Mi Casera Dominante (Dominadas por ella 1) Parte 7 – Domingo Sola con la dueña y la amiga
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Parte 7 – Domingo Sola con la dueña y la amiga

Desde que me levanté estoy en esta posición.

Me duelen las rodillas contra la alfombra. No sé cuánto tiempo llevo aquí. Minutos. Horas. El cuerpo me pide a gritos que me mueva, pero algo más fuerte que el dolor me mantiene quieta. La obediencia se ha convertido en mi nueva columna vertebral.

Desnuda.

En medio del salón.

Rodillas separadas sobre la alfombra.

Espalda recta.

Boca bien abierta, lengua ligeramente afuera, saliva empezando a gotear.

La nota está justo frente a mí. Tinta negra, firme, implacable:

Amanece arrodillada con la boca abierta.

Pide ser penetrada.

Recibe por todos tus huecos.

El sexo se me contrae con fuerza, un latido que me sube hasta la garganta y me arranca un jadeo ahogado. Quiero que me usen. Necesito que me usen así. Las dos. Al mismo tiempo. La vergüenza y el deseo se enredan tan fuerte que casi no puedo respirar.

A lo lejos oigo risas bajas. Tazas tintineando. Pasos.

Isabel y Laura están despiertas.

Y yo ya estoy en mi sitio. Como ellas esperaban. Como yo necesito estar.

Mis pechos suben y bajan con cada respiración agitada. Los pezones duros, pesados. Entre mis piernas, un hilo caliente resbala sin control y cae sobre la alfombra, formando un pequeño charco brillante. Estoy expuesta. Dispuesta. Esperando.

Los pasos se acercan.

Isabel aparece primero. Sostiene una taza de café, la deja en la mesa sin mirarme aún. Sus ojos recorren cada centímetro de mi cuerpo arrodillado como si ya estuviera dentro de mí.

—Buen día, muñeca —dice con esa voz baja y peligrosa que siempre me desarma—. Mira cómo te has colocado sola. Boca abierta. Piernas separadas. Ya goteando antes de que te toquemos.

No cierro la boca. Solo la miro desde abajo, ojos brillantes de sumisión absoluta, lágrimas de anticipación formándose.

Laura se acerca. Solo lleva una camisa larga abierta. Pechos pesados balanceándose, pezones marcados bajo la tela fina. Su olor llega primero: jazmín y algo más oscuro, como tabaco negro. Un contraste afilado con la vainilla cálida de Isabel.

—Mmm… preciosa —susurra Laura, agachándose para levantarme el mentón con un dedo firme—. ¿Qué vas a pedirnos hoy?

Trago saliva. La segunda regla me quema la mente como fuego.

—Penetradme… —susurro, voz temblorosa, rota—. Por favor. Penetradme ya. Llevadme por todos lados. Rómpanme.

Isabel suelta una risa suave, oscura, que me llega directo al clítoris.

—Vas bien. Muy bien.

Se gira hacia Laura.

—¿La quieres tú primero o la lleno yo?

Laura se chupa el dedo y sonríe con hambre abierta.

—Al mismo tiempo. Por donde podamos. Y que grite hasta quedarse sin voz. Que suplique que pare y que no pare al mismo tiempo.

Y yo… yo ya empiezo a gemir, un sonido bajo y animal que me sale del pecho, el sexo contrayéndose fuerte y control.

—Abrid más —ordena Isabel—. La boca y las piernas. A la vez. Te vamos a usar por duplicado. Y luego por triplicado.

Obedezco al instante. Boca más abierta, lengua afuera, saliva cayendo. El sexo abriéndose completamente, goteando sin parar.

Laura se coloca el arnés con precisión. Isabel elige el consolador de vidrio grueso, curvado, frío al tacto. Ambas saben exactamente lo que quieren.

—¿Lista para recibirnos a la vez? —pregunta Isabel, acercándose por detrás.

—Sí… úsenme —susurro, y la palabra sale rota, desesperada—. Quiero sentiros. Por favor… rómpanme.

Laura se coloca frente a mí y sujeta mi mandíbula con una mano firme.

—Boca bien abierta. No la cierres hasta que acabe. Y no la sueltes hasta que gima.

El dildo entra firme, directo. Grueso. Llenando. Mi lengua lo rodea. Mis labios lo abrazan. Mis ojos miran hacia arriba, buscando aprobación, lágrimas ya cayendo.

— Así, preciosa —susurra Laura.

Al mismo tiempo, Isabel presiona la punta del consolador contra mi entrada más estrecha.

El vidrio frío entra despacio, abriéndome con una presión que me roba el aliento.

El dildo de Laura me llega hasta la garganta y el aire se vuelve un lujo. Cada embestida de Isabel detrás me empuja más contra el de Laura.

Soy un cuerpo atravesado, sin voz, solo un latido salvaje entre las piernas y el roce del vidrio frío abriéndome por detrás.

Ellas encuentran un ritmo sin hablarse. Cuando Laura empuja mi cabeza hacia ella, Isabel se retira. Cuando Isabel se hunde hasta el fondo, Laura me suelta para que el gemido salga libre. Me convierten en un instrumento de dos intérpretes que tocan la misma partitura: yo.

—Así —susurra Isabel al oído, sujetándome una muñeca contra la alfombra—. Mírame. Solo a mí. Aunque te esté follando otra, eres mía.

Laura bombea con la mano libre entre mis piernas, cuatro dedos curvados, pulgar machacando mi clítoris sin piedad. La presión vaginal es constante, casi insoportable, un calor profundo que se expande mientras el vidrio me abre por detrás.

—Más fuerte —ordena Isabel—. Quiero oírte romperte.

Gimo alrededor del dildo sin contenerme. Exploto.

Grito contra el dildo en mi boca, el sonido amortiguado y animal. Mi cuerpo se convulsiona.

Mis chorros salpican sus rostros. Lloro de placer puro, rota, rendida, perdida entre dos cuerpos que me poseen al mismo tiempo.

Caigo exhausta.

Isabel se inclina sobre mí. Laura se acomoda al otro lado, pasando una mano por mi cintura como si ya fuera parte de nosotras. Me sostienen entre las dos bajo la luz tenue, sus dedos trazando círculos lentos en mi espalda, calmando cada temblor.

Laura se levanta un momento y vuelve con un paño tibio. Me limpia el sudor de la frente con una ternura que contrasta con la brutalidad de hace un minuto.

—Así se cuida a una buena chica —murmura.

Mañana es lunes y el mundo volverá a girar, pero mi cuerpo ya no le pertenece a la rutina. Le pertenece a este rincón, a estas manos y a la marca invisible de haber sido llenada por completo.