23. LA MÁSCARA DE CENIZA
LA MÁSCARA DE CENIZA
El pasillo del hospital continuaba sumido en un silencio de sanatorio abandonado, interrumpido únicamente por el zumbido metálico de la máquina de café y el crujido sordo que producían las suelas de cuero de Lisandro al cambiar el peso de su cuerpo sobre el linóleo.
Para Dafne, el tiempo no simplemente se había detenido; se había congelado en una grieta profunda.
Sostener las manos de Lisandro —esas manos que tantas veces habían recorrido su espalda en la intimidad de su habitación, que habían firmado los compromisos de su futuro y que habían estrechado las de su padre en la mesa de comedor— era una experiencia de contaminación física.
Sentía el calor de su aliento rozándole el cuello, escuchaba el temblor patético de sus sollozos y, por primera vez en su vida, lo veía tal como era: no como el heredero aristocrático y refinado que su familia había acogido, sino como un parásito consumido por la cobardía, la codicia y una lujuria secreta.
El dolor de la traición le atravesó el pecho con un filo helado.
No era la pena superficial de un romance roto; era la devastación de descubrir que toda la arquitectura de su vida afectiva había sido erigida sobre un pantano de mentiras.
Mientras ella preparaba una boda, mientras su madre bendecía la unión y su padre le abría las puertas del patrimonio familiar, el hombre que juraba amarla la observaba con fastidio, contando las horas para escapar a los brazos de su mejor amiga.
Ivanna, la chica humilde a la que Dafne le había regalado vestidos, a la que le había abierto las puertas de su hogar y a la que consideraba una hermana, no solo se acostaba con su prometido a sus espaldas: ambas víboras se burlaban juntas de su “sosería”, de su “rutina”, de su vida acomodada.
Un temblor involuntario le recorrió los hombros a Dafne.
La tristeza y la humillación la oprimieron por dentro, dejándola por un momento sin aliento.
Pero a medida que procesaba el peso de cada palabra de Lisandro, ese dolor sordo comenzó a asentarse, transformándose en una rabia contenida, fría y rígida que le endureció las facciones.
La furia no estalló en un grito ni en un ademán violento. Se transformó en un cálculo helado.
Dafne comprendió las reglas del juego que el destino acababa de poner en sus manos.
Si la vida le había arrebatado su voz, si el fuego le había borrado las huellas dactilares y si el doctor Ortega le había esculpido en los huesos la cara exacta de Ivanna, no lucharía contra la farsa.
Se vestiría con ella. Habitaría la sombra de su enemiga con una precisión quirúrgica.
Lisandro levantó la cabeza, limpiándose las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano. La miraba con unos ojos desorbitados, llenos de una devoción ciega y culpable.
—Tienes que confiar en mí, Ivanna —susurró él, apretándole los dedos con una urgencia febril.
—No podemos cometer ningún error. Si alguien en el círculo se entera de que sobreviviste al accidente, la policía va a reabrir el caso del auto, Adolfo va a sospechar y las auditorías de la empresa se nos van a venir encima.
Dafne lo escuchó en silencio. La frialdad de sus ojos, ocultos tras la penumbra del pasillo, fue interpretada por Lisandro como el trauma mudo de una mujer que acababa de despertar de la muerte.
Dafne apretó levemente las manos de Lisandro, devolviéndole la presión.
Luego, con una lentitud calculada, separó la mano derecha y la llevó hacia el cuello del hombre.
Rozó la solapa de su abrigo negro de lana con las yemas de sus dedos planos y sin huellas, inclinando sutilmente la cabeza hacia un lado, imitándolos gestos suaves y seductores que recordaba haberle visto hacer a Ivanna cuando buscaba la atención de alguien.
Lisandro cerró los ojos, soltando un suspiro tembloroso ante el contacto.
—Dios mío… cuánto extrañaba tus manos —murmuró él, pegando la frente a la palma de Dafne.
—Te juro que voy a arreglar todo este desastre.
Escúchame bien: nadie en la casa sabe que vine al Hospital General.
Vine de emergencia porque Mauricio tuvo un infarto en la oficina, pero el destino me trajo hasta ti. Fue una señal.
Dafne entornó las pestañas y emitió un pequeño sonido desde la garganta, un murmullo rasposo y débil que denotaba pregunta, exigiendo más detalles sin necesitar articular una sola palabra.
—El plan que teníamos antes del choque sigue en pie, pero ahora tenemos que ser más astutos —continuó Lisandro en un susurro apresurado, mirando a ambos lados del pasillo para asegurarse de que ninguna enfermera se acercara.
—Dafne cree que tiene todo bajo control.
Está convencida de que me estoy tragando el papel del novio abnegado y paciente.
Ni se imagina que solo estoy esperando el momento adecuado para dejarla sin un solo centavo y mandarlo todo al demonio.
