17. LA SOMBRA DE LA AMANTE
LA SOMbrA DE LA AMANTE
El silencio que se instaló en el departamento tras los entierros de Leonor y el colapso de Octavio no era de paz, sino de devastación.
Para la opinión pública y los socios corporativos, los Elizalde y sus futuros consuegros atravesaban una racha de tragedias inexplicables; para Ivanna, era la calma pesada que sigue a una tormenta de sangre.
Las auditorías financieras de Octavio habían quedado suspendidas por orden médica mientras el financista permanecía en estado crítico en la unidad de cuidados intensivos, y Adolfo, sumergido en un luto alcohólico, había delegado la firma de los cheques operativos en Lisandro.
Legal y tácticamente, Ivanna había ganado.
La máscara estaba a salvo de jueces y peritos.
Sin embargo, en la intimidad de las cuatro paredes del departamento de lujo, una nueva grieta comenzó a abrirse, esta vez más sutil y tenebrosa.
Lisandro había cambiado.
Durante las primeras semanas tras la salida de la clínica, Lisandro se mostraba atento, protector, casi obsesivo con el cuidado de su “prometida”.
Pero a medida que los días pasaban y las muertes se acumulaban, el hombre comenzó a replegarse en una distancia glacial.
Ya no la buscaba por las noches. Se acostaba al borde extremo de la cama king-size, dando la espalda y manteniendo una rigidez corporal que Ivanna sentía como un muro de hielo.
Cuando ella intentaba tocarlo o le hablaba en el tono melódico que había ensayado de Dafne, Lisandro respondía con monosílabos secos, apartando la mirada con una incomodidad casi física.
Para una mente devorada por el insomnio y la paranoia, el comportamiento de Lisandro solo podía significar una cosa: él lo sabía.
Ivanna pasaba las tardes observándolo en secreto a través del reflejo de los ventanales.
Veía cómo Lisandro la miraba cuando él creía que ella no se daba cuenta.
No era la mirada de un hombre enamorado, ni siquiera la de un novio afligido por las tragedias familiares; era una mirada de extrañeza, de evaluación constante, teñida por una duda profunda.
«Vio el error de la mano diestra en la biblioteca», se decía Ivanna a sí misma en la penumbra del vestidor, apretándose las sienes mientras el tic nervioso de su muñeca izquierda no dejaba de pulsar.
«O encontró los cheques. O la madre le dijo algo antes de morir.
Sabe que no soy Dafne. Está juntando valor para denunciarme o para destruirme».
La paranoia de Ivanna alcanzó su punto de ebullición.
La idea de que el hombre por el que había arriesgado todo, el hombre que la había metido en esta farsa, la estuviera analizando en silencio como a una extraña, la estaba volviendo loca.
No podía permitir que Lisandro fuera el cabo suelto que derrumbara su imperio.
Si él sospechaba la suplantación de identidad, tendría que silenciarlo a él también.
La oportunidad para la confrontación ocurrió una noche de tormenta baja, cuando el viento hacía crujir las estructuras de cristal del edificio.
Lisandro había regresado tarde de la oficina.
No se había quitado el traje negro de luto, solo la corbata, que descansaba desanudada sobre su cuello.
Estaba de pie en el bar de la sala, sirviéndose un vaso ancho de whisky con manos torpes.
El cristal del vaso tintineaba contra la botella, revelando un temblor que intentaba disimular.
Ivanna salió del pasillo en silencio, vistiendo la bata de seda negra de Dafne. No hizo ruido al caminar sobre la alfombra persa, apareciendo a su lado como una sombra.
—Llegas tarde —dijo Ivanna. Su voz brotó con la cadencia educada de la heredera, pero con un filo cortante en los bordes.
Lisandro dio un salto sutil, casi derramando el licor sobre el granito. Miró a Ivanna de reojo, suspiró con pesadez y le dio un trago largo al vaso sin responder.
—Llevas días evitándome, Lisandro —continuó ella, dando un paso más hacia él, acortando la distancia física. —Apenas me miras. No me tocas. Cuando te hablo, parece que estuvieras escuchando a un fantasma. ¿Se puede saber qué te pasa?
—Estoy cansado, Dafne —respondió Lisandro con la voz apagada, apoyando las manos en el borde de la barra y mirando el fondo de su vaso. —Mi padre está moribundo en una clínica, tu madre acaba de ser enterrada y la empresa se cae a pedazos. Entiende que no tengo cabeza para romanticismos.
—No se trata de romanticismo, Lisandro. Se trata de cómo me miras —sentenció Ivanna, bajando el tono de voz a una frecuencia rasposa, quitándose la máscara de dulzura por un segundo. —Me miras como si fuera un monstruo. Como si estuvieras buscando algo debajo de mi piel.
Lisandro se congeló. Levantó la cabeza despacio y la miró directamente a los ojos. En la penumbra de la sala, la luz tenue del bar dibujaba sombras marcadas sobre el rostro esculpido de Ivanna.
—A veces me cuesta mirarte, Dafne —confesó Lisandro en un murmullo que sonó como un lamento rancio.
El corazón de Ivanna dio un vuelco brutal.
La confirmación parecía estar ahí, a un milímetro de pronunciarse.
Metió la mano derecha en el bolsillo de su bata, apretando los dedos alrededor de una tijera de costura afilada que había tomado del costurero horas antes por si la confrontación se volvía violenta.
—¿Por qué? —preguntó Ivanna, dando un paso al frente, con los músculos en tensión, lista para atacar si él pronunciaba la palabra suplantación. —Dilo, Lisandro. ¿Por qué te cuesta mirarme? ¿Qué es lo que ves cuando me tienes enfrente?
