Mi cara en tu tumba 22. LA CONFESIÓN EN LA TRAGEDIA
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22. LA CONFESIÓN EN LA TRAGEDIA

LA CONFESIÓN EN LA TRAGEDIA

El crujido de la tela al moverse contra el metal de la máquina resonó en el pasillo como un latido seco.

Lisandro se quedó inmóvil, con las monedas frías aún apretadas en la palma de la mano dentro del bolsillo del abrigo.

El compresor de la máquina expendedora emitía un zumbido grave que parecía llenar todo el espacio entre ellos.

La mujer, vestida con la humilde bata de algodón azul de la beneficencia, terminó de acomodar el vaso sobre la pequeña repisa de plástico y comenzó a girar el cuerpo con una lentitud casi involuntaria.

El movimiento de su rostro hacia la luz del ventanal fue paulatino. Primero apareció la línea perfilada del cuello, luego la curva de la mandíbula marcada por finas cicatrices en proceso de integración, y finalmente, la totalidad de las facciones bajo la luz blanca y cruda del tubo fluorescente.

A Lisandro se le atascó el aire en la garganta. La sangre pareció retirársele del rostro en una sola oleada de vértigo.

Allí, a menos de dos metros de distancia, estaba la cara que habitaba sus pesadillas y sus insomnios. Era la nariz con la leve concavidad en el puente, los pómulos rectos, las cejas tupidas y los labios delgados de Ivanna.

No había margen para la duda en su mente. Para un hombre devorado por la culpa de haber abandonado a su amante en el incendio de la carretera, ver esa cara no era una coincidencia médica; era la resurrección de entre los muertos.

Dafne, al sentir la presencia de alguien tan cerca, fijó sus ojos en el hombre parado frente a ella.

El impacto fue mutuo, pero de naturalezas opuestas.

Dafne reconoció de inmediato la silueta, la corbata desanudada y la mirada desorbitada de Lisandro, el hombre con el que se iba a casar, el prometido que ahora compartía techo y cama con la mujer que la había traído hasta ese infierno.

Sintió una punzada caliente en el pecho, un impulso visceral de abalanzarse sobre él, de exigirle explicaciones, de aferrarse a su saco. Pero se congeló.

Recordó el frío del cristal metálico cuando el médico le permitió mirarse tras la retirada de los vendajes. Recordó que la cara que llevaba no era la suya, sino la de Ivanna. Recordó que sus cuerdas vocales estaban destruidas y que su voz era solo un susurro mudo.

Lisandro dio un paso tambaleante hacia adelante. Extendió una mano temblorosa que no se atrevió a tocar la piel de la mujer, dejándola suspendida en el aire, a centímetros de su hombro.

—Ivanna… —pronunció en un hilo de voz roto, áspero, que sonó más como una súplica que como un nombre. —Dios mío… Ivanna… estás… estás viva.

Dafne dio un paso atrás de golpe, tropezando ligeramente con la base de la máquina de café. Apoyó la espalda contra el metal, mirándolo con los ojos muy abiertos, llenos de un terror y una rabia reprimida que Lisandro interpretó como el dolor de una víctima abandonada.

—No te alejes, por favor… no me mires así —suplicó Lisandro, rompiendo a llorar sin ningún control sobre su orgullo corporativo.

Las lágrimas le resbalaban por las mejillas mientras daba otro paso tambaleante hacia ella.

—Pensé que habías muerto en la cabina… Pensé que el fuego te había consumido por mi culpa.

Todos estos meses… todos estos malditos meses he llevado el infierno en el pecho.

Dafne lo miraba en un silencio absoluto. Su garganta produjo un pequeño chasquido seco, un intento inútil por articular una sola palabra, pero el daño en la laringe cerró cualquier sonido. Se llevó una mano al cuello, apretando la piel sobre la traqueotomía cicatrizada.

Lisandro interpretó su silencio y el gesto de su mano como la prueba física del sufrimiento del choque. Verla imposibilitada de hablar, vistiendo la ropa gastada de un hospital y llevando la marca de las cirugías en el rostro, terminó de destruir la última barrera de su cordura.

—No intentes hablar… no te fuerces —susurró él, cayendo de rodillas sobre el linóleo frío del pasillo, tomándole las manos con desesperación.

Dafne intentó retirar las manos, pero el agarre de Lisandro era ciego, una mezcla de devoción y remordimiento absoluto. Apoyó la frente contra las manos de Dafne —esas manos cuyas huellas dactilares el fuego había borrado— y rompió en un sollozo ahogado que retumbó en la soledad del corredor.

—Perdóname… perdóname por haber huido esa noche. Fui un cobarde. Tuve miedo del escándalo, de mi padre, de la policía… Dejé que te dieran por muerta. Pero tienes que saberlo, Ivanna… tienes que saber la verdad.

Dafne se quedó inmóvil. La frialdad de su cuerpo contrastaba con el calor de las lágrimas de Lisandro sobre sus dedos. Escuchó con una atención glacial, sintiendo que el pasillo del hospital se reducía a ese único instante.

Lisandro levantó la vista, mirándola a los ojos con una vulnerabilidad grotesca, desnudando su alma sin saber que le estaba confesando sus peores miserias a la mismísima mujer a la que pretendía engañar.

—No sabes el asco que me da la vida que llevo desde que te perdí —confesó Lisandro, con la voz quebrada por el veneno del secreto.

—Vivo en ese departamento con Dafne, pero no la soporto.

La odio, Ivanna. Odio ver su cara inmaculada, odio su elegancia de cuna, odio esa frialdad aristocrática con la que me habla.

Todo el mundo espera que me case con ella, mi padre me presiona, las empresas dependen de esa boda…

pero yo no la amo. Jamás la he amado como te amé a ti.

