Mi Casera Dominante (Dominadas por ella 1) Parte 8 – Lunes Esta vez decido yo
100%

Parte 8 – Lunes Esta vez decido yo

El silencio de la casa me recibe como una invitación que ya no pienso rechazar. La mochila cae al suelo sin que la mire. Mis ojos van directos al frigorífico. Ahí está el papel, doblado con la precisión de siempre, sujeto por el imán rojo.

Esta vez no tiemblo al cogerlo.

Lo desdoblo. Las tres reglas están ahí, como siempre. No las leo. No hace falta. Las conozco de memoria. Las estrujo entre los dedos hasta convertirlo en una bola apretada.

El ruido del papel al chocar contra el fondo del cubo de basura resuena como un portazo. Como una línea que acabo de cruzar.

Me siento en el sofá. Piernas cruzadas. Camiseta fina que se pega a mis pechos, vaqueros que marcan cada curva. La humedad ya oscurece la tela entre mis piernas. No me toco. Solo espero.

Isabel llega diez minutos después. Pelo mojado de la ducha, toalla al cuello, móvil en la mano. Se detiene en seco al verme ahí, sentada como si la casa fuera mía.

—¿Julia?

Alzo la mirada. Ojos fijos, tranquilos, pero con una chispa nueva que ella nunca había visto.

—Hola.

—¿No viste las reglas?

Señalo el cubo de basura con la barbilla, sin moverme.

—Están ahí.

El silencio se vuelve tan denso que casi se puede tocar. Veo la guerra en sus ojos: la Domme que lleva dentro forcejea con la mujer que quiere entregarse. Dura un segundo eterno. Luego respira hondo.

—¿Las leíste?

—No. No me interesaban.

Isabel frunce el ceño, confundida. No enfadada. Solo… descolocada. Como si el suelo se hubiera movido bajo sus pies.

—¿Qué está pasando?

Saco del bolsillo trasero de mis vaqueros un papel doblado. Lo he llevado todo el día pegado a mi piel, escrito esta mañana antes de salir de casa. Lo extiendo con lentitud deliberada y se lo entrego.

—Esto es lo que tengo para ti. Si lo aceptas, me quedo.

Isabel lo toma. Lo abre despacio.

Lee:

Yo decido el inicio.

Dentro de mí, obedeces.

Esta vez decido yo.

Te corres por mí.

Si cumples los cuatro puntos, escribirás tres reglas para mañana.

Isabel traga saliva. Sus ojos brillan con algo nuevo: no es miedo, es deseo. Deseo de soltar el control que nunca había soltado con nadie.

Levanta la mirada. La respiración se le acelera. El silencio se alarga otro segundo más. Luego, con voz casi suplicante:

—Y si ahora… te digo que acepto la primera…

Me recuesto en el sofá sin apartar la mirada.

—Entonces tendrás que esperar. Porque yo decido cuándo empieza.

Me quito la camiseta. El sujetador. Los vaqueros. Las bragas. Quedo desnuda delante de ella. La humedad brilla entre mis piernas.

—No me mires con cara de duda —digo, acomodándome—. Voy a abrirme como quieras. Voy a gemir como siempre. Pero ahora… solo cuando yo diga.

Me rozo un pezón con la yema,

Isabel traga saliva audiblemente.

—Dime cuándo —susurra, y en su voz hay un temblor que nunca le había oído.

Bajo la mano hasta mi vientre. Lo acaricio apenas. Otra gota resbala, gruesa y caliente.

—Ahora.

Isabel se desnuda en silencio. Sin palabras. Solo los ojos fijos en mí. Se coloca el arnés. El dildo grueso, oscuro, perfecto. Lo humedece con su propia boca mientras yo la miro sin pestañear.

Cuando lo apoya contra mi entrada, no me muevo.

—Entra —ordeno—. Ahora. Sin pausa.

Isabel obedece. Me penetra de una sola embestida profunda. El cuerpo se me arquea violentamente. El gemido que sale de mí es puro fuego.

—¡Sí… joder… así…! Más hondo.

Isabel empieza a moverse. El sofá cruje. Las caderas golpean. El sonido húmedo, obsceno, llena la sala.

Pero ahora soy yo quien habla.

—Más hondo. Más rápido. No pares.

Isabel levanta una ceja.

