Mi Casera Dominante (Dominadas por ella 1) Parte 2 – Miércoles Solo para sus ojos
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Parte 2 – Miércoles Solo para sus ojos

Empujo la puerta con el hombro. Mis ojos van directos al frigorífico como si la nota me estuviera llamando por mi nombre, tirando de algo dentro de mí que todavía no entiendo del todo.

Ayer me corrí solo con su mirada. Solo con su voz.

Sé que no voy a huir. La adrenalina me recorre entera. Sé que voy a obedecer.

Despego el papel con dedos que tiemblan. Lo abro.

1. Ponte lencería provocativa y nada más.

2. Camina en tacones para mí.

3. Acaba en mis manos.

Sé que esto es una locura.

Con un nudo en el estómago voy hasta el cajón que nunca abro delante de nadie.

Saco el conjunto negro. Encaje tan fino que parece humo.

El que compré en un impulso hace meses pensando “algún día…”.

El que nunca me atreví a usar porque era demasiado.

Porque enseñaba demasiado. Porque era exactamente para alguien que me mirara como si quisiera devorarme viva.

Me desnudo con prisa rabiosa y al mismo tiempo con una lentitud que me tortura.

Me pongo las bragas negras. El encaje casi inexistente deja ver todo. Luego el sujetador. Copas diminutas. Los pezones los atraviesan, duros, temblando. Saco los tacones de aguja de doce centímetros. Los que nunca me ponía porque “no eran prácticos”. Hoy nada es práctico. Hoy todo es entrega.

Me los calzo. El clic-clac al caminar me retumba directo en el centro del cuerpo con cada paso. Cada paso es una caricia cruel. La presión del encaje contra mi sexo hinchado. El roce de los muslos. La vibración que sube y me hace sentir más humedad resbalando por la cara interna de la pierna.

Llego al salón. Me detengo frente al espejo grande. Me veo. Y me odio por lo hermosa y vulnerable que me siento: lencería que no oculta nada, pechos bamboleando bajo el encaje, bragas ya transparentes por la humedad, piernas interminables sobre tacones que gritan rendición.

Bajo la mano. Rozo el borde de las bragas. Apenas presiono y un gemido se me escapa.

—No… todavía no… —susurro.

—Estás perfecta.

La voz de Isabel me golpea suave, casi cariñosa. Giro la cabeza tan rápido que casi me mareo.

Está allí, en el rincón más oscuro. Piernas cruzadas. Bata abierta hasta la cintura. Una mano descansando perezosamente sobre su muslo. La otra sosteniendo una copa de vino que no ha tocado. Llevaba horas mirándome. Lo sé al instante.

—Ese conjunto… —dice, levantándose despacio, con una sonrisa lenta que promete todo y nada—. Me alegra tanto que lo hayas guardado solo para mí.

Trago saliva y me pongo más recta. Pecho fuera, caderas ligeramente adelantadas.

—Lo compré… pero nunca…

—¿Nunca qué? —corta ella, acercándose un paso, sin tocarme todavía—. ¿Nunca te atreviste? ¿O nunca encontraste a alguien que mereciera verte así?

—La… las dos cosas —respondo.

—Y aun así… —se detiene a un palmo de mí, tan cerca que siento su calor pero sin rozarme— aquí estás. Con las bragas empapadas y los pezones duros. Esperando que te apruebe.

Hace una pausa larga. El silencio pesa. Sus ojos recorren mi cuerpo como si estuviera decidiendo qué parte romper primero.

—¿Recuerdas la segunda regla?

—Sí… —respiro hondo—. Camina para mí.

—Entonces camina. Muéstrame lo que ahora me pertenece.

Doy el primer paso. Tacones resonando. Caderas balanceándose lento. Cada movimiento hace que el encaje roce mi clítoris hinchado, que más humedad resbale por los muslos.

—Más lento —ordena Isabel, voz suave pero imposible de desobedecer—. Quiero que sientas cada centímetro de tela contra tu sexo. Cada vibración. Cada gota que te cae.