Un escalofrío helado recorrer la espina dorsal de Dafne.

Cada palabra salía de la boca de su prometido como un puñal de hielo.

Escuchar a Lisandro —el hombre con el que había planeado una vida, el hombre al que su familia había abierto las puertas de la mansión— admitir que la odiaba, que la despreciaba y que durante años la había engañado a sus espaldas con su mejor amiga, fue una destrucción más profunda que el propio choque en la carretera.

—Estar con Dafne se convirtió en una pesadilla insoportable —continuó Lisandro, sin soltarle las manos, hundiéndose más en su propia confesión.

—La rutina, esa vida monótona donde todo está calculado…

Me ahogaba a su lado. Todas las noches me repetía que debía terminar con ella de una vez por todas, romper el compromiso y mandar al demonio las apariencias para quedarme a tu lado.

Debí haberlo hecho hace tiempo, Ivanna. Pero me cobardé con la empresa, con mi padre…

y por ese maldito miedo te perdí. Estar con ella cada noche en esa cama es una condena.

Cuando la miro a los ojos, solo deseo que fuera tu rostro el que estuviera sobre la almohada.

El aire en el pasillo pareció congelarse en un instante absoluto.

Dafne no pestañeó. Dentro de su pecho, el mundo no se quebró: se atomizó en mil pedazos de cristal afilado.

Las palabras de Lisandro entraron en sus oídos como un veneno lento, goteando directamente sobre sus entrañas.

Un rugido sordo le retumbó en las sienes, tan fuerte que por un segundo el sonido del hospital desapareció por completo.

Toda su vida… toda su existencia había sido un teatro.

El compromiso, los planes de boda, los abrazos en la biblioteca, los viajes, las miradas complacientes de su madre…

nada había sido real. Había estado compartiendo su vida con un hombre que la despreciaba en secreto, un parásito que aborrecía su elegancia y que consideraba su presencia una condena.

Y mientras ella soñaba con un futuro a su lado, él se arrastraba en las sombras con su mejor amiga, con la chica a la que ella le había abierto las puertas de su casa, de su círculo, de su confianza.

La sangre le hirvió en las venas con una furia tan salvaje que sus dedos se pusieron rígidos dentro del agarre de Lisandro.

Sentía el impulso sofocante de clavarle las uñas en los ojos, de arañarle la cara, de patearlo allí mismo mientras permanecía arrodillado.

Quería gritarle que era un cobarde miserable, un traidor infecto.

Quería gritarle que la mujer que tanto aborrecía estaba viva, parada frente a él, y que la criatura con la que ahora dormía no era más que la serpiente que lo había manipulado a él también.

Pero de su garganta desgarrada no salió nada. Solo un soplo de aire caliente y mutilado.

Esa impotencia física la golpeó con la fuerza de un segundo choque. Estaba atrapada. No tenía voz para desenmascararlo, no tenía sus huellas para probar quién era y llevaba en el cuerpo la cara exacta de la amante que él tanto lloraba.

Y fue justamente en la cima de esa desesperación donde el pánico cedió paso a una claridad espeluznante.

Dafne miró a Lisandro desde arriba. Vio sus lágrimas, su cabello revuelto, la postura patética del hombre poderoso reducido a una masa de culpa y cobardía.

Vio el mapa completo de la monstruosidad: Ivanna no solo la había dejado morir en la carretera; le había robado el nombre, el apellido, la casa, la fortuna, la cara y al prometido.

Ivanna estaba caminando por los pasillos de su departamento, vistiendo su seda, usando sus perfumes y mirando a su padre a los ojos mientras ella yacía como una muerta de hambre en la beneficencia.

Una risa muda, negra y helada le brotó en el fondo del tórax.

«Quieres a tu Ivanna, Lisandro…», pensó Dafne, sintiendo cómo el corazón le latía con un ritmo lento, pesado y letal, como el de un animal de caza. «Quieres a tu amante de vuelta. Quieres librarte de Dafne. Te voy a dar exactamente lo que estás pidiendo».

Dafne aflojó la rigidez de sus manos. Dejó que sus dedos, cubiertos por las cicatrices lisas del fuego, envolvieran la palma de Lisandro. No con ternura, sino con la presión calculada de quien atrapa una presa en una red.

Lisandro sintió el contacto y levantó la vista, anhelante, buscando en los ojos de la mujer la absolución que no merecía. Vio las lágrimas que corrían por la piel operada de Dafne, pero no supo leer la naturaleza de esas lágrimas: no eran de amor ni de alivio; eran el sello de un pacto de sangre.

—Te voy a sacar de este lugar —susurró Lisandro, poniéndose de pie con torpeza y besándole los nudillos con una devoción ciega.

—No voy a regresar con ella. Voy a inventar cualquier excusa, voy a suspender la boda, voy a buscar un departamento discreto donde nadie te encuentre.

Ella no tiene por qué saber que estás viva.

Te lo juro por mi vida, Ivanna… esta vez no te voy a fallar.

Dafne asintió lentamente. Una sola vez. Un movimiento de cabeza imperceptible, frío y definitivo.

Dejó que Lisandro la estrechara contra su pecho. Apoyó la cabeza sobre el saco del hombre, sintiendo el perfume costoso que ella misma le había regalado en su último aniversario. Por encima del hombro de Lisandro, Dafne miró el pasillo vacío del hospital.

El shock había pasado. La rabia se había transformado en un acero pulido.

La mujer piadosa y educada que solía ser había muerto calcinada en el asiento del copiloto.

La criatura que ocupaba su cuerpo ahora solo tenía un propósito: usaría el amor ciego de Lisandro para convertir la vida de la impostora en un infierno, paso a paso, hasta que Ivanna deseara no haber salido jamás de esa carretera.