Lisandro soltó una risa amarga, un sonido quebradizo que denotaba una desolación absoluta. Dejó el vaso sobre la barra con un golpe sordo y se pasó ambas manos por la cara, hundiendo los dedos en su cabello.
—Veo la perfección, Dafne —dijo él, y su voz se rompió por completo. —Veo tu rostro restaurado. Veo la casa, el apellido, la boda que todo el mundo espera. Veo exactamente lo que se supone que debo amar… y me siento un maldito miserable.
Ivanna no se movió. Su mano continuó apretando las tijeras dentro del bolsillo, pero el ceño se le frunció con desconcierto.
—¿De qué estás hablando?
Lisandro dio un paso hacia ella, tropezando ligeramente por el alcohol. La tomó por los hombros con una desesperación torpe, mirándola a los ojos con una vulnerabilidad que Ivanna no esperaba.
—No puedo más con esto, Dafne… No puedo seguir fingiendo —sollozó Lisandro, dejando caer la cabeza sobre el hombro de ella, sin notar la rigidez mortal del cuerpo de la impostora.
—Pensé que con el tiempo, cuando te recuperaras de la cirugía y volvieras a casa, las cosas regresarían a la normalidad.
Pensé que ver tu cara limpia y sin cicatrices me devolvería la paz.
Pero no puedo. Cada vez que te miro, cada vez que te abrazo… solo puedo pensar en ella.
Ivanna se quedó petrificada. El aire se le congeló en la garganta.
—¿En… ella? —susurró Ivanna, sin atreverse a mover un solo músculo.
—En Ivanna —confesó Lisandro, rompiendo a llorar abiertamente sobre el cuello de la mujer que llevaba la cara de la heredera. —En mi Ivanna. La mujer que murió en ese maldito auto por mi culpa. La mujer a la que tuve que abandonar quemándose en la carretera para salvar mi pellejo.
El silencio que siguió en la sala fue tan denso que el ruido de la lluvia afuera pareció desaparecer. Ivanna aflojó lentamente el agarre de los dedos sobre las tijeras dentro de su bolsillo. La revelación le cayó encima con el peso de una ironía colosal y macabra.
Lisandro no sospechaba de la suplantación. No había descubierto los cheques, ni las firmas, ni el error de la mano diestra. La distancia, la frialdad y las miradas de sospecha no nacían del descubrimiento de la mentira, sino de la culpa y la lujuria reprimida.
El hombre al que ella creía su verdugo estaba consumido por el dolor de haber perdido a su amante.
Atrapado en la jaula de oro de la alta sociedad, obligado a casarse con la “Dafne” perfecta y aristocrática, Lisandro extrañaba con locura a la Ivanna pobre, a la mujer pasional y secreta que él creía hecha cenizas en el fondo de un barranco.
—Todas las noches cierro los ojos y la veo a ella —continuó Lisandro, desahogándose sin saber que le hablaba a la mismísima mujer por la que lloraba.
—Extraño su voz. Extraño cómo me tocaba sin la frialdad de tu clase social.
Extraño a la mujer real, Dafne. Tú tienes la cara perfecta que Ortega te arregló, tienes el apellido de tu padre, pero no eres ella.
Tú no me enciendes la sangre como lo hacía Ivanna.
Estoy atrapado contigo por el deber y por el dinero, pero mi alma se quedó en esa autopista con ella.
Ivanna permaneció inmóvil mientras Lisandro la abrazaba con torpeza, buscando en la piel de la heredera el consuelo para la muerte de la amante.
Por dentro, una tormenta de emociones encontradas la desgarró.
Una parte de su ego, la mujer humillada que solía ser la sombra de Dafne, sintió un triunfo perverso: el hombre de cuna de oro la prefería a ella, a la pobre, por encima de la heredera millonaria.
Lisandro despreciaba la perfección que Ortega le había esculpido porque extrañaba la carne imperfecta y pasional de Ivanna.
Pero la otra parte de ella —la asesina fría que había matado a Silva y a Leonor para convertirse en una Elizalde— sintió un asco profundo.
Lisandro era un cobarde patético. Lloraba por un fantasma mientras se abrazaba a la fortuna de los muertos.
Se sentía miserable por infidelidad y remordimiento, no por la sangre que se había derramado para mantener el imperio en pie.
—Ya pasó, Lisandro… ya pasó —murmuró Ivanna, pasando sus brazos alrededor del cuello de su prometido, acariciándole la nuca con una frialdad matemática.
Le ofreció el consuelo de una falsa Dafne mientras su mente, agudizada por el alivio de no haber sido descubierta, reacomodaba las piezas del juego.
El peligro en el departamento era una ilusión nacida de su propio insomnio.
Lisandro era inofensivo, un títere manejado por la culpa que no representaba una amenaza para la farsa.
—Tienes que superar el pasado —susurró Ivanna en su oído, con una sonrisa helada que se dibujó en su rostro en la oscuridad. —Ivanna está muerta. Ya no existe. La única mujer que tienes enfrente, la única que te queda… soy yo.
Lisandro asintió entre sollozos, apretándola contra su pecho, sin sospechar que el fantasma que tanto lloraba no estaba bajo tierra en la autopista, sino sosteniéndolo en sus brazos, vistiendo seda de miles de dólares y contando los días para la boda que la consagraría como dueña absoluta de todo.
Ivanna cerró los ojos, sintiendo por primera vez en semanas que la paranoia se disipaba ligeramente.
Sin embargo, en el fondo de su conciencia, una inquietud volvió a pulsar.
Si la amenaza dentro de la casa era solo un drama sentimental, el destino estaba guardando el verdadero golpe para el exterior.
Y a pocos kilómetros de allí, en la penumbra de una cama de hospital, la mujer a la que Lisandro extrañaba sin saberlo comenzaba a abrir los párpados bajo las vendas.