25. EL CLÍMAX DE LA PARANOIA
EL CLÍMAX DE LA PARANOIA
La noche no trajo alivio, sino una atmósfera claustrofóbica. Hacia las diez, el cielo plomizo se quebró en una tormenta anómala para la costa: un aguacero denso y violento que golpeaba las mamparas de cristal del penthouse como un enjambre de dardos.
En la inmensidad de la sala, el silencio no era pacífico; era una presencia física que pesaba sobre los hombros de Ivanna.
Caminaba de un extremo a otro de la alfombra importada, abrazándose el torso con una fuerza enfermiza, casi convulsiva.
Su bata de seda marfil, el perfume costoso que aún flotaba en el ambiente y las molduras doradas de las paredes parecían burlarse de ella.
Su postura había perdido cualquier rastro de la elegancia fría que le pertenecía a Dafne Elizalde.
Tenía el cabello recogido deshecho, los ojos inyectados en sangre y las uñas clavadas en la piel de sus propios antebrazos hasta dejarse marcas lívidas.
El eco de la voz de Lisandro continuaba resonando en las esquinas de la habitación, repitiéndose en un bucle tormentoso: «Ivanna está viva. Estuve con ella, la sostuve en mis brazos…»
Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal.
El pánico en Ivanna no era una emoción pasiva; era un veneno psicótico que alteraba su percepción de la realidad.
Cada crujido de la madera, cada ráfaga de viento azotando la terraza le parecía el preludio de su propia ruina.
Veía patrullas policiales en los destellos de los rayos, imaginaba a los abogados de la familia redactando órdenes de aprehensión y escuchaba la risa burlona de Lisandro dejándola en la calle.
—¿Cómo se atreve…? —susurró para sí misma, con la voz quebrada por un frenesí de odio. —¿Cómo se atreve a decirme que me odia después de todo lo que hice por él?
Su mente comenzó a hilar los recuerdos con una lógica profundamente distorsionada. Ivanna jamás se vio a sí misma como la villana; para su ego hipertrofiado, ella era la única víctima real.
Se convenció de que todo lo que había hecho estaba justificado.
¿Acaso no merecía una vida mejor? Había crecido a la sombra de Dafne, aguantando su caridad aristocrática, soportando que la familia Elizalde la tratara como a una acompañante de segunda clase, una figura decorativa a la que le regalan ropa usada y sobras de atención.
Dafne lo tenía todo sin haber movido un solo dedo: el apellido, las propiedades, el respeto, la devoción de un hombre.
«Ella no valoraba nada», pensó Ivanna, apretando los dientes hasta que la mandíbula le dolió. «Dafne era aburrida, mediocre. Tenía la vida perfecta y la desperdiciaba en rutinas estúpidas. Yo le di valor a su nombre. Yo convertí su vida en algo apasionante. ¡Yo me gané esta posición!»
Pensó en el precio atroz que había pagado por estar ahí.
Recordó el olor a carne quemada dentro de la cabina del auto en la carretera, el dolor insufrible del fuego devorándole los tejidos mientras luchaba por salir.
Recordó los meses clandestinos con el doctor Ortega: las agujas atravesándole la piel, el bisturí cortando su propio rostro para moldearlo a imagen de su amiga, las semanas interminables tragando su propia sangre debajo de vendas ensangrentadas, sin poder gritar.
Había matado a Silva cuando ese infeliz intentó chantajearla. Había acelerado el deterioro de Leonor, administrándole dosis calculadas de veneno en su té para sofocar sus sospechas de madre. Había vendido su propia alma, su verdadera cara y su pasado entero a cambio del imperio de los Elizalde.
—¿Y todo para qué? ¿Para que una muerta de hambre en un hospital venga a quitármelo todo en una tarde?
—No… no, no, no —gritó en medio de la sala, golpeando la mesa de centro de caoba y haciendo vibrar el juego de té de porcelana.
—¡Esa cara es mía! ¡Ese dinero es mío! ¡Tú estás muerta, Dafne! ¡Te moriste en esa maldita carretera!
Ivanna corrió hacia el vestidor principal y se encaró con el espejo de cuerpo entero.
