Mi cara en tu tumba 24. LA FRACTURA DEL ESPEJO
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24. LA FRACTURA DEL ESPEJO

LA FRACTURA DEL ESPEJO

La tarde avanzaba con un cielo plomizo y denso que presagiaba garúa.

En el área de cuidados intensivos del tercer piso del Hospital General, la actividad médica había recuperado un compás monótono.

Mauricio permanecía estabilizado, monitoreado por las pantallas que marcaban un ritmo cardíaco uniforme tras el cateterismo de urgencia.

Lisandro pasó cerca de dos horas asistiendo a la esposa de Mauricio, quien había llegado al hospital visiblemente descompuesta.

Se encargó personalmente de la burocracia médica: gestionar el traslado a una habitación privada dentro del mismo pabellón, autorizar los pagos de los honorarios de la guardia especializada y coordinar con el chofer de la empresa la entrega de los enseres personales del ejecutivo.

Sin embargo, a pesar de la gravedad de la situación de su socio, la mente de Lisandro estaba completamente desplazada del hospital.

Cada gesto de cortesía, cada palabra de consuelo a la familia de Mauricio era una máscara autómata.

Por dentro, las venas le quemaban. El encuentro con la mujer en el pasillo, la visión del rostro de Ivanna y la calidez de sus manos habían actuado en él como un detonante violento.

La culpa que lo había paralizado durante meses se convirtió, en cuestión de horas, en una urgencia temeraria.

Cerca de las cinco de la tarde, tras asegurarse de que el médico de turno no reportaba complicaciones con Mauricio, Lisandro se despidió de la familia, bajó por la rampa central y salió hacia el estacionamiento.

Subió a la camioneta, encendió el motor y permaneció inmóvil unos segundos con las manos apoyadas en el volante, contemplando la fachada gris del hospital.

Ya no había vuelta atrás. La presencia de Ivanna, viva y necesitada de su protección, convertía la farsa de su compromiso en una carga insoportable.

El trayecto hacia el departamento fue un recorrido lento por avenidas congestionadas. El tráfico pesado le dio tiempo a Lisandro para ensayar la ruptura, pero no desde la negociación o la diplomacia, sino desde el desprecio acumulado.

Al cruzar la puerta de la residencia, el silencio del penthouse lo recibió con la frialdad habitual. En la sala principal, las cortinas pesadas de lino filtraban una luz penumbrosa.

Sobre la mesa de centro descansaba un juego de té de porcelana y una carpeta con los estados financieros de la constructora que requerían firma.

Ivanna —luciendo el rostro esculpido de Dafne, vestida con un conjunto de seda color marfil y el cabello recogido con la elegancia pulcra de la heredera— salió del pasillo principal al escuchar los pasos.

—Lisandro… —dijo ella, moderando el tono de voz para imitar la cadencia pausada de su difunta amiga. —Tardaste demasiado en la oficina. Te llamé dos veces para revisar los documentos de la junta de mañana.

Lisandro se detuvo a un par de metros de ella, en el límite de la alfombra. No se quitó el abrigo. Mantuvo las manos hundidas en los bolsillos, mirándola fijamente con una frialdad desprovista de cualquier tibieza o consideración.

—Mauricio tuvo un infarto —respondió él con voz plana, sin emoción. —Estuve en el hospital hasta ahora.

Ivanna dio un paso hacia él, ensayando un gesto de conmoción fingida, cruzando las manos sobre la cintura.

—Dios mío… ¿cómo está? Deberías haberme avisado, habría ido a acompañarte. Sabes que la familia debe mostrar presencia en estos momentos, la prensa de negocios puede—

—No vuelvas a hablar de la familia —la interrumpió Lisandro. Su voz no fue un grito, sino un latigazo seco que cortó el aire de la sala.

Ivanna se congeló a mitad del paso. Pestañeó suavemente, ajustándose el anillo de compromiso en el dedo anular, intentando descifrar la rigidez en la postura de su prometido.

—¿De qué estás hablando, Lisandro? Estás alterado por lo de Mauricio, entiendo que la presión—

—Se acabó, Dafne —dijo él, dando un paso al frente y clavando la mirada en los ojos operados de la mujer. —Se acabó la comedia. Se acabó la boda, se acabaron las firmas y se acabó esta mentira. Me voy de esta casa y no voy a volver jamás.

Un silencio pesado cayó sobre la sala.

Ivanna sintió que el piso se inclinaba sutilmente bajo sus pies. Forzó una sonrisa leve, helada, manteniendo la compostura aristocrática que tanto trabajo le había costado perfeccionar frente al espejo.

—Lisandro, esto es un absurdo. No sé qué clase de ataque de estrés estás sufriendo, pero tenemos una junta directiva en cuarenta y ocho horas. Tu padre y el mío acordaron los términos de la fusión. No puedes simplemente—

—Tu padre está en coma en una cama de clínica y tu madre está muerta —la atajó Lisandro con una sonrisa amarga, llena de un resentimiento añejo. —Y tú me tienes harto. Me has dado asco cada segundo que he pasado en este departamento desde antes de que volvieras de la cirugía.

Ivanna dio un paso atrás, como si le hubieran propinado un golpe físico. La máscara de templanza comenzó a resquebrajarse en las comisuras de sus labios.

—¿Qué dices…? —susurró ella, perdiendo por un instante el tono impostado.

—Lo que escuchas —continuó Lisandro, avanzando despacio, disfrutando del impacto de sus palabras.

