Parte 6 – Sábado en la noche Aceitada para dos
El resto del día pasó en una neblina. Dormité entre las sábanas que aún olían a nosotras, comí algo sin hambre y miré el móvil cada cinco minutos. Solo esperaba. Solo ardía.
Son las nueve de la noche cuando el teléfono vibra sobre la mesita y el sonido me atraviesa como un latido propio entre las piernas. Acabo de salir de la ducha, la piel todavía caliente y húmeda, pero no es el vapor lo que me hace temblar. Es el nombre de Isabel en la pantalla.
Abro el mensaje.
Tres reglas para esta noche:
Tírate fotos y mándamelas.
Acuéstate a las 10 con el antifaz puesto, bien aceitada y con las piernas muy abiertas.
Obedece en todo.
Otro mensaje llega al instante:
El antifaz está en la caja del armario. Póntelo. Todo lo demás se debe ver. De la boca hacia abajo. Cada parte. Cada gota.
Trago saliva.
Camino hasta el armario. La caja está exactamente donde dijo. El antifaz de encaje negro es suave, casi inocente. Me lo pongo frente al espejo. De repente solo queda mi boca visible, entreabierta, temblorosa. El resto de mí… expuesto.
Cojo el frasco de aceite que Isabel dejó preparado.
El líquido es espeso, dorado, y huele ligeramente a almendra y vainilla.
Me echo un chorro generoso en la palma y empiezo a extenderlo por mi piel con movimientos lentos, deliberados.
El aceite resbala por mis pechos, se acumula en el hueco de mi esternón, baja por el vientre y se desliza entre mis piernas como una caricia que yo misma me doy.
Cada roce de mis dedos hace que mi sexo se abra un poco más, brillante, resbaladizo, ya chorreando antes de que nadie me haya tocado.
Estoy preparándome para ellas. Me estoy convirtiendo en el regalo que van a compartir.
Y me excita tanto que casi no puedo respirar.
Mensaje nuevo:
Empieza con una foto de cuerpo entero. De pie. Sin tocarte aún. Quiero que se vea que estás obedeciendo desde el primer segundo.
Me coloco frente al espejo de cuerpo entero. El móvil tiembla en mi mano. En la pantalla me veo irreconocible: una mujer desnuda, pechos pesados, vientre tenso, sexo ya brillante. Y sin embargo… soy yo. La que siempre quise ser. Clic. Enviado.
Nuevo mensaje:
A mi amiga le encantó tu ombligo. Dice que quiere ver más. Mucho más abajo.
¿Amiga? El estómago se me contrae. Celos, vergüenza y una excitación tan pura que me hace contraer el sexo. Quiero que me vean. Necesito que me vean así.
No pregunto. Solo obedezco.
Me siento en el borde de la cama. Abro las piernas al máximo. La cámara baja. Mi vulva brilla bajo la luz tenue, labios hinchados, clítoris asomando. Clic. Enviado.
Mensaje inmediato:
Ahora una de espaldas. Rodillas en el suelo. Saca el culo. Más. Más. No pares hasta que se vea todo.
Me pongo a cuatro patas en el suelo. Levanto el culo. El aceite hace que todo resbale y brille. Siento cómo me abro por completo. Clic. Enviado sin mirarlo.
Mensaje:
Perfecta. Prepárate. No estás sola esta noche.
Me acuesto a las diez en punto. Piernas abiertas al máximo. Piel brillante de aceite. Antifaz bien colocado. El mundo se reduce a oscuridad y al latido entre mis piernas.
Mensaje final:
Cierra los ojos. Pon los brazos extendidos sobre la cama. No te muevas. Vamos en camino.
Quedo inmóvil. Respiración entrecortada. El aceite tibio se desliza por mi vientre. Quiero que me vean. Necesito que me usen.
La puerta se abre con un clic suave.
—Tal como prometí —dice Isabel, voz calmada, con esa sonrisa que siento sin verla.
—Y preciosa —añade Laura, voz desconocida y hambrienta—. Mmm, mira cómo brilla ya… tan ansiosa, tan lista para nosotras, preciosa.
No me muevo. No hablo. Solo respiro.
—No hables —ordena Isabel—. Solo escucha. Solo siente.
Pasos. El colchón cede. Una mano acaricia mi muslo interior con presión firme. Otra recorre mi pecho, pellizca un pezón con precisión cruel. El roce de la tela de sus ropas contra mi piel desnuda y aceitada suena casi obsceno.
—¿Así se prepara una chica bien entrenada? —susurra Laura, y su voz se clava como una orden nueva—. ¿Así se ofrece una boca y un cuerpo para dos, preciosa?
—Así se prepara una inquilina para obedecer a dos —responde Isabel.
Los dedos bajan. Entre mis labios. Todo resbaladizo. Listo. La presión interna crece, un calor profundo que me nubla la cabeza.
Abro aún más las piernas, hasta que me duele la cara interna de los muslos.
La mano de Laura es distinta. Más fría. Más desconocida.
Una parte de mí quiere apartarme, volver al refugio de Isabel.
Pero no lo hago. Porque sé que Isabel está mirando.
Y quiero que me vea así. Compartida. Ofrecida. Suya incluso en brazos de otra.
—Vamos a probar qué tan bien obedece —dice Isabel.
Una lengua baja. Roza mi clítoris con lentitud deliberada —suave, controlada, perfecta—. Isabel. Tiene que ser ella. Gimo fuerte, sin filtro. Otra lengua. Más presión. Más hambrienta, más impaciente. Laura. La nueva. La desconocida que ya me conoce por dentro.
Ya no sé quién es quién. Solo sé que estoy perdiendo el control. Dos bocas. Dos pares de manos. Dos voluntades que me están destrozando.
—Así —susurra Isabel al oído, sujetándome una muñeca contra la cama—. Más. No pares. Me encanta verte así. Compartida. Porque sé que siempre vuelves.
La lengua en mi clítoris acelera. Los dedos entran. Tres. Curvados. Golpeando justo donde me deshago. El calor interno se expande, una presión que me hace sentir llena y vacía al mismo tiempo.
—Vas a correrte —dice Isabel—. Pero lo harás cuando yo lo diga.
—Por favor… —gimo, sollozando.
—Dame más de esos sonidos, preciosa —susurra Laura, y su voz se clava más profundo que sus dedos—. Me estoy mojando solo con oír cómo te rompes para nosotras.
El placer sube como una tormenta.
—Ahora —ordena Isabel—. Vuélvete loca.
Exploto.
Grito. El cuerpo se arquea violentamente. Oleadas profundas me recorren, una tras otra. No sé de quién es la mano que me sujeta, de quién es la boca que sigue lamiendo mientras me corro.
Isabel se inclina sobre mi oído.
—Así te quiero —susurra, besándome la frente—. Rota… y entera a la vez.
Laura se levanta un momento y vuelve con un vaso de agua fría. Me lo acerca a los labios sin decir nada. Un cuidado silencioso que no esperaba.