27. LA SOMBRA DEL ANFITEATRO
LA SOMbrA DEL ANFITEATRO
La tormenta comenzó a ceder justo cuando las primeras luces del alba tiñeron el cielo de un azul sucio y cenizo. El aguacero se redujo a una garúa constante que repicaba suavemente contra los cristales manchados del Pabellón B.
A las seis y diez de la mañana, la enfermera de turno impulsó el carrito de curaciones por el pasillo. Al llegar a la última habitación de aislamiento, notó la puerta entreabierta.
—Señorita, le toca su dosis de—
El carrito de metal rodó dos metros solo hasta chocar contra la pared. El chasquido de la bandeja de aluminio al caer al suelo rompió la calma del pabellón.
El grito de la enfermera perforó el aire, agudo y desarticulado, haciendo retumbar las paredes de yeso del hospital.
En cuestión de minutos, el pequeño cuarto de aislamiento se convirtió en un pandemónium. Doctores de guardia, internos somnolientos y dos policías de la entrada irrumpieron en el espacio. El olor a hierro y sangre fresca era tan denso que mareaba.
En el centro del linóleo, sumida en un charco rojo y espeso, yacía la figura.
La escena era de un horror casi inenarrable: la mujer tenía la espalda doblada en una posición antinatural por la lesión medular y emitía sonidos ahogados, incapaz de mover las piernas o articular una sola palabra.
Pero lo que hizo que el médico residente diera dos pasos hacia atrás con la mano en la boca fue su rostro.
No había facciones. No había pómulos, ni labios, ni nariz reconocible.
Solo una marea de incisiones cruzadas, colgajos de carne quirúrgica desprendida y tejido en carne viva.
La criatura abría y cerraba los ojos bañado en sangre, mirando al techo con un pánico mudo, incapaz de identificarse, convertida en un monstruo sin nombre ni pasado.
—¡Llamen a trauma de inmediato! ¡Tráiganme gasas y un tubo endotraqueal, se está ahogando con su propia sangre! —gritó el médico, arrodillándose a su lado con las manos temblorosas—. ¡¿Quién es esta mujer?! ¡¿Dónde están sus documentos?!
En el rincón más oscuro de la habitación, acurrucada en el suelo junto a la pata de la cama de hierro, estaba Dafne.
Llevaba la manta raída de la beneficencia ajustada hasta la barbilla.
Mantenía las piernas pegadas al pecho y temblaba con una violencia calculada, dejando escapar sollozos ahogados, rasposos e ininteligibles a través de su traqueotomía.
Aunque desde hacía varias horas ya había comenzado a recuperar un hilo de voz baja y raspada —el mismo con el que le había dictado la sentencia a Ivanna en la oscuridad—, ahora fingía una invalidez vocal absoluta.
Tenía las manos —limpias de cualquier rastro de sangre— tapándole los ojos, simulando el colapso nervioso de una paciente indefensa y muda que acababa de presenciar una carnicería.
El policía de la entrada se acercó a ella, agachándose con cierta torpeza para no tocar la sangre del piso.
—Tranquila, señorita… tranquila —dijo el agente, tratando de apartarle las manos del rostro—. ¿Qué pasó aquí? ¿Usted vio quién le hizo esto?
Dafne negó con la cabeza en un frenesí de pánico fingido, apretando los párpados con fuerza, emitiendo gemidos entrecortados y señalando la puerta con el dedo tembloroso, simulando que la locura del ataque la había sobrepasado por completo.
—No va a responderte, agente —intervino la enfermera, con el rostro pálido como la cera—. La paciente no puede hablar por la lesión en la laringe. Estaba dormida… esa criatura debió entrar en la madrugada a atacar o a esconderse. ¡Esto es una locura!
A las siete y media de la mañana, los pasillos del hospital eran una vorágine de policías, camilleros y personal administrativo tratando de contener el escándalo antes de que la prensa de sucesos llegara a la puerta.
Fue a esa hora cuando la silueta alta y elegante de Lisandro apareció en la rampa de acceso del segundo piso.
Vestía un abrigo impecable de lana gris, llevaba anteojos oscuros para ocultar las ojeras de una noche en blanco y caminaba con un maletín de cuero en la mano derecha.
Dentro del maletín llevaba cincuenta mil dólares en efectivo, pasaportes falsos y los documentos de alquiler del departamento secreto en el puerto.
