26. EL ROSTRO DE LA NADA
EL ROSTRO DE LA NADA
El viento de la madrugada arrastraba la lluvia en ráfagas violentas contra las ventanas del pabellón B del Hospital General, haciendo crujir las viejas estructuras de madera y metal. El olor a antiséptico, humedad y metal oxidado impregnaba cada rincón del pasillo.
Ivanna avanzó por el corredor en penumbra.
Vestía un impermeable oscuro de enfermera con la capucha calada hasta las cejas y llevaba un tapabocas quirúrgico que le ocultaba la mitad inferior del rostro.
En la mano derecha, envuelta en el bolsillo de la gabardina, apretaba con fuerza el bolso de mano donde descansaba el bisturí de acero inoxidable.
A esa hora, la guardia nocturna dormitaba sobre las planillas de registro en la recepción principal. Nadie la detuvo. Nadie levantó la vista.
Se deslizó hasta la última puerta del corredor, donde la luz tenue de un tubo fluorescente parpadeaba con un zumbido eléctrico. Empujó la hoja de madera desgastada sin hacer ruido.
Allí, en el centro de la pequeña habitación de aislamiento, descansaba la figura delgada sobre la cama de hierro. El monitor cardíaco emitía un pitido cansado y constante. Dafne estaba acostada de lado, cubierta por una manta raída del hospital.
Ivanna cerró la puerta a sus espaldas, echó el cerrojo metálico con un movimiento sigiloso y sacó el bisturí del bolso. La hoja brilló bajo el destello blanco de la luz fluorescente.
Avanzó paso a paso, sintiendo el pulso acelerado en la garganta. Sin embargo, justo cuando levantó el brazo para aproximarse a la cabecera, la criatura de la cama se movió.
Dafne no estaba dormida. El instinto que la había mantenido con vida en la carretera se había encendido en el momento exacto en que la puerta se abrió.
Sabía que la visita no era una enfermera de turno.
La postura, el peso de los pasos y la carga de odio que flotaba en el aire solo podían pertenecer a una persona: la mujer que habitaba su antigua casa.
Dafne se incorporó despacio sobre los codos. Al girar el rostro marcado por las cicatrices de la traqueotomía y el fuego hacia la luz, sus ojos se cruzaron con los de la intrusa.
Ivanna se congeló a medio metro de la cama, sosteniendo el bisturí, lista para clavar la hoja.
Pero Dafne no gritó. No intentó cubrirse. No mostró ni un solo rasgo de pánico.
En lugar de defenderse, Dafne ladeó la cabeza con una mirada extraviada, infantil y vacía. Abrió la boca, dejando salir un murmullo rasposo y desarticulado, mientras extendía una mano temblorosa hacia el abrigo de Ivanna, como una enferma desorientada que no comprende dónde se encuentra.
—¿…Mamá? —articuló Dafne en un hilo de voz deforme, señalando el techo con el dedo. —¿Ya… ya es de mañana? Hay mucha luz… las luces queman…
Ivanna vaciló. La mano que sostenía el acero bajó un par de centímetros. Pestañeó detrás del tapabocas, observando detenidamente la mirada ida de la mujer en la cama.
Dafne parpadeó despacio, pasándose la mano sin huellas por la frente, dejando escapar un suspiro confuso y torpe.
—La enfermera dijo… dijo que el auto se apagó —continuó Dafne, articulando con dificultad, fingiendo una lentitud mental absoluta—. Ivanna… Ivanna me estaba esperando en la fiesta… ¿Dónde está Ivanna? ¿Por qué no ha venido a traerme los vestidos?
Ivanna sintió que el aire se le helaba en los pulmones. La rabia violenta que la había impulsado a cruzar la ciudad bajo la tormenta se topó con un muro desconcertante.
«No sabe nada», pensó Ivanna, sintiendo un vuelco de alivio oscuro en las entrañas. «El choque le destruyó el cerebro. Lisandro se confundió… cree que está hablando con la Ivanna de antes, pero esta infeliz ni siquiera sabe en qué año vive».
Ivanna se bajó lentamente el tapabocas, dejando al descubierto la cara impecable, lisa y esculpida de Dafne Elizalde.
—¿No sabes quién soy? —preguntó Ivanna en un susurro cargado de una superioridad venenosa.
Dafne la miró fijamente. Los ojos que habían visto desplomarse su vida entera no mostraron la menor chispa de reconocimiento. Sonrió con una ingenuidad atroz, una sonrisa boba de paciente psiquiátrico.
—Te pareces a la chica del espejo… —balbuceó Dafne, llevándose los dedos a la garganta cicatrizada. —La chica bonita que venía en las revistas de mamá. ¿Eres una doctora nueva?
