Parte 4 – Viernes No importa lo que pongan en mi boca
Camina en cuatro.
Ábrete en el suelo.
Lame lo que ponga en tu boca.
Dejo caer la mochila. Me quito los zapatos de un puntapié. Desnudarme ya no es duda. Es ritual. Es respeto. Es entrega total. Me quito todo. Quedo desnuda, solo con los tacones negros de aguja que ya se sienten como parte de mí.
Bajo lentamente al suelo. Manos y rodillas sobre la alfombra. El frío me sube por las palmas y las rótulas. Mi cuerpo arde.
Empiezo a avanzar. Cada paso hace que mis pechos se balanceen y que un calor traicionero me recorra entera. Esto es humillante… y sin embargo me excita más que cualquier caricia. El culo en alto, expuesto. Siento cómo me abro con cada movimiento.
—No debería querer esto… —susurro mientras avanzo por el pasillo, voz quebrada.
Cada metro me empapa más. La sensación de moverme a cuatro patas, ofrecida, sin vergüenza… es humillante. Es gloriosa. Es adictiva.
Me detengo frente al espejo del salón. Me miro. Una chica preciosa, desnuda, con la mirada sumisa y el cuerpo gritando por ser usado.
—No te detengas.
La voz corta el aire como un latigazo suave. Siento un espasmo en el vientre.
Isabel está en la puerta del salón. Brazos cruzados. Bata abierta hasta la cintura. Me mira con calma absoluta, disfrutando de la escena.
Su mirada valida cada gota de mi humillación. No hay asco. Solo una satisfacción tranquila, elegante.
—Así que ya sabes gatear como una buena chica obediente.
—Siempre obedezco… —susurro, sin atreverme a levantar la vista del todo, la voz temblorosa de deseo.
—Entonces quédate justo ahí. Y ábrete.
Me detengo en el centro del salón. Rodillas separándose al máximo.
—Más.
Arqueo la espalda. Siento cómo me abro por completo para ella.
—Mírate —dice Isabel, caminando despacio alrededor de mí—. Tan abierta… tan entregada.
—Estoy… así como tú quieres… —jadeo, la voz rota.
—Tócate. No para correrte. Solo para enseñarme cuánto necesitas que te destroce yo.
Llevo una mano atrás. Separo los labios con dos dedos.
—Más despacio —ordena Isabel—. Que te vea bien. Que vea cómo te abres tú misma.
Los dedos se deslizan. Cada segundo que me expongo así me da más placer… y me quita un poco más de control. Y no quiero que pare.
—¿Sabes qué me vuelve loca de ti? —pregunta Isabel, voz baja y peligrosa—. Que no finges. Que eres sumisa hasta los huesos sin que yo tenga que obligarte. Y eso… me moja.
Jadeo fuerte. Cuerpo abierto. Dedos embarrados de mi propia humedad.
—¿Quieres la tercera regla? —pregunta Isabel, deteniéndose justo frente a mi cara.
—Sí… —susurro—. Dímela…
—No. Pídemela. Como sabes hacerlo.
Levanto apenas el rostro. Boca húmeda. Ojos brillantes de lágrimas de deseo.
—Quiero tu última orden… Quiero que me uses… Que me llenes la boca… Por favor, Isabel… métemelo todo… hazme tragar tu placer…
Isabel sonríe. Se arrodilla frente a mí. Sin dudas.
—Abre la boca.
Lo hago. Lentamente. Como si ya supiera exactamente lo que viene.
Isabel mete primero los dedos. Lentamente. Hasta el fondo.
—Chúpalos. Como si fuera tu único deber. Como si tu vida dependiera de saborearme.
Los envuelvo con los labios. Lamo. Succiono. Sabor a ella… y a mí. Placer y rendición mezclados en la misma lengua. La saliva se mezcla y se me escurre por la comisura de la boca.
—Eso es… —murmura Isabel—. Así se usa una boca obediente.
Gimo con los dedos dentro. Los ojos lo dicen todo: devoción absoluta.
Isabel los saca con un pop húmedo. Se los pasa por los labios. Y luego, con voz ronca:
—Ahora… abre más. Te voy a llenar de verdad.
Me pongo de rodillas recta. Boca abierta al máximo.
Isabel baja la mano entre sus propias piernas. Se moja los dedos despacio. Y luego, uno a uno, se los mete en mi boca.
—Traga mi humedad. Demuéstrame que estás hecha para esto.
Lo hago. Lengua abierta. Garganta relajada. Succiono con devoción. Cada gota que trago me hace sentir más suya… y menos mía. Y el placer de esa pérdida me aterra y me excita al mismo tiempo.
—Tócate mientras lo haces —ordena Isabel—. No pares.
Obedezco. Una mano en la boca, chupando, lamiendo. La otra entre mis piernas, frotando con furia. El placer sube rápido. Demasiado rápido.
—Isabel… —gimo, sin dejar de succionar, con la boca llena.
Isabel me agarra de la nuca. Me mete los dedos más profundo. Me sostiene ahí.
—Córrete. Córrete con la boca llena de mí.
Grito contra sus dedos, el sonido amortiguado y animal.
Isabel me deja vaciarme. Temblando. Recibiendo. Usada.
Me derrumbo hacia adelante, cara entre sus muslos. Su olor me golpea primero: piel caliente, excitación densa. El silencio pesa más que cualquier orden.
—Quietecita.
Obedezco sin moverme.
Isabel inclina apenas la cabeza.
—Mírame.
Cuando levanto la vista, ya ha decidido.
—Ahora, abre otra vez —ordena en voz baja, casi un ronroneo—. Aún no hemos terminado. Quiero que tu garganta se abra en mi sexo.
La mandíbula se estira al límite. La lengua sale plana, temblorosa, ofreciéndose.
Isabel agarra mi pelo de la nuca y se inclina ligeramente. El primer contacto es lento: su clítoris hinchado roza la punta de mi lengua. Gimo al instante. Lamo despacio, recogiendo su humedad. Su sabor me inunda… y con él viene la sensación de que ya no controlo nada.
—Así… —susurra Isabel—. Lame cada gota como si fuera el único aire que te permito respirar.
Lamo con devoción. Lengua plana, recorriendo sus labios, rodeando su clítoris en círculos lentos. Isabel suelta un gemido bajo. Eso me enciende más. Acelero. Succiono. Cada lamida me da más placer… y me quita un poco más de mí misma.
—Métela dentro —ordena—. Quiero sentir tu lengua follándome.
La introduzco lo más profundo que puedo. Isabel acelera el ritmo de sus caderas. Estoy perdida… y nunca he querido estar más perdida.
—Chupa mi clítoris… fuerte… —ordena Isabel, voz quebrada—. Hazme correrme en tu boca.
Atrapo su clítoris entre los labios y succiono con fuerza. Isabel se tensa. Su orgasmo la golpea. Las caderas empujan contra mi cara.
Sus chorros calientes salpican mi boca. Trago. Lamo. Succiono cada gota como si fuera lo único que importa.
Isabel se estremece varias veces más. Cuando por fin me suelta, quedo con la cara empapada, los labios hinchados, la lengua aún afuera.
Isabel se agacha, me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos y recoge un hilo de su propio jugo para metérmelo de nuevo en la boca.
—Buena chica… —susurra, voz satisfecha—. Te has ganado que mañana te destroce como ni te imaginas.