Mi Casera Dominante (Dominadas por ella 1)
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Parte 1 – Martes Mis primeras tres reglas
Llego a la puerta con la mochila colgando de un hombro.
Hace menos de un mes terminé una relación que me dejó hueca por dentro.
Por eso me mudé aquí. Ciudad nueva, universidad nueva, habitación barata para empezar de cero.
El anuncio de Isabel apareció casi por casualidad: «Busco compañera responsable.
Ambiente tranquilo. Reglas claras». Su mensaje era corto, directo.
Su voz al teléfono, cuando llamé, fue calmada, segura, con un matiz que no supe identificar.
Me provocó un escalofrío extraño, como si una parte de mí que llevaba años callada se hubiera despertado de golpe.
Me dije que eran solo nervios. Ahora, plantada frente a su puerta, ya no estoy tan segura.
Toco el timbre. El dedo me tiembla. Dos veces. Sin querer.
La puerta se abre al instante.
—Hola —dice Isabel con una sonrisa educada, casi normal—. Tú debes de ser Julia, ¿verdad?
—Sí… soy yo. Encantada de conocerte por fin.
—Igualmente. Pasa, por favor. ¿El viaje hasta aquí fue bien? ¿Encontraste fácil la dirección con el GPS?
Doy un paso dentro. El clic de la puerta al cerrarse suena suave, casi amistoso. El aire huele a café recién hecho y a algo más cálido, más personal.
—Más o menos —respondo, intentando sonar relajada—. El tráfico estaba fatal, pero al final llegué. La zona parece muy tranquila. Me gusta.
Isabel asiente, todavía con esa sonrisa cortés.
—Es un barrio bueno para estudiar. Poco ruido, sobre todo por las noches. ¿Empezaste ya las clases o todavía estás instalándote?
—Empiezo mañana. Primero año. Todavía estoy un poco perdida con los horarios.
Ella cierra la puerta con cuidado y me indica que la siga por el pasillo. La bata negra de satén se mueve con cada paso, pero ahora todo parece… normal. Conversación de compañeras de piso. Nada más.
—Esta será tu habitación —dice, abriendo una puerta—. Armario con llave, ventana a la calle. El baño y la cocina se comparten, obviamente. Todo limpio y ordenado. ¿Te parece bien?
Trago saliva. Mi boca está seca.
—Sí, perfecta. Gracias.
Isabel se detiene un segundo en el umbral de la cocina.
Me mira un instante más de lo necesario.
Su mirada me recorre despacio, de los ojos a los labios, bajando por el cuello hasta el pecho, como si estuviera leyendo cada secreto bajo mi ropa.
Hay algo en esa mirada… un brillo oscuro, controlado.
Como si no fuera la primera vez que alguien se rinde ante ella.
—Solo una cosa —dice, y su voz baja un tono, suave pero imposible de ignorar—. Tengo tres normas de convivencia. Innegociables. Las dejé escritas en la nevera para que las leas con calma esta noche. Si no te gustan… la puerta está abierta. Puedes irte ahora si te asusta lo que ves.
El corazón me da un pequeño vuelco, pero asiento como si fuera algo normal.
—Claro. Las leo y te digo.
—Perfecto —responde ella, y su sonrisa se vuelve un poco más afilada—. Ve a clase tranquila. Hablamos luego.
Salgo de la casa con las piernas flojas. Durante todo el día las clases pasan borrosas. Solo pienso en esa conversación que parecía inocente… y en la forma en que me miró al final. Mis bragas están húmedas. Me odio por ello. Y al mismo tiempo no quiero que pare.
Cuando vuelvo por la noche, cierro la puerta con cuidado, casi con miedo. El aire huele más denso. Voy directa a la cocina.
Ahí está. El papel blanco sujeto con un imán rojo.
Lo abro con dedos que apenas me obedecen.
Tres reglas. Letra firme. Sin adornos.
1. Desnúdate al entrar.
2. Abre las piernas para mí.
3. Mastúrbate donde te vea.
Esto es una locura. Apenas la conozco. No vine aquí para esto. Debería recoger mis cosas ahora mismo y salir corriendo. Todavía estoy a tiempo.
Y sin embargo… mis pies no se mueven hacia la puerta.
Me quedo ahí, luchando contra algo que no entiendo pero que tira de mí con más fuerza que cualquier razón.
El pulso me late entre las piernas, traicionero, caliente, insoportable.
«Solo una vez», susurra una voz dentro de mí.
«Solo para ver qué pasa. Nadie tiene por qué saberlo».
Al final, bajo la mochila. Es absurdo. Pero mis manos, traidoras, bajan la cremallera de la chaqueta.