Obedezco. Desfilo como si el salón fuera una pasarela privada. Como si cada paso fuera una confesión obscena. Mi mente grita que pare, pero mi cuerpo ya se mueve para ella.

—Gira. Más despacio… Muéstrame la espalda. Arquea la columna. Quiero ver cómo se marca ese culo perfecto bajo esas bragas indecentes.

Arqueo. El encaje se mete entre mis nalgas. La humedad brilla en la luz tenue.

Isabel suelta una risa baja, ronca.

—Estás muy empapada, pequeña.

Siento el rubor subirme por el pecho.

—Dilo —ordena, todavía sin tocarme—. Quiero oírlo.

—Estoy… empapada… para ti.

—¿Y te gusta?

—Sí… joder, sí…

—Pásate la mano entre las piernas. Solo un segundo. Suave.

Lo hago. Los dedos se hunden en la tela empapada. Rozan el clítoris. La espalda se me arquea sola.

—Mírate… —susurra Isabel—. ¿Eso es obediencia… o desesperación pura?

—No… no lo sé… —jadeo.

—Yo sí. Es entrega absoluta. Y aún no hemos llegado a la tercera.

Me tiemblan las piernas.

—Ven aquí.

Isabel se sienta en el sillón. Abre las piernas sin pudor.

—Siéntate sobre mí. Boca arriba. Piernas abiertas. Quiero sentirte encima de mí… y verte en el espejo.

Me coloco. Espalda contra su pecho. Piernas abiertas a ambos lados. Mi sexo completamente expuesto, palpitando, goteando directamente sobre sus muslos.

Isabel me rodea la cintura con un brazo firme. La otra mano baja despacio.

—El tercer mandato —susurra al oído, voz ronca y cargada—. Acaba en mis manos.

Sus dedos apartan el encaje con una lentitud deliberada. Me penetra con dos, profundos, curvados. No es brusco. Es controlado.

Pulgar en el clítoris. Círculos lentos al principio, después más firmes.

—Mírate en el espejo —ordena contra mi cuello—. Mira cómo te deshaces en mi mano.

Obedezco. Veo mi reflejo: piernas abiertas, bragas apartadas, sus dedos dentro de mí, pechos visibles bajo el encaje, boca abierta en un gemido continuo.

—Gime para mí. Más fuerte.

Gimo. Sin control. Sin vergüenza.

Sus dedos aceleran. Tres ahora. Estirando. Machacando ese punto exacto.

—Aguanta —susurra—. Mírame.

Levanto la vista hacia sus ojos en el espejo. No hay piedad. Solo deseo. Solo posesión.

—Ahora —murmura—. Córrete. Dámelo todo.

Mi cuerpo se convulsiona.

Isabel me abraza con más fuerza, pero sus brazos son suaves, protectores, como si quisiera guardarme del mundo entero.

Me acaricia el pelo con una lentitud infinita, sus dedos deslizándose por mi nuca, por mi espalda, calmando cada temblor.

Su olor me envuelve —cálido, ligeramente dulce, con un toque de vainilla.

—Shhh… mi bella —susurra contra mi sien, besándome la frente, las mejillas húmedas, secando mis lágrimas con besos suaves y lentos—. Lo hiciste tan bien. Tan perfecta. Respira conmigo. Estoy aquí. No te voy a soltar.

Me sostiene mientras mi respiración se calma, sus labios rozando mi hombro con una ternura que me deshace más que cualquier orden.

Me saca los dedos despacio, brillantes y empapados. Los lleva a mi boca.

—Limpia.

Abro la boca, exhausta. Chupo. Saboreo mi propia excitación en sus dedos, lamiendo despacio, con devoción absoluta.

Y mientras lo hago, Isabel me susurra al oído, voz peligrosa:

—Mañana… las reglas van a ser mucho más duras.

Una sonrisa temblorosa se me escapa entre las lágrimas.

Ya no soy dueña de mí misma.

Soy suya… aunque todavía no quiera admitirlo del todo

Desnuda y esperando lo que está por venir…