29. LA ANATOMÍA DEL ENGAÑO
LA ANATOMÍA DEL ENGAÑO
El quinto día amaneció con un sol pálido que apenas lograba atravesar la bruma densa sobre el puerto. El departamento estaba repleto de maletas listas, los pasaportes sobre la barra de la cocina y el ambiente impregnado de esa electricidad única que antecede a una huida definitiva.
Lisandro servía dos copas de champán con las manos temblorosas de entusiasmo. Llevaba puesto un traje de viaje impecable y no dejaba de mirar el reloj de pared.
—En tres horas sale el vuelo —dijo, acercándose a la ventana del balcón con una copa en cada mano—. Cuentas en Panamá limpias, los pasajes listos y ese maldito apellido Elizalde quedando atrás para siempre. Nos costó la vida, Ivanna… pero lo logramos.
Dafne permanecía de pie en el centro de la sala, vestida con un abrigo negro de corte recto.
Tenía las manos ocultas dentro de los bolsillos profundos.
Su rostro, enmarcado por las cicatrices de la piel esculpida, mostraba una serenidad gélida que Lisandro, en su ceguera, interpretó como la paz previa al viaje.
—¿Te sirvo una copa, mi amor? —preguntó él, girándose con una sonrisa radiante.
—No —respondió Dafne.
Su voz ya no era el murmullo agónico de una convaleciente. Salió de su garganta con una claridad cristalina, firme y redonda. La entonación aristocrática, la cadencia elegante y la seguridad impecable que Lisandro conocía desde hacía años resonaron en el espacio cerrado del departamento.
Lisandro se congeló a mitad de paso. La sonrisa se le desdibujó de golpe, arrugando las comisuras de los labios en una rictus de desconcierto.
—¿Ivanna…? —murmuró, parpadeando despacio—. ¿Qué… qué le pasó a tu voz?
—No le pasó nada, Lisandro —dijo ella, dando un paso lento hacia él, sacando las manos de los bolsillos. En la mano derecha sostenía un bisturí quirúrgico de hoja ancha, limpio y reluciente—. Esta siempre fue mi voz.
Un silencio espeso cayó sobre la sala.
—No entiendo… —balbuceó él, soltando una risa nerviosa que sonó patética en la quietud de la habitación—. Estás jugando. La anestesia o el trauma te están haciendo hablar así…
—Supe todo desde el primer segundo —lo interrumpió ella, manteniendo una mirada tan helada que le cortó el aire en los pulmones—.
Desde que me tocaste las manos en el pasillo del hospital.
Escuché cada una de tus confesiones, Lisandro.
Escuché cómo despreciabas mi vida, cómo celebrabas la muerte de mi madre y cómo planeabas usarme para robarte el patrimonio de los Elizalde.
Las copas de cristal temblaron en las manos de Lisandro. El licor espumoso se derramó sobre la alfombra.
—¿De qué estás hablando? ¡Tú eres Ivanna! —gritó él, echando la cabeza hacia atrás, cayendo en una espiral acelerada de confusión y pánico—. ¡Yo te vi! ¡El doctor Ortega me dijo que tú eras la que sobrevivió! ¡Tú no eres Dafne!
—La mujer que estaba en el penthouse era la rata a la que llamaba amiga —dijo Dafne con una sonrisa implacable—. Y la mujer que tienes enfrente… es la prometida a la que dejó quemar en la carretera.
—No… no, no, eso es imposible —suplicó Lisandro, retrocediendo dos pasos hasta chocar la espalda contra el ventanal del balcón. El rostro se le cubrió de un sudor frío y grasiento—. ¡Tú me besaste! ¡Me acariciaste! ¡Pasamos cinco días aquí planeando el futuro!
—Soporté cinco días el asco de tu aliento y el roce de tus manos simiescas solo para ver cómo reunías cada centavo de mi dinero en un solo lugar —sentenció Dafne, avanzando con la paciencia de un verdugo—. Quería que sintieras la gloria del triunfo antes de meterte en la tumba.
Lisandro dejó caer las dos copas. El cristal se estrelló contra el piso de madera en un chasquido sordo.
—¡Dafne, por favor! —chilló él, alzando las manos con un temblor descontrolado, perdiendo toda la postura de hombre de negocios—.
¡Ella me sedujo! ¡Ivanna me manipuló desde el principio!
Te juro por Dios que yo te amaba, yo solo quería proteger la empresa, ¡podemos usar ese dinero para empezar de nuevo tú y yo!
Dafne no respondió con palabras. Cambió la mirada. Su rostro simuló una repentina debilidad, aflojando los hombros y dejando caer las lágrimas que tenía contenidas, fingiendo un quiebre emocional absoluto.
