28. LA JAULA DE CRISTAL
LA JAULA DE CRISTAL
El departamento del distrito del puerto olía a pintura fresca, humedad marina y aislamiento.
Ubicado en el último piso de un edificio discreto de arquitectura gris, el lugar parecía diseñado para desaparecer del mapa: cortinas tupidas que impedían el paso de la luz, muebles mínimos de corte moderno y un balcón alto desde el que solo se alcanzaba a ver la bruma del Pacífico y el rumor lejano de las grúas de carga.
Durante los primeros tres días, Lisandro vivió sumido en una especie de euforia febril.
Para él, haber sacado a la mujer del hospital antes de que la policía hiciera más preguntas era el acto definitivo de salvación.
Atendía a Dafne con una abnegación casi devota: le cambiaba las gasas de la garganta, le preparaba caldos calientes que colocaba con delicadeza sobre la mesa de noche, y le sostenía las manos durante horas mientras le prometía que las transferencias de las cuentas secundarias estaban casi listas para abordar el primer vuelo a Europa.
Dafne jugaba su papel con una maestría helada.
Cuando Lisandro estaba cerca, ella sonreía despacio tras sus vendas, inclinaba la cabeza con docilidad y dejaba escapar pequeños murmullos de alivio que él interpretaba como el renacer de su amante.
Se dejaba abrazar, permitía que él le acariciara el cabello e incluso le devolvía pequeñas presiones de mano que hacían que Lisandro suspirara de felicidad, convencido de que estaba protegiendo a Ivanna.
Pero en el instante en que Lisandro salía del departamento para coordinar los trámites bancarios o comprar suministros, la máscara se desmoronaba.
Dafne corría al baño, abría el grifo a toda presión para amortiguar el sonido y se lavaba las manos, las mejillas y la boca con un jabón antiséptico hasta dejarse la piel en carne viva. Sentía un asco físico, una náusea profunda y visceral cada vez que la piel de Lisandro rozaba la suya.
Se miraba al espejo del baño —el mismo cristal donde veía el rostro que alguna vez le perteneció a su enemiga— y se preguntaba con una amargura negra cómo había sido capaz de amar a un hombre tan patético.
Lisandro no era un villano brillante; era una alimaña mediocre, un parásito motivado por la cobardía, la lujuria y una codicia torpe.
La sola idea de haber planeado un futuro con él, de haber pensado en casarse y compartir su vida con un ser tan vil, le provocaba un desprecio que rayaba en el desquiciamiento.
«¿Cómo pude ser tan ciega?», se decía a sí misma, apoyando la frente contra el azulejo helado mientras el agua corría. «Le entregué mi confianza, mi casa, el respeto de mi padre… y él solo veía en mí un cheque en blanco y un obstáculo insoportable».
Las ganas de acabar con él la invadían a cada segundo con más fuerza.
No era una simple idea de venganza; era una necesidad biológica.
Cuando lo veía dormir a su lado en el sofá de la sala, respirando con la tranquilidad de quien se cree impune, a Dafne le picaban las palmas de las manos.
En la cocina del departamento había un juego de cuchillos de cerámica alemana, delgados y afilados.
Más de una noche, mientras la lluvia chocaba contra el ventanal del balcón, Dafne se quedaba de pie en el umbral del dormitorio, mirando la silueta de Lisandro en la penumbra, calculando cuántos segundos le tomaría clavarle el acero en la yugular antes de que pudiera emitir un solo gemido.
Pero se obligaba a frenar. Matarlo ahí mismo, de forma salvaje, sería un desperdicio.
Lisandro no merecía una muerte rápida ni la paz de la tumba.
Merecía ver cómo toda la ilusión que había construido se deshacía en sus manos, merecía saber exactamente quién le estaba quitando la vida antes de dar su último aliento.
Al cuarto día, la voz de Dafne —que había estado cultivando en secreto durante sus horas de soledad— alcanzó la fuerza suficiente para articular frases cortas en un susurro raspado, bajo y seductor.
Esa tarde, Lisandro entró al departamento cargando una botella de vino costoso y una carpeta de cuero negro. Lucía radiante, con la corbata desajustada y una sonrisa triunfante.
—Ya está hecho, mi amor —dijo él, arrojando la carpeta sobre la mesa de la sala y corriendo a arrodillarse frente a la silla donde Dafne estaba sentada—.
La última firma de la cuenta de contingencia de la constructora fue procesada.
El dinero ya está en la cuenta puente de Panamá.
En cuarenta y ocho horas tenemos los pasajes.
Dafne reclinó la cabeza hacia atrás. Levantó una mano temblorosa y le acarició la mejilla a Lisandro, fingiendo una devoción que le quemaba la garganta.
—Gracias… —susurró Dafne con esa voz rasposa, dejando que las sílabas salieran despacio.
Lisandro abrió los ojos de par en par, desbordado de emoción al escucharla articular palabras fluidas por primera vez desde el accidente.
—¡Dios mío, tu voz…! —exclamó él, besándole la palma de la mano con frenesí—.
Estás recuperándote tan rápido… Ivanna, te juro que al llegar a España te buscaré al mejor cirujano plástico del continente.
Te voy a devolver la belleza que ese maldito fuego te quitó. Vas a volver a ser hermosa, mi vida.
Dafne sostuvo su mirada. Detrás de sus ojos oscuros, una chispa de rabia asesina brilló por un milisegundo antes de ser sofocada por la farsa.
«Crees que me estás prometiendo un futuro, idiota», pensó Dafne, sintiendo cómo el desprecio le agriaba la boca mientras Lisandro le besaba los nudillos uno a uno. «No sabes que cada segundo que paso a tu lado me causa náuseas».
—¿Y la… otra? —preguntó Dafne en un hilo de voz raspada, inclinándose un centímetro hacia él—. ¿Qué pasó con… el penthouse?
Lisandro soltó una risa corta, llena de una satisfacción arrogante.
—Esa estúpida debe estar en el infierno —respondió Lisandro, acomodándose en el suelo con la cabeza apoyada en el regazo de Dafne—. Sus secretarias dicen que no ha aparecido por la oficina en tres días. Seguro está encerrada llorando su orgullo herido o emborrachándose. Me importa un demonio.
Dafne le acarició el cabello con una lentitud mecánica, sintiendo cómo los dedos le picaban por apretarle el cuello hasta quebrárselo.
La trampa estaba casi cerrada. Lisandro había movido los fondos, había roto sus vínculos con la firma y creía tener el control absoluto de la huida.
Solo faltaba el tiro de gracia: el momento en que el cazador descubriera que había estado durmiendo con el presa, y que el veneno ya estaba corriendo por sus venas.