Ivanna soltó una risa ahagada, corta y llena de desprecio. Guardó el bisturí en el bolsillo de la gabardina, convencida de que tenía el control absoluto de la situación. La amenaza no era más que una demente sin memoria atrapada en un cuerpo inservible.
—Sí… algo así —dijo Ivanna, dando un paso más hacia la cama y apoyando las manos enfundadas en látex sobre la baranda de hierro. —He estado cuidando tus cosas mientras dormías.
—He dormido mucho… —murmuró Dafne, inclinándose hacia adelante, manteniendo la actuación con una precisión espeluznante. —Los médicos dicen que estuve en la oscuridad muchos meses. ¿Qué pasó afuera? ¿Dónde está mi casa?
Ivanna la contempló desde arriba con un disfrute sádico. La vanidad y la necesidad de regodearse en su triunfo le nublaron el juicio.
—Tu casa está donde siempre, Dafne —dijo Ivanna con una voz suave, cargada de una burla cruel.
—Solo que ahora no hay espacio para ti. La gente se olvidó de tu nombre.
Tu madre se murió, tu novio duerme en mi cama y tu fortuna paga mis vestidos.
Estuviste en coma tanto tiempo que el mundo simplemente continuó sin ti… y es mucho mejor así.
Dafne la escuchó sin mover un solo músculo de la cara, manteniendo la mirada vaga y perdida.
Dentro de su pecho, sin embargo, cada palabra de Ivanna caía como gasolina sobre una pira.
El cinismo con el que hablaba de la muerte de Leonor y de la usurpación de su vida terminó de convertir cualquier resto de humanidad en un bloque de hielo impenetrable.
—Tengo frío… —susurró Dafne, encogiéndose entre las sábanas. —¿Hay agua? Mi garganta quema…
Ivanna suspiró con fastidio, mirando de reojo la jarra de plástico vacía sobre la mesa de noche.
—Eres un estorbo hasta para pedir agua —masculló Ivanna, dándole la espalda por completo para ir hacia el dispensador del pasillo o buscar un vaso en el anaquel lateral.
En el preciso instante en que Ivanna giró los hombros y le dio la espalda, la mirada extraviada de Dafne desapareció.
Los ojos de la verdadera Dafne se abrieron con una lucidez feroz, helada y mortal.
Sin hacer el menor ruido, Dafne extendió la mano derecha hacia la bandeja metálica que la enfermera de guardia había dejado sobre la mesa auxiliar. Sus dedos se cerraron sobre el mango de unas tijeras de acero pesado y puntas afiladas.
Dafne no lo pensó. No dudó. Impulsada por meses de agonía, por el luto de su madre muerta y por la rabia acumulada de ver a su enemiga vistiendo su piel, se levantó de la cama como una exhalación.
Con un movimiento salvaje y preciso, Dafne le clavó las tijeras a Ivanna en la parte baja de la espalda, justo entre las vértebras lumbares.
El acero penetró la carne con un sonido sordo y húmedo.
Ivanna dejó escapar un alarido ahogado, un choque eléctrico de dolor que le vació los pulmones de golpe. Las piernas se le desarmaron al instante. Cayó de rodillas sobre el linóleo frío del pabellón, colapsando hacia adelante con las manos aferradas desesperadamente al borde de la mesa de noche.
—¡Aaggh…! ¡¿Qué… qué hiciste?! —chilló Ivanna, intentando arrastrarse, pero sus piernas eran dos sacos de plomo inútiles.
Dafne no respondió. Se dejó caer de la cama y caminó despacio hasta quedar sobre ella. Con una frialdad metódica, metió la mano en el bolsillo del abrigo de la mujer paralizada y extrajo el bisturí de mango metálico.
Ivanna giró la cabeza desde el suelo, con el rostro bañado en sudor frío y los ojos desencajados por un pánico atroz al ver la hoja quirúrgica en las manos de la mujer mutilada.
—No… Dafne, por favor… —suplicó Ivanna, sofocándose en su propio llanto—. ¡Fue Lisandro! ¡Lisandro me manipuló! Te lo juro por la memoria de tu madre… ¡podemos arreglarlo! ¡Te devuelvo todo!
Dafne se montó sobre su espalda, acorralándola contra el piso.
Le enredó la mano izquierda en el cabello, tirando con una fuerza brutal hacia atrás para congelarle la cabeza contra el linóleo y dejar expuesto su rostro reconstruido.
La calma de su rostro era más aterradora que cualquier grito de furia.
—Ni siquiera te atrevas a hablar de mi madre… —dijo Dafne. Su voz ya no era un murmullo; era un susurro gutural, pesado, cargado del veneno de los meses en coma.
—Esta cara nunca te perteneció —susurró Dafne, con una voz rasposa, baja y definitiva.