—Ponme boca abajo —ordeno—. Hazme gritar contra el cojín.

Me gira con fuerza. Nalgas levantadas, abiertas. Vuelve a entrar. Hasta el fondo.

—¡Golpéame! ¡Fóllame con fuerza!

Isabel gruñe. Las embestidas se vuelven salvajes. Mi culo rebota contra sus caderas, la piel enrojecida.

—Ahora escúpeme en la espalda —jadeo—. Y dime que soy tu mejor alquiler.

Isabel escupe. Me muerde el hombro hasta dejar marca. Me susurra al oído con voz rota:

—Eres lo mejor que he tenido bajo mi techo. Mi inquilina perfecta. Mi obediente… y mi dueña.

Me retuerzo de placer.

—¡Otra vez! ¡Dímelo mientras me corres por dentro!

—Eres mía, Julia. Eres mi puta Reina.

Y justo ahí… me deshago.

Un espasmo me nubla la vista. El cuerpo se me arquea violentamente. Interior apretando el dildo con contracciones profundas. Mis chorros salpican sus caderas, el sofá, mis propios muslos.

Isabel sigue dentro. Pero yo no me desplomo. Me giro, sudando, jadeando. Isabel me ayuda a incorporarme, aún temblorosa, y sin decir nada me guía hasta el dormitorio. Me tumbo en la cama, sábanas revueltas, y abro las piernas otra vez.

—Ahora te toca a ti —digo con voz suave—. Quiero verte deshaciéndote. Quiero que te corras por mí.

Isabel abre la boca para responder, pero pongo un dedo en sus labios.

—Shh… Solo hazlo. Déjame verte.

Me arrodillo entre sus piernas. Beso los muslos desde adentro. Los separo más. Su vulva brilla, empapada.

Soplo sobre ella. Luego, sin aviso, la lamo de abajo arriba, lengua firme, lenta, mojada.

—Mmmh… E-Julia…

—No hables. Solo siente.

Lamo profundo. Succiono. Giro la lengua en el clítoris.

—Mírame —ordeno—. Quiero verte mirarme cuando estés por explotar.

Isabel me mira. Ojos abiertos. Boca entreabierta.

Meto dos dedos. Ritmo perfecto.

Isabel jadea. Se retuerce.

—¡Oh… Julia…!

—¿Vas a correrte por mí?

Isabel asiente, sin voz.

—Dímelo.

—¡Sí! ¡Me voy a correr por ti!

Meto un tercer dedo. Succiono el clítoris con fuerza.

Isabel se deshace. Un gemido grave y roto le sale del pecho. El cuerpo se le arquea, las piernas tiemblan, el sexo se contrae alrededor de mis dedos mientras su fachada de dueña implacable se desmorona por completo bajo mi lengua. El segundo orgasmo la atraviesa más lento, más vulnerable.

—Te queda un punto más. Si lo cumples, puedes volver a escribirme reglas.

Isabel sigue en la silla. Piernas abiertas. Sexo todavía húmedo, marcado por mi lengua.

Me deslizo al suelo como un felino. Apoyo la cabeza en su muslo. La miro desde abajo.

—Cuatro puntos —susurro—. Y los cumpliste todos.

Isabel ladea la cabeza.

—¿Y ahora?

Me pongo de pie. Me limpio la boca con el dorso de la mano. Camino hacia la cocina desnuda, dejando un rastro brillante entre los muslos.

—Voy a la ducha —digo sin volverme—. Cuando salga, quiero encontrar las tres reglas en el refrigerador.

—¿Alguna pista?

Me detengo. Levanto los brazos. Estiro la espalda.

—Hazme gritar como nunca... o mañana no me arrodillo. Y te quedas sin tu juguete favorito.

Y sigo caminando.

Isabel se queda sola en la sala. Me mira desaparecer por el pasillo, nalgas redondas marcadas por la luz. Sonríe.

—Mañana, pequeña… vas a pedir piedad.

Se levanta. Va por papel y bolígrafo. Empieza a escribir. Desnuda. Goteando. Con el cuerpo aún temblando.

Y yo, bajo el agua caliente, sonrío. Sé que mañana ella escribirá las reglas. Pero también sé que esta noche le he mostrado quién soy cuando dejo de ser su muñeca. El juego no ha terminado. Solo ha cambiado de manos, al menos por una vez.