Había pasado la noche imaginando este momento. Se sentía un héroe de novela negra: había abandonado a la aburrida e irritable Dafne y ahora venía a rescatar a su amada Ivanna de la miseria para empezar una vida juntos lejos del país.
Sin embargo, al dar la vuelta hacia el Pabellón B, Lisandro se topó de frente con la cinta amarilla de la policía y dos patrulleros bloqueando el corredor.
El corazón le dio un vuelco violento en el pecho.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Lisandro a un interno que pasaba a toda prisa con una bandeja de anestésicos.
—Un ataque en la sala de aislamiento, señor. Una mujer no identificada… la encontraron apuñalada en la espalda y con la cara destruida. Está en quirófano, pero dicen que no va a sobrevivir, o que si vive no volverá a caminar ni a hablar jamás.
Lisandro sintió que las piernas se le volvían de gelatina. Un sudor frío le cubrió la nuca.
«Ivanna…», fue el primer pensamiento catastrófico que le cruzó la mente. «Dafne descubrió a dónde vine ayer… mandó a alguien a matarla».
Empujó al interno y avanzó a pasos agigantados por el pasillo, ignorando las advertencias del guardia. Se detuvo en seco frente a la puerta del cuarto de aislamiento.
La escena que vio lo dejó helado: dos limpiadores estaban trapeando una mancha enorme de sangre del piso. Y a un costado, sentada en una silla de ruedas con una frazada azul sobre los hombros, estaba la mujer de las cicatrices en el cuello. La mujer que él creía que era su Ivanna.
Dafne estaba allí, pálida, con la mirada fija en el vacío, fingiendo un shock postraumático absoluto.
Lisandro soltó el maletín de cuero, que cayó al suelo con un golpe seco, y corrió hacia ella. Se cayó de rodillas a su lado, tomándole las manos con una desesperación febril.
—Ivanna… ¡Dios mío, Ivanna! —susurró él, con la voz quebrada y los ojos al borde de las lágrimas, besándole los nudillos sin cesar—. Pensé que te había perdido… vi la sangre afuera y pensé que esa infeliz te había hecho algo. Tienes que estar tranquila, mi amor. Ya estoy aquí.
Dafne lo miró desde arriba. Detrás de sus ojos apagados y su llanto silencioso, no había miedo. Solo la satisfacción glacial de ver a su verdugo cayendo redondito en el engranaje de su propia trampa.
Lisandro se levantó rápidamente y encaró al médico de guardia con la arrogancia corporativa que lo caracterizaba.
—Soy su tutor —mintió Lisandro, sacando un cheque firmado en blanco de su billetera—. Pagaré el alta voluntaria de la paciente de inmediato. Nos la llevamos ahora mismo.
—Señor, hay una investigación policial en curso, la paciente presenció un intento de homicidio—
—¡Me importa un demonio la investigación!
—sentenció Lisandro en un tono imperioso, firmando el cheque sobre la pared—.
La seguridad de este hospital es una basura.
Miren lo que pasó en esa habitación. Me la llevo a una clínica privada o a mi propiedad con resguardo médico personal.
No voy a dejar que se muera en este muladar.
Cinco minutos después, mientras los médicos corrían hacia el quirófano para intentar salvar la masa de carne sin cara que yacía en la mesa de operaciones, Lisandro empujaba la silla de ruedas de Dafne por la salida posterior del hospital.
La subió al asiento del copiloto de su auto, le abrochó el cinturón con una delicadeza casi enfermiza y le besó la frente.
—Se acabó el infierno, mi amor —le dijo Lisandro al oído, encendiendo el motor y acelerando hacia la avenida bajo la lluvia—.
Ya le dije a Dafne que me voy de su vida.
El departamento del puerto nos espera. A partir de hoy, Dafne Elizalde está muerta para siempre… y tú y yo vamos a empezar de nuevo.
Dafne reclinó la cabeza contra la ventana del auto. Al ver el reflejo del rostro de Lisandro en el cristal —un hombre ciego de amor por un fantasma, llevándose a su propia víctima a su escondite privado—, una sonrisa diminuta, helada e imperceptible se dibujó en sus labios.
Lisandro creía que estaba rescatando a su amante para escapar con la fortuna. No sabía que acababa de subir al auto al demonio que destruyó a Ivanna, y que lo llevaba de la mano hacia su propio matadero.