21. UN TRÁGICO EVENTO
UN TRÁGICO EVENTO
La luz de las once de la mañana atravesaba los ventanales de la torre corporativa con una claridad fría y uniforme.
En el piso ejecutivo de la constructora, el aire olía a moqueta limpia, café recién pasado y al zumbido discreto del aire acondicionado central.
A simple vista, la empresa intentaba recuperar la normalidad tras las semanas de luto y las auditorías congeladas; sin embargo, en los pasillos flotaba una tensión contenida, un silencio prudente entre los empleados que evitaban mencionar el nombre de Adolfo o el estado crítico de Octavio.
En su despacho de la esquina, Lisandro revisaba una pila de contratos de licitación sobre el escritorio de caoba.
Intentaba concentrarse en las cifras de los presupuestos, pero su mente volvía de manera recurrente a un bucle de cansancio y culpa.
Llevaba el nudo de la corbata ligeramente flojo y las mangas de la camisa arremangadas hasta los antebrazos.
La vida en el departamento con la “Dafne” restaurada se había convertido en un teatro diario de cortesía helada, un compromiso que cumplía por inercia pero que le dejaba la sensación de estar viviendo una existencia ajena.
La puerta de su oficina se abrió tras dos golpes suaves. Mauricio, el director financiero de la firma y uno de sus colaboradores más antiguos, entró con una carpeta de pasta dura en la mano.
—Lisandro, necesito que revises el ajuste de la fianza para el proyecto del sur antes del mediodía —dijo Mauricio, acercándose al escritorio con pasos cansinos. Lucía pálido, con sombras grises bajo los ojos que delataban las noches de trabajo acumulado.
—Déjalo sobre la mesa, Mauricio. Lo miro en un momento —respondió Lisandro sin levantar del todo la vista de los planos.
Mauricio dio un par de pasos hacia adelante, pero no soltó la carpeta. Se detuvo en seco en medio de la alfombra. Un ligero temblor le recorrió la mandíbula y se llevó la mano izquierda hacia el centro del pecho, desabotonándose el primer botón del cuello con un movimiento torpe y ahogado.
—¿Mauricio? —Lisandro levantó la cabeza, al notar la pausa prolongada.
El hombre no llegó a responder. Su rostro perdió el color en un segundo, mutando hacia un tono ceniza aterrador. Soltó la carpeta, que cayó desparramando hojas por el suelo, y se desplomó de rodillas antes de caer de costado contra el lateral del escritorio.
—¡Mauricio! —Lisandro se puso de pie de golpe, volcando la silla de cuero hacia atrás.
Se arrodilló al lado de su colega en el suelo.
Mauricio respiraba con un estertor agudo y roto, apretándose el esternón con los dedos rígidos mientras pequeñas gotas de sudor frío le brotaban en la frente.
En cuestión de segundos, la tranquilidad del piso ejecutivo se hizo pedazos.
La secretaria de gerencia apareció en el umbral, soltando un ahogado grito de pánico antes de correr al conmutador para pedir ayuda.
Los minutos siguientes se diluyeron en un caos de llamadas telefónicas y decisiones desesperadas.
La ambulancia de la clínica privada contratada por la empresa reportó una demora de más de cuarenta minutos debido a una manifestación que bloqueaba la avenida principal del sector financiero.
Mauricio, entretanto, comenzaba a perder el conocimiento en el piso de la oficina, con el pulso volviéndose cada vez más débil e irregular.
—No podemos esperar a la ambulancia del seguro, se nos va a morir aquí —sentenció el jefe de seguridad de la torre, sosteniendo el torso del ejecutivo.
—Súbanlo a mi camioneta. Ahora mismo —ordenó Lisandro, tomando las llaves de su bolsillo con manos temblorosas.
Entre el chofer y el guardia cargaron a Mauricio hasta el ascensor de servicio y bajaron al sótano.
Salieron a la calle esquivando el tráfico pesado del mediodía.
La urgencia médica no admitía cruzar la ciudad hacia las clínicas del sur; el único centro de salud con unidad de cuidados intensivos vasculares que quedaba a menos de seis cuadras de distancia, fuera del radio de la manifestación, era el Hospital General.
La entrada por la rampa de emergencias del hospital fue una marea de ruidos estruendosos y órdenes cruzadas. Los paramédicos de guardia reaccionaron con la rapidez del trauma público, tomando la camilla de Mauricio y cruzando a toda prisa las puertas dobles de batiente hacia la sala de reanimación.