Un destello de acero cruzó la mirada de Dafne. La revelación de Lisandro le confirmó lo que sospechaba: Ivanna no solo había sobrevivido, sino que estaba instalada en su propia casa, usando su seda, caminando sobre sus alfombras y haciéndose pasar por una Elizalde.
—La voy a mantener entretenida —siguió confesando Lisandro, hundiéndose más y más en la trampa sin saberlo.
—En cuanto consiga la firma para la transferencia de las acciones, no me va a importar nada —dijo Lisandro con una sonrisa amarga.
—La voy a dejar tirada con todas las deudas y los problemas de la empresa.
Nos iremos del país con el dinero, Ivanna.
Tú y yo. Lejos de este maldito circo, de mi padre y del luto por la muerte de su madre.
El aire en el pasillo se volvió irrespirable.
Dafne se congeló por completo. La respiración se le atoró en la garganta y sintió un zumbido agudo perforándole los oídos, apagando el murmullo distante del hospital.
«…el luto por la muerte de su madre…»
Las palabras de Lisandro retumbaron en su cabeza como una detonación en un cuarto cerrado.
Todo el suelo debajo de sus pies pareció desaparecer.
Durante semanas, atrapada en esa cama de la beneficencia, Dafne había guardado la secreta esperanza de volver a ver a Leonor, de encontrar refugio en sus brazos una vez que lograra salir de ese infierno.
Su madre estaba muerta.
La sola mención le atravesó el pecho con un dolor lacerante y profundo, una punzada visceral que amenazó con hacerla caer de rodillas allí mismo. Sintió que los ojos le quemaban, pero forzó a su cuerpo a mantenerse rígido, apretando las manos contra el abrigo de Lisandro para no tambalearse.
No podía quebrarse. No enfrente de él. Si lloraba como la hija devastada que era, si mostraba la fragilidad de Dafne, la farsa se derrumbaría antes de tiempo.
Tragó saliva con amargura, sintiendo la garganta en carne viva. El impacto de saber a su madre muerta no se evaporó, pero se comprimió en lo más profundo de su ser, transformándose en una determinación implacable y glacial.
—Por eso el plan tiene que salir perfecto —continuó Lisandro, ajeno por completo al abismo que acababa de abrir en el pecho de la mujer, reconcentrado en su propia desesperación.
—Escúchame bien, Ivanna. Mañana mismo hablaré con la administración del hospital para tramitar tu alta de forma discreta.
Voy a pagar todos los gastos médicos en efectivo para no dejar rastro bancario.
Dafne no pestañeó, escuchando cada detalle mientras el dolor por su madre se amoldaba en una armadura de acero.
—Te voy a trasladar a un departamento —prosiguió Lisandro en un susurro febril, apretándole los dedos.
—Es una propiedad a nombre de una sociedad fachada que nadie rastrea.
Tendrás una enfermera privada, medicinas y todo lo que necesites para tu recuperación.
Nadie de nuestro círculo debe saber que estás viva.
Te quedarás allí resguardada mientras yo termino de mover las firmas de las cuentas secundarias.
En cuanto tenga las transferencias autorizadas, compro los pasajes y nos vamos.
Dafne sintió el impulso de escupirle el rostro, pero mantuvo la máscara de Ivanna intacta. Buscó en el bolsillo de su bata azul y extrajo la pequeña libreta con el bolígrafo que la enfermera le había dejado.
Con trazos firmes y fríos, escribió en la hoja:
«¿Cuándo? ¿Dónde?»
Le mostró la libreta a Lisandro.
Él leyó la nota con los ojos desbordados de alivio, creyendo que su amante aceptaba complacida la fuga. Tomó el bolígrafo y anotó rápidamente una dirección y un número telefónico privado en el margen del papel.
—Es aquí —dijo en voz baja, devolviéndole la libreta. —En un par de días te sacaré de este hospital. Solo te pido que guardes silencio y esperes mi señal.
Dafne tomó el papel y lo guardó en el bolsillo de su bata. Levantó su mano sin huellas y le acarició la mejilla con una lentitud ensayada, fingiendo la devoción de la amante rescatada. Dejó que él le besara la palma una última vez, sintiendo cómo el hombre se entregaba por completo a la trampa.
—Tengo que bajar antes de que sospechen abajo —murmuró Lisandro, dando dos pasos hacia atrás con reticencia. —Ya verás que solo en unos días todo empieza a cambiar, mi amor. Te lo prometo.
Lisandro le dedicó una última mirada cargada de ceguera y echó a caminar presuroso por la rampa de concreto, desapareciendo en el recodo del edificio.
Dafne se quedó sola junto a la máquina de café. Sacó la hoja con la dirección del refugio secreto y la leyó bajo la luz fría del tubo fluorescente. Una sonrisa helada y carente de cualquier humanidad se dibujó en sus labios esculpidos.
Lisandro creía que estaba coordinando la huida con su amante para traicionar a la supuesta Dafne. No sabía que le acababa de entregar las llaves a la mujer a la que le había destruido la vida.