La luz halógena le devolvió la imagen de Dafne Elizalde: los pómulos rectos, la nariz fina, los labios simétricos.
Se tocó la piel de las mejillas con las yemas de los dedos, sintiendo la carne lisa que tanto le había costado construir.
En su mente enferma, la que habitaba el hospital no era la víctima; era una ladrona.
Una impostora que venía a robarle el rostro que ella le había pagado al destino con sangre y fuego.
—Tú no eres nadie —le dijo a su propio reflejo, convenciéndose de su propia locura. —Tú eres solo un pellejo desfigurado en una cama del hospital. No tienes voz. No tienes huellas. No tienes nombre. Yo soy la única Dafne Elizalde que existe.
El reloj de pared dio las once y media de la noche. Afuera, la tormenta alcanzó su punto crítico, con truenos que hacían retumbar los cristales del penthouse.
Ese estruendo pareció encender el último chip de su paranoia.
Comprendió que no tenía tiempo. Si esperaba a que amaneciera, Lisandro regresaría al hospital con un abogado o con una ambulancia privada para trasladar a la paciente a su refugio del puerto.
Si Dafne salía de ese pabellón público, el juego se acababa.
En cuanto Lisandro descubriera la verdad o en cuanto Dafne encontrara la forma de escribir su historia, la policía caería sobre el penthouse.
Un cálculo helado y quirúrgico reemplazó al pánico en la mirada de Ivanna.
—Si no hay paciente, no hay problema —murmuró con una sonrisa macabra y torcida.
Actuó con una precisión fría. Se quitó la bata de seda y la arrojó al suelo.
Se vistió con ropa completamente oscura: un pantalón táctico ajustado, un jersey de cuello alto y botas de suela de goma para no hacer ruido.
Se recogió el cabello bajo un gorro negro y se puso un abrigo impermeable con capucha.
Fue al escritorio del estudio, abrió el compartimento secreto del fondo del cajón y sacó su bolso de mano. Dentro colocó la identificación de Dafne Elizalde, un fajo de billetes en efectivo y un par de guantes de látex.
Luego se dirigió a la cocina. Se agachó frente al mueble del fregadero y sacó una caja de herramientas de metal.
De allí extrajo un bisturí quirúrgico de mango de acero inoxidable —un recuerdo que le había robado al doctor Ortega— y una jeringa de cristal grueso.
Probó el filo del bisturí pasándolo suavemente por el borde de un paño de cocina, viendo cómo la tela se abría sin resistencia.
Una chispa de placer perverso le recorrió los ojos.
—Te dejé vivir una vez por piedad en esa carretera —susurró Ivanna, envolviendo el bisturí en una toalla limpia y deslizándolo al fondo del bolso. —Esta vez me voy a asegurar de que no te levantes jamás.
Salió del penthouse utilizando las escaleras de emergencia para evitar los sensores de movimiento y las cámaras del ascensor principal.
Bajó a oscuras los seis pisos hasta el segundo sótano, sintiendo el olor a humedad y gasolina.
Allí, en la penumbra, estaba estacionado un sedán gris alquilado bajo un nombre falso, el vehículo de reserva que había preparado exactamente para un escenario de fuga.
Subió al auto. El motor rugió en la quietud del subterráneo.
Al salir por la rampa hacia la calle, la lluvia la golpeó de frente como una pared de agua.
Los limpiaparabrisas apenas daban abasto para abrirle visión entre los chorros que caían sobre el cristal.
Las calles estaban completamente desiertas, y los semáforos titilaban en amarillo sobre el asfalto inundado, creando reflejos rojos que parecían rastros de sangre sobre la pista.
Ivanna apretó las manos enfundadas en cuero sobre el volante y aceleró. La aguja del velocímetro subió mientras el auto cortaba el viento y el agua, internándose en las avenidas oscuras que conducían al centro de la ciudad, directo hacia la mole decadente del Hospital General.
Iba a corregir el error de la carretera. Esta misma noche, bajo el rugido de la tormenta, ahogaría el último aliento de Dafne Elizalde para siempre.