—Lisandro… —murmuró con voz quebrada, abriendo los brazos—. ¿En verdad me amabas?
Lisandro, atrapado en su propia cobardía y creyendo que su manipulación habitual aún podía salvarlo, soltó un suspiro de alivio desbordado. Creyó que la mujer rica y frágil de siempre estaba cediendo.
—Sí, mi amor, sí… —sollozó él, dando un paso al frente para envolverla en un abrazo desesperado—. Siempre fuiste tú… solo tú…
En el preciso instante en que Lisandro pegó su pecho contra el de ella y le rodeó la espalda con los brazos, la ilusión se extinguió.
Dafne le rodeó el cuello con el brazo izquierdo, pegando su mejilla a la de él. Con la mano derecha, impulsada por meses de humillación y el dolor de su madre muerta, clavó el bisturí en el lado izquierdo del cuello de Lisandro.
El acero entró fino y profundo. Dafne tiró de la hoja hacia afuera con un rasgado seco.
Un chorro de sangre caliente y a presión brotó de la garganta de Lisandro, manchando el abrigo negro de Dafne y empapando la pared blanca del balcón.
Lisandro dejó escapar un borborogmo ahogado.
Las manos se le fueron a la garganta intentando contener la marea roja, pero la fuerza se le evaporó de las piernas en tres segundos.
Se desplomó sobre la alfombra, cayendo de espaldas, ahogándose en su propia sangre mientras los ojos se le desorbitaban por el pánico.
Dafne se arrodilló sobre él, con la ropa manchada de rojo y la cara salpicada por las gotas de la carótida. No había rabia descontrolada en sus movimientos; había un ritual de mutilación poético y metódico.
—Estas manos… —susurró Dafne, sujetándole la mano derecha y apoyándola sobre el piso—. Con estas manos firmaste la traición, con estas manos tocaste a la rata y estrechaste las de mi padre.
Con dos trazos rápidos y profundos del bisturí, Dafne le cortó los tendones principales de las muñecas y los flexores de los dedos, inutilizándole las manos para siempre en medio de los espasmos del hombre.
Lisandro emitía un silbido agónico, intentando mover la boca, pidiendo una piedad que ya no existía en esa habitación.
—Estos labios… —continuó Dafne, posando la punta del acero sobre su boca—. Los labios con los que juraste amarme, los mismos con los que me besabas a mí mientras besabas a Ivanna a mis espaldas.
Dafne le hincó la hoja en las comisuras y rebanó los labios de un solo corte horizontal, dejándole la dentadura expuesta en un rictus sangriento y grotesco.
Lisandro retorcía el torso en convulsiones, sintiendo cómo la vida se le escapaba a chorros por el cuello, atrapado en un dolor indescriptible.
—Y estos ojos… —dijo Dafne, inclinándose sobre su cara, mirándolo directamente a las pupilas dilatadas que se apagaban—. Los ojos con los que me miraste pretendiendo amor falso mientras planeabas dejarme sin nada.
Sin vacilar, Dafne hundió la punta del bisturí en ambos globos oculares, cortando la visión del hombre segundos antes de su último aliento, sumiéndolo en la oscuridad absoluta que él le había destinado a ella.
Lisandro quedó inerte sobre la alfombra, cubierto en su propia marea roja, desangrado, mutilado y reducido a una ruina humana.
Dafne se mantuvo de pie sobre el cadáver. Inclinó la cabeza hacia abajo, observando el cuerpo inerte del hombre que alguna vez creyó que era el amor de su vida.
—Ivanna murió hace tres días en el pabellón de la beneficencia —susurró Dafne hacia el oído del cadáver, pronunciando las últimas palabras que Lisandro no llegó a escuchar en vida—. Le borré la cara con este mismo acero. Se quedó tullida, sin voz y sin nombre… exactamente igual que tú.
Dafne soltó el bisturí ensangrentado, que cayó con un golpeteo metálico al lado del cuerpo.
Caminó hacia el baño, se lavó la cara con agua helada y se quitó el abrigo manchado, dejándolo caer sobre el cuerpo de Lisandro.
De la mesa de centro tomó la carpeta de cuero con las claves bancarias de Panamá, los cincuenta mil dólares en efectivo y su pasaporte con la identidad oficial de Dafne Elizalde.
Salió al balcón, respiró el aire salado del océano y contempló la ciudad a lo lejos. La mentira se había consumado. Los traidores estaban destruidos, y la verdadera heredera estaba lista para regresar a reclamar lo que siempre fue suyo.