutos. Cinco, pero ni de lejos son suficientes.
Entonces le vibra el móvil y cuando lo mira, veo que en la pantalla aparece un nombre.
Keira. ¿Será de chico o de chica? Darcy tampoco es que sea un nombre muy femenino que digamos.
De hecho, hasta hoy, no sabía que había mujeres que se llamaban así.
Darcy no responde a la llamada, pero sí sale del trance y se limpia las lágrimas.
—¿Mejor? —pregunto y en cuanto me mira, se le agrandan los ojos con miedo, como si hubiera visto una parte de ella que no deja ver a nadie y ahora temiera que lo usara contra ella.
Sale escopeteada de vuelta al interior del edificio, llevándose mi chaqueta consigo. Sonrío.
Este monoplaza averiado ha servido para algo.