Mi Casera Dominante (Dominadas por ella 1) Parte 5 – Sábado en la mañana Por detrás sin aviso
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Parte 5 – Sábado en la mañana Por detrás sin aviso

Llego y me quedo apoyada contra la puerta un segundo.

El calor de la calle todavía se me pega a la piel: asfalto, sudor y polvo.

Pero dentro de la casa el aire es más fresco, más íntimo, cargado del perfume de Isabel —madera oscura y vainilla sutil—.

Ese contraste me hace temblar más que el propio calor.

Allí está. Papel. Lo despego. Lo abro.

Despiértate desnuda.

Ofrece el culo.

Recibe con gemidos.

Me quito la ropa como si cada prenda fuera una barrera que ya no necesito. Me meto en la cama desnuda, sin sábana siquiera al principio. Solo piel contra piel.

Me quedo tendida en la oscuridad, el cuerpo tenso.

No sé en qué momento los pasos suenan en el pasillo. Abro los ojos justo cuando Isabel entra sin tocar la puerta. No hace falta. Me mira acostada, desnuda, piernas entreabiertas, cuerpo ya rindiéndose sin una palabra.

—Buenos días —dice con voz cargada de promesas oscuras—. Veo que cumpliste la primera. Despierta exactamente como te pedí. Desnuda. Mojada. Preparada.

—Sí… —jadeo, apenas audible—. Desperté desnuda. Como pediste.

Isabel no se acerca. Se queda al pie de la cama, mirándome. El silencio se estira.

—Boca abajo —ordena por fin—. Ahora.

Me giro sin dudar. Las caderas se alzan.

—Más arriba —dice, voz suave pero imposible de desobedecer—. Quiero verlo todo. Cada curva. Cada gota. Cada temblor.

Arqueo la espalda hasta que duele. Las nalgas se separan. Siento el aire fresco en el lugar más íntimo, más vulnerable. Esto es entregarme de verdad… y una parte de mí todavía quiere huir. La otra ya está suplicando.

—Así —susurra Isabel, caminando despacio alrededor de la cama—. Mírate. Ofreciéndote sin que yo te lo haya pedido dos veces. Tu culo virgen levantado para mí como si ya supiera a quién pertenece.

Me tiembla todo. Cada palabra suya me humilla… y me excita más. No debería querer esto. Pero lo quiero. Lo necesito.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —pregunta, deteniéndose justo detrás de mí—. Estás ofreciendo lo más íntimo que tienes. Sin resistencia. Sin condiciones. Solo porque yo lo pedí.

—Sí… —murmuro, cara hundida en la almohada—. Me estoy ofreciendo. A ti. A todo.

Isabel se sienta en el borde de la cama. No me toca. Aún no. El roce de la tela de su bata contra mi piel desnuda suena casi obsceno en el silencio.

—Quiero que lo entiendas —dice, voz baja y peligrosa—. Hoy no voy a tomar nada. Tú vas a darlo. Vas a ofrecerme ese culo virgen como la buena chica que estás aprendiendo a ser. Porque eso es lo que eres ahora. Mía para usarte.

Asiento. Placer y miedo, mezclados. Quiero que me tome… y al mismo tiempo sé que después de esto ya no seré la misma.

Entonces escucho el clic. Un cajón que se abre. El sonido húmedo del lubricante al ser abierto me recorre la espalda como un escalofrío.

—Hoy vas a aprender algo nuevo —susurra Isabel, casi un ronroneo oscuro—. Y vas a recibirlo con gemidos.

Siento el consolador frío rozar mi entrada. Esto va a romperme… y lo deseo tanto que duele.

—Respira —dice ella—. Y gime.

Presiona. La punta empuja. El anillo resiste un segundo. Luego cede. Lentamente. Dolorosamente.

Suelto un gemido grave, profundo, desde el fondo del vientre. Duele. Quema. Y al mismo tiempo algo oscuro y prohibido se enciende dentro de mí, un placer que me nubla la vista. No debería querer que me abra así… pero cada vez necesito más.

Isabel empuja unos centímetros más y se detiene. Me llena. Me estira. Me sostiene ahí, sin moverse. El roce de su bata contra la parte interna de mis muslos suena suave, casi tierno, mientras el consolador me abre sin piedad.

—Quietecita —susurra, rozando mi espalda sudorosa con la yema de un dedo—. Todo tu placer depende de mí ahora. No te muevas. No empujes. Solo siente cómo te abro.

Me quedo rígida. Cada segundo es una tortura deliciosa. Estoy perdiendo el control… y nunca me había sentido tan viva.

Después de unos latidos eternos, Isabel mueve ligeramente las caderas.

—Ahora… sí —dice, y comienza a empujar de nuevo, lento, profundo, despiadado—. Eso es. Gime para mí. Déjame oír cómo tu culo virgen aprende a recibirme.

Gimo abierta, empapada. El placer me desborda.

—No hasta que yo lo diga —susurra ella cuando nota que estoy cerca.

Acelera. Más fuerte. Más profundo. Más brutal. Me agarra las caderas, clavando los dedos en la carne.

—Ahora —ordena, voz despiadada—. Córrete. Grita. Dame todo lo que eres.

El orgasmo me atraviesa como un rayo que me quema las entrañas. Grito contra la almohada, el sonido desgarrador.

Isabel me acaricia la espalda con la palma abierta, bajando hasta las nalgas temblorosas, rozando con delicadeza el lugar que acaba de reclamar.

Luego, sin decir nada, me ayuda a incorporarme y me lleva hasta el baño.

Abre el agua caliente de la ducha y me mete con ella.

El vapor nos envuelve. Me sostiene contra su pecho bajo el chorro, sus brazos rodeándome como si quisiera que el agua se llevara todo menos lo que ella ha dejado dentro de mí.

Me lava con movimientos lentos, casi reverentes, pasando la esponja por mi espalda, por mis nalgas, por cada temblor que aún me recorre.