Mi Casera Dominante (Dominadas por ella 1) Parte 3 – Jueves Suplicando por su lengua
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Parte 3 – Jueves Suplicando por su lengua

Entro y el aire de la casa me golpea como una promesa que ya no puedo ignorar. Llevo la ropa del día pegada al cuerpo, pero sé que no durará.

Mis ojos van directos al frigorífico. Y lo que más me asusta… es lo mucho que lo deseo.

Lame para calentar.

Mastúrbate de rodillas.

Suplica por mi lengua.

El calor me sube por el cuello. Ya estoy caminando hacia el salón. ¿Hasta dónde me hará llegar hoy?

Sobre el sofá, apoyada entre los cojines como una ofrenda, hay una cuchara sopera de plata antigua.

Isabel no está a la vista, pero su presencia está en cada detalle: la plata reluciente, la miel perfectamente vertida, la forma en que la cuchara descansa como si supiera que yo vendría a arrodillarme ante ella.

Tomo la cuchara con dedos temblorosos. La acerco a mis labios. La primera lamida es lenta, casi tímida. Solo la punta de la lengua. Dulce. Pegajosa. Tibia. Cierro los ojos.

El sabor me recuerda a algo que no puedo nombrar.

A infancia. A prohibición. A todo lo que nunca me permití desear abiertamente.

La segunda es más valiente. Lengua plana, desde la base hasta la punta, recogiendo la miel en un movimiento largo y deliberado.

El sabor me llena la boca y me hace temblar.

Vuelvo a lamer.

Más profundo. Más lento. Los labios se abren alrededor del metal.

La lengua sube y baja, succionando cada gota.

La miel me chorrea por la barbilla, por el cuello, entre los pechos.

La miel se acumula en el hueco de mi esternón.

Deja rastros brillantes y pegajosos que bajan lentamente hasta mi vientre y no desaparecen.

Se queda ahí, adherida a mi piel, brillante y espesa.

Dejo la cuchara apoyada en mi pecho. Mis dedos arrastran la miel desde el vientre, extendiéndola, mezclándola con mi propia humedad cuando bajo la mano. El roce se vuelve más lento, más intenso, más íntimo porque la miel hace todo más resbaladizo y pegajoso.

Quedo desnuda. La miel brillando en mi piel, pegada a mis pechos, mi vientre, mis muslos.

Me pongo de rodillas en el centro del salón. Justo donde sé que ella querría verme. Piernas abiertas al máximo. Espalda recta. Pechos hacia adelante. Manos sobre los muslos. Me miro en el espejo grande y el rubor me quema las mejillas.

Bajo una mano al pecho. Lo aprieto. Pellizco el pezón hasta que un gemido seco me sale de la garganta. La otra mano baja entre mis piernas. Los dedos, cubiertos de miel, resbalan por la humedad mezclada. La primera caricia me hace arquear la espalda.

—No… todavía no… —susurro, temblando—. Aún falta la tercera regla…

Pero ya no lucho. Por primera vez en mi vida, dejo de luchar. Y duele menos de lo que pensaba. Duele casi bien.

Empiezo a tocarme despacio, mirándome en el espejo. La miel hace que todo sea más sucio, más pegajoso. Cada círculo sobre mi clítoris arrastra hilos brillantes.

La puerta se abre sin ruido.

No la veo entrar. Pero siento su presencia como un cambio en el aire, más denso, más caliente, más cargado de ella. Su olor me llega primero —cálido, ligeramente dulce, con un toque de vainilla y algo oscuro, adictivo— y me hace temblar más fuerte.

—Ya puedes dejar de tocarte —dice Isabel desde atrás, voz baja, calma, imposible de desobedecer.

Saco los dedos con un gemido roto. Los dejo colgando, brillantes de miel y de mí. No me giro. Espero.

Isabel camina despacio alrededor de mí. Me mira desde arriba.

Miel pegada en mi piel, sexo abierto y reluciente, cara desencajada de deseo.

Su mirada se detiene en cada hilo dorado que brilla sobre mis pechos y mi vientre, y en ese momento siento que valida cada gota de mi humillación.

No hay asco. Solo una satisfacción tranquila, elegante.

—Mírate… —susurra—. Toda pegajosa de miel y de ti misma. Suplicando con cada poro.

Se detiene frente a mí. El silencio se estira.

—Dime qué necesitas.

Levanto la mirada. Ojos vidriosos. Lágrimas de anticipación.

—Tu lengua… —susurro.

—Más alto.

—Quiero tu lengua en mí… —digo, voz quebrada—. Por favor, Isabel… lámeme… rómpeme con tu boca… Chúpame hasta que no pueda pensar.

Isabel sonríe. Lentamente. Peligrosamente.

Me empuja con suavidad hacia atrás hasta tumbarme en la alfombra.

Me abre las piernas de par en par. Se arrodilla entre ellas.

Su aliento caliente roza mi sexo hinchado y yo me estremezco entera.

No me toca. Solo respira. El calor de su boca está tan cerca que casi puedo sentirla, pero no llega.

Mis caderas se levantan solas, buscando. Ella se aparta un centímetro.

—Aguanta —murmura contra mi piel, lamiendo despacio uno de los rastros de miel que aún brillan en mi muslo interno—. Quiero oírte suplicar un poco más.

—Por favor… —jadeo, caderas levantándose otra vez—. No puedo más… Te necesito… Por favor…

El silencio vuelve. Su mirada me quema. Siento cada segundo como una eternidad. Mi cuerpo tiembla. Sé que voy a caer. Y lo deseo con cada fibra.

—Por favor, Isabel… —suplico, voz rota—. Lámeme… No me hagas esperar más…

Entonces se lanza. Lengua plana, larga, desde abajo hasta mi clítoris en un movimiento lento y hambriento, recogiendo miel y mi propia humedad al mismo tiempo.

Grito. La espalda se me arquea. Sus manos me sujetan los muslos, manteniéndome abierta para ella.

Lame sin prisa, pero sin piedad. Círculos firmes.

Succión suave. Dos dedos que entran despacio, curvados, buscando ese punto que me hace ver estrellas.

—Aguanta —susurra contra mí—. Todavía no.

Intento cerrar las piernas. Intento apartarme un segundo porque el placer es demasiado intenso, demasiado pronto. Pero sus manos me sujetan con firmeza y su voz, ronca y baja, me detiene:

—No te muevas. Eres mía. Déjame saborearte.

Y entonces acelera. Lengua implacable. Dedos profundos. El sonido de su boca llenándolo todo. Gimo, sollozo, suplico sin control. Estoy tan cerca… tan cerca que duele. Una parte de mí todavía se pregunta hasta dónde me llevará esto… pero la otra parte ya se está derritiendo por completo.

—Ahora —ordena contra mi clítoris—. Córrete para mí.

El orgasmo me atraviesa.

Isabel sigue lamiendo más suave, más profundo, sacándome un segundo orgasmo que me hace chillar y llorar de placer puro.

Ese segundo orgasmo no es solo placer. Es el último rincón de mí que se rinde, y Isabel lo sabe, y por eso no se aparta.

Cuando por fin me suelta, quedo tirada en la alfombra, temblando, rota, completamente suya.

Isabel se tumba a mi lado y me atrae contra su pecho con posesión tranquila.

Arrastrarme. La palabra me recorre la espalda como un escalofrío que no sé si es terror o anticipación. Probablemente los dos.