Lisandro intentó seguir la camilla, pero un enfermero de guardia le frenó el paso en el umbral del pasillo de acceso.
—Hasta aquí no más, caballero. Debe esperar en la sala de recepción o en el patio mientras los médicos evalúan el cuadro —dijo el enfermero, señalando la rampa interior antes de desaparecer tras las puertas de metal.
Lisandro se quedó solo en mitad del corredor de emergencias.
El cambio de atmósfera fue violento: de la asepsia silenciosa de su oficina al olor denso a desinfectante industrial, fenol y piso húmedo.
El bullicio de los familiares que aguardaban noticias en las bancas de madera, los niños llorando y el sonido de las sillas de ruedas rascando el suelo le resultaban abrumadores.
Pasó casi una hora. La incertidumbre se volvía más densa con cada minuto.
Lisandro caminaba de un lado a otro en la sala de espera, mirando el reloj de pared cuyo segundero parecía avanzar con una lentitud exasperante.
Finalmente, un médico de guardia con el ambo manchado de antiséptico salió de la zona de reanimación.
—¿Familiar de Mauricio? —preguntó el médico mirando una libreta.
—Soy su socio. ¿Cómo está? —se apresuró a responder Lisandro.
—Logramos estabilizarlo. Tuvo un infarto agudo de miocardio, pero la respuesta rápida evitó un daño irreversible.
Lo estamos trasladando a la unidad de cuidados intensivos en el tercer piso para observación continua.
Debe quedarse ahí ingresado. Si desea acompañarlo para el trámite de ingreso, suba por la rampa central.
Lisandro exhaló un suspiro largo, sintiendo que la tensión acumulada en los hombros comenzaba a ceder ligeramente. Asintió hacia el médico y caminó hacia la rampa de concreto que conectaba la planta baja con los pabellones de hospitalización de la beneficencia.
El tercer piso conservaba una quietud muy distinta al caos de urgencias; era un ambiente cansado, casi de convento abandonado. Las paredes de color verde oliva estaban iluminadas por la luz sesgada que entraba por los ventanales altos que daban al patio interior.
Lisandro llegó a la recepción del área de traumatología y cuidados intermedios.
Habló con la enfermera de turno, una mujer mayor que revisaba unos ficheros de cartón, y completó con su firma los formularios iniciales de ingreso mientras llegaban los familiares directos de Mauricio.
El trámite fue lento, interrumpido por sellos burocráticos y preguntas administrativas sobre la cobertura del seguro.
—El paciente ya está acomodado en el pabellón B, pero por ahora solo se permite el ingreso de un familiar directo —le informó la enfermera sin levantar mucho la vista.
—Si gusta, puede esperar en el pasillo lateral o en la zona de descanso del fondo mientras el cardiólogo termina la revisión de la tarde.
—Está bien, gracias. Esperaré un momento afuera —respondió Lisandro.
Necesitaba un respiro. El olor espeso del hospital y la tensión de la mañana le habían dejado un sabor amargo en la boca y un dolor sordo detrás de los ojos.
Se internó por el pasillo lateral del edificio antiguo, una galería larga y silenciosa que conectaba la zona de hospitalización con las salas de recuperación facial y los quirófanos de la beneficencia.
El pasillo estaba desierto a esa hora. Las puertas de madera de las habitaciones permanecían entreabiertas, dejando ver camas de metal y el goteo constante de los sueros.
Lisandro caminó a paso lento, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo de lana, escuchando únicamente el eco amortiguado de sus propios pasos sobre el linóleo desgastado.
Al llegar al final del corredor, en un recodo formado por la entrada a la sala de traumatología y la escalera de servicio, vio una vieja máquina expendedora de café de metal descascarado. Su compresor zumbaba con un tono grave y rítmico en la soledad del área.
Lisandro se acercó a la máquina con la intención de tomar un vaso de algo caliente que le quitara el frío de encima.
Sacó un par de monedas del bolsillo, pero justo cuando estaba a tres pasos del teclado metálico, escuchó un movimiento suave de tela y el sonido de un vaso de papel al ser depositado sobre la superficie de plástico.
Se detuvo.
Junto a la máquina, de espaldas a la luz de la ventana alta, había una mujer en bata hospitalaria.