—Aguanté tu elegancia de cuna y tus exigencias porque mi padre me necesitaba en la junta directiva.

Pero no voy a pasar un solo día más de mi vida durmiendo al lado de una mujer a la que aborrezco.

Quédate con tu apellido, quédate con las acciones y con esta casa vacía. Yo me largo.

El pánico, una chispa caliente y sofocante, comenzó a encenderse en las entrañas de Ivanna.

Si Lisandro la abandonaba ahora, antes de la firma definitiva de la fusión y antes de consolidar el traspaso legal de los bienes de los Elizalde, la estructura entera de su suplantación quedaba expuesta.

Sin Lisandro como escudo corporativo ante la junta, los abogados de la familia empezarían a auditar cada documento, cada cuenta y cada decisión.

—No puedes hacerme esto… —dijo ella, la voz quebrándosele en un matiz rasposo que no pertenecía a Dafne. —Lisandro, nos íbamos a casar. Planeamos esto… el patrimonio, el control de la firma…

—Tú planeaste un negocio. Yo busqué una salida —sentenció Lisandro. Se acercó a la mesa de centro, tomó su maletín de cuero y volvió a mirarla a los ojos. —Y la encontré.

—¿De qué estás hablando? —exigió ella, dando un paso torpe hacia él, perdiendo por completo la elegancia de los movimientos.

Lisandro la miró desde arriba, con una mezcla de lástima y triunfo amargo.

—Ivanna está viva —soltó él en un susurro claro, implacable.

El tiempo se detuvo en la sala.

Ivanna sintió que la sangre se le congelaba instantáneamente en las venas. La respiración se le cortó de golpe, produciendo un silbido ahogado en su garganta. El nombre de su propia identidad, dicho en boca de Lisandro, resonó como una detonación de artillería.

—¿…Qué? —alcanzó a articular, con los ojos desorbitados por un terror primario.

—La vi hoy —continuó Lisandro, deleitándose en el impacto que creía haberle causado a su “prometida” rica.

—Pensé que había muerto en ese auto quemado.

Llevé la culpa de su muerte todos estos meses como un perro.

Pero el destino la puso en mi camino esta tarde.

Está viva, Dafne. Estuve con ella, la sostuve en mis brazos y le prometí que no la volvería a abandonar jamás.

El rostro de la falsa Dafne perdió todo el color, mutando hacia una palidez de cera. Los labios le temblaban de manera incontrolable.

—No… no… estás loco —balbuceó Ivanna, retrocediendo hasta chocar la cadera contra el respaldo del sofá. —Eso es imposible. Ivanna… Ivanna murió en el accidente. Los peritajes… la policía…

—Los peritajes se equivocaron —la cortó Lisandro con voz firme. —La vi con mis propios ojos. Llleva en el rostro las marcas del fuego y no puede hablar por el daño en la garganta, pero es ella. Sus ojos, sus manos, su cuerpo… es Ivanna. Y a la única mujer que he amado en mi vida es a ella.

Lisandro dio media vuelta y caminó hacia la puerta principal de madera maciza.

—Lisandro, ¡espera! ¡Escúchame! —gritó Ivanna, corriendo tras él con desesperación, olvidando cualquier matiz del personaje de la heredera. —¡No te puedes ir! ¡No puedes dejarme así! ¡Lisandro!

Él no se detuvo. Abrió la puerta, salió al pasillo del ascensor privado y presionó el botón de bajada sin volverse a mirarla.

—Que tengas una buena vida, Dafne. —dijo él antes de que las puertas metálicas se cerraran entre ellos—.

Las puertas del ascensor se unieron con un chasquido sordo, dejando el pasillo en silencio.

Ivanna se quedó sola en el umbral del penthouse.

Un pánico negro, sofocante y atroz la envolvió por completo. Entró a la sala tambaleándose, tomándose la cabeza con ambas manos mientras hiperventilaba.

Ella sabía perfectamente que Dafne había sobrevivido.

Sabía que yacía en un pabellón del hospital, desfigurada, sin voz y sin huellas dactilares para probar quién era.

Ivanna se había sentido intocable, convencida de que esa criatura mútila en el hospital estatal jamás representaría una amenaza para su nueva vida como heredera.

Pero jamás calculó esto. Jamás imaginó que el azar llevaría a Lisandro hasta ese mismo pasillo, y mucho menos que Dafne, al ver la oportunidad, aceptaría hacerse pasar por Ivanna para dejarse “rescatar” por él.

—La encontró… el maldito la encontró —chilló Ivanna en un susurro aterrorizado, tapándose la boca con los dedos helados.

Comprendió el alcance monstruoso de la trampa.

Dafne no estaba intentando probar su verdadera identidad a la policía; estaba usando el rostro esculpido de Ivanna y el amor ciego de Lisandro para que él mismo jugara en su contra.

Lisandro estaba a punto de sacarla del hospital, de esconderla y de vaciar las cuentas para huir con ella, creyendo que salvaba a su amante.

Ivanna cayó de rodillas sobre la alfombra de la sala, temblando convulsivamente.

Todo lo que había construido —las cirugías, el asesinato de Silva, el envenenamiento de Leonor, el control de la fortuna— estaba a punto de derrumbarse.

Si Lisandro descubría la farsa o si Dafne lograba manipularlo, la sombra de la prisión y de la ruina se cerraría sobre ella para siempre.