Debería parar ahora. Pero sigo.
Cada prenda cae despacio, como si mi cuerpo estuviera negociando consigo mismo. La camiseta. Mis pechos se liberan y el aire fresco los roza, endureciendo los pezones. Me muerdo el labio con fuerza. «Para. Para ya». Pero no paro. Los vaqueros. Las bragas, pegadas y transparentes.
Desnuda. En el recibidor. Completamente expuesta.
El corazón me late tan fuerte que lo siento en el clítoris. Camino hacia el salón. Me detengo frente al espejo. Me miro. Y me sorprendo por lo que veo: ojos brillantes, mejillas rojas, piernas temblorosas, la humedad brillando en mis muslos.
Bajo la mano. Rozo mi vientre. Bajo más. Apenas toco y un gemido se me escapa. Estoy tan sensible que duele.
—No… todavía no… —susurro—. Aún falta la segunda regla…
—Abre más las piernas.
La voz de Isabel me golpea suave, casi cariñosa. Me giro de golpe.
Está en el marco de la puerta. Bata entreabierta. Su presencia llena la habitación entera. No es solo su cuerpo. Es la forma en que me mira, como si ya me poseyera, como si su voz pudiera tirar de hilos invisibles dentro de mí.
—Mírate —dice en voz baja—. Ni siquiera ha pasado un día y ya estás aquí… dudando, pero sin irte.
Quiero negarlo. Quiero correr. En cambio, separo más las piernas. Hasta que duele. Hasta que todo queda a la vista.
Isabel se acerca despacio. No me toca. Solo se agacha lo suficiente para que su aliento caliente roce mi sexo hinchado.
—¿Sabes por qué estás tan mojada, pequeña? —pregunta sin levantar la voz.
Niego con la cabeza, mordiéndome el labio.
—Porque una parte de ti ya lo sabe —susurra—. Y la otra todavía lucha. Me gusta más así.
Se sienta en el sillón frente a mí. Piernas cruzadas con elegancia. Sin prisa.
—Ven aquí. De rodillas. Justo enfrente.
Obedezco.
—Abre más. Quiero verlo todo.
Separo los muslos al máximo. Siento cómo me abro para ella. Cómo mi cuerpo se ofrece aunque mi cabeza siga resistiéndose.
—Mírate —ordena suavemente, sujetándome la barbilla y girándome hacia el espejo—. Mira lo hermosa que te pones cuando empiezas a ceder.
Me veo. Rota. Deseosa. Vulnerable. Y tan húmeda que brilla.
—Tócate —dice Isabel, voz ronca pero controlada—. Despacio. Enséñame cuánto te gusta ser mía… aunque todavía no lo admitas del todo.
Mi mano baja. Los dedos resbalan en mi propia humedad. Apenas rozo el clítoris y mi espalda se arquea.
—Más —susurra ella—. Quiero verte romperte para mí. Poco a poco.
Introduzco dos dedos. Luego tres. El sonido húmedo llena el salón. Mi respiración es un desastre.
—¿Quieres que te ayude? —pregunta, inclinándose apenas. Su aliento me quema.
—Por favor… Isabel…
—Quieta. No te toco. Quiero que te corras sola… solo porque yo te miro. Porque elegiste quedarte.
Bombeo más rápido. Mi pulgar presiona el clítoris hinchado. Mis caderas se mueven solas. Los pechos me tiemblan. Las lágrimas me escuecen en los ojos.
—Aguanta —ordena—. Mírame.
Levanto la vista. Sus ojos están clavados en los míos. No hay piedad. Solo deseo. Solo una invitación peligrosa.
—Ahora córrete. Enséñame que ya eres mía.
El orgasmo me destroza.
Isabel se inclina. Me besa la sien con ternura.
—Te has corrido solo con mi mirada… y sé que mañana vas a querer más.
Me envuelve en una manta que estaba en el respaldo del sillón. No sé cuándo la puso ahí. Quizá lo tenía todo planeado. Me arropa con movimientos lentos, casi maternales.
Sus dedos repasan mi espalda mientras mis temblores se calman. No habla. Solo está. Y en ese silencio, por primera vez en meses, no me siento sola.
Se aparta un poco. Sus ojos brillan con algo oscuro y dulce.
—Mañana… tres reglas nuevas.
Me acaricia el pelo con suavidad.
—Y te prometo… que vas a suplicar que te rompa del todo.
Cierro los ojos.
Esto no significa nada. Solo estoy probando… sigo teniendo el control.
Quizás debería irme…
Pero mañana volveré.