Antes de que Ivanna pudiera gritar, Dafne hincó la hoja del bisturí directamente sobre el pómulo derecho de Ivanna.
El acero perforó la piel hasta tocar el hueso. Ivanna soltó un alarido desgarrador, pero Dafne le apretó la mandíbula con la otra mano, ahogando el grito entre la sangre y la saliva.
—Te tomó meses de anestesia y vendas robarte esta nariz… —susurró Dafne pegada a su oído.
Con un movimiento lento y cruento, Dafne rasgó la carne hacia arriba, cortando el cartílago, abriendo una brecha profunda que dividió la mejilla hasta la comisura del ojo. El tejido operado, flojo por las cirugías previas, se abrió como una funda de tela vieja, brotando una marea roja y espesa.
—¡AAAHGG! ¡PERDÓN! ¡PERDÓN! —chillo Ivanna, retorciéndose inútilmente mientras la sangre le inundaba la boca y la garganta.
—No hay perdón para los parásitos, Ivanna —prosiguió Dafne con una serenidad estremecedora.
Apoyó la punta del acero sobre el labio superior y trazó una diagonal violenta hacia la mandíbula, rebanando el labio y la carne de la mejilla izquierda de un solo tirón seco.
El sonido del bisturí separando los injertos resonaba en el cuarto junto al estruendo de la lluvia.
—Querías mi cara porque no soportabas ser tú misma.
Querías mi elegancia, mi hogar, mi madre, mi nombre…
Pensaste que poniéndote mi piel te convertirías en alguien.
Dafne hincó la hoja en la frente, justo en el centro, y bajó en un trazo recto y desgarrador hasta la punta de la barbilla, dividiendo el rostro esculpido en dos mitades grotescas y colgantes.
—Te tomó años de envidia y miles de dólares construir esta mentira —dijo Dafne, observando cómo la carne de los pómulos se desprendía en jirones, dejando expuesto el músculo y la estructura ósea debajo. —Yo solo necesité tres minutos para devolverte a la nada de la que saliste.
Ivanna ya no podía articular palabras. Solo emitía ruidos ahogados, convulsiones de dolor e impotencia mientras sentía su propia piel desprenderse en tiras sobre el suelo.
Los ojos le bailaban en las cuencas, fijos en el techo, atrapados en la pesadilla de ver a la víctima convertirse en su verdugo.
—Mírate… —susurró Dafne, tomándole la barbilla destruida para obligarla a sentir el vacío de su propio rostro.
—Mañana vendrá el médico. Vendrá la policía.
Te mirarán a los ojos y buscarán a Dafne Elizalde…
y no encontrarán nada. Buscarán a Ivanna…
y tampoco estará. Ya no eres la heredera.
Ya no eres la amante. Eres un pedazo de carne sin rostro en el suelo de un hospital.
Dafne le clavó la punta del bisturí una última vez en la mejilla, abriendo un abanico de cortes irregulares hasta que no quedó un solo centímetro de piel lisa sobre la cara de la traidora.
La dejó completamente irreconocible, una masa sanguinolenta y deforme que jamás ninguna cirugía podría volver a armar.
Fue un acto de justicia poética e implacable: le estaba borrando la cara que Ivanna se había robado, devolviéndola al estado de abyección del que jamás debió salir. No le estaba quitando la vida; le estaba quitando la identidad.
—Ese es tu verdadero castigo —concluyó Dafne, soltándole la cabeza contra el charco rojo.—Vas a vivir. Vas a quedarte en este cuerpo tullido, en esta oscuridad, sabiendo que el mundo te mirará con asco y que nunca más, hasta el día en que te mueras, sabrán quién demonios fuiste.
Ivanna quedó tendida, respirando con estertores agónicos, paralizada de la cintura para abajo, ahogándose en su propio dolor y en la pérdida absoluta de su existencia.
Dafne se puso de pie lentamente. No temblaba. El aire en sus pulmones por primera vez en meses se sentía limpio. Se limpió los dedos ensangrentados en el abrigo de Ivanna.
Se inclinó una última vez y recogió del suelo el bolso de mano de piel negra. Lo abrió y extrajo la billetera. De allí sacó el fajo de dinero en efectivo y la identificación de Dafne Elizalde que Ivanna llevaba consigo.
Dafne contempló la tarjeta de plástico con su propio nombre y su propia firma.
—Gracias por guardar mi nombre —murmuró, deslizándola en el bolsillo de su bata.
Dejó el bolso vacío junto al cuerpo inerte e irreconocible que yacía en el piso.
Caminó hacia la puerta, le quitó el cerrojo y se adentró en la penumbra del pasillo bajo el estruendo de la tormenta, dejando atrás a un fantasma sin cara para salir a reclamar, paso a paso, el imperio que le pertenecía.