16. EL REFLEJO DUPLICADO
EL REFLEJO DUPLICADO
El pabellón de traumatología facial del Hospital General conservaba el aura impersonal, descolorida y áspera de la sanidad pública.
Muy lejos del lujo silencioso y la asepsia perfumada de las clínicas, aquí el ambiente estaba impregnado por una mezcla densa de yodo, gasas húmedas y el olor dulzón de los antisépticos de bajo costo.
La iluminación no dependía de dicroicos cálidos, sino de tubos fluorescentes intermitentes que zumbaban con un eco molesto en el techo agrietado.
Para el doctor Ortega, sus horas de servicio social en la beneficencia no eran más que una obligación burocrática para mantener las exenciones fiscales de su clínica privada, pero la Paciente Ivanna de la Cama Cuatro se había convertido en un trofeo anatómico que estimulaba su narcisismo profesional.
En la alta sociedad esculpía la vanidad de los ricos; en el hospital se enfrentaba a la reconstrucción de la carne destrozada.
A las dos de la madrugada, Ortega se encontraba en la diminuta oficina de guardia del tercer piso, rodeado de archivadores de metal oxidados y carpetas de cartón acumuladas.
Entre los folios arrugados del expediente de urgencias, se encontraba una bolsa de plástico transparente marcada con la cinta amarilla de la policía de tránsito. Contenía el único objeto personal rescatado el día del choque. La licencia de conducir de Ivanna.
Ortega extrajo la tarjeta de plástico y observó la fotografía oficial.
La luz blanca de la lámpara reveló las facciones de la amiga pobre: los pómulos marcados pero rectos, las cejas tupidas, la nariz con una ligera concavidad en el puente y una distancia particular entre la comisura de los labios y la barbilla.
Para la lógica del hospital, ese documento pertenecía a la mujer viva que yacía en la Cama Cuatro.
—Una estructura simétrica… —murmuró Ortega para sí mismo, pasando la yema del dedo sobre la imagen plastificada de Ivanna. —Un rostro de trazos limpios, aunque marcadamente comunes.
El médico tomó la fotografía y la colocó sobre la pantalla del negatoscopio, al lado de la tomografía del cráneo destrozado.
En su mente, acostumbrada a proyectar volúmenes y planos de sustentación, la ecuación se resolvió con una lógica matemática equivocada: usaría las proporciones de esa foto como el mapa arquitectónico para guiar su bisturí.
Con la soberbia de quien se cree un creador, decidió que no se limitaría a reparar el daño; reconstruiría el rostro exacto de la mujer del documento.
Sin saberlo, el cirujano tejía la trampa más macabra de la historia: mientras en la clínica la impostora disfrutaba de la carne esculpida de la heredera, en el quirófano de la beneficencia se preparaba para moldear la carne de la verdadera Dafne hasta transformarla en el vivo retrato de Ivanna.
A las tres de la mañana, la sala de operaciones número tres estaba lista.
El frío del aire acondicionado central era glacial.
El equipo de anestesiología mantenía a Dafne en un coma farmacológico profundo, regulado por el silbido rítmico y monocorde del respirador mecánico que inflaba sus pulmones de manera artificial.
El doctor Ortega se lavó los brazos hasta los codos con jabón de yodopovidona, entró al quirófano con las manos en alto y dejó que la enfermera le colocara la bata estéril y los guantes de látex con un chasquido seco.
Sobre la bandeja de acero inoxidable, el instrumental quirúrgico —escalpelos con hojas de bisturí número quince, sierras gigli, cinceles de óseo de tres milímetros y diminutas placas de osteosíntesis de titanio— brillaba con un destello azulado.
Pegada en el cristal de la pared del quirófano, como una estampilla sacra o un plano de construcción, se exhibía la fotografía ampliada de la licencia de Ivanna.
—Iniciamos abordaje coronal y osteotomía de reposicionamiento —anunció Ortega a su asistente, extendiendo la mano sin mirar.
La enfermera colocó el bisturí en su palma.
Ortega realizó la primera incisión siguiendo la línea del cuero cabelludo, desde la parte superior de una oreja hasta la otra, desplegando el colgajo de piel hacia abajo para dejar al descubierto la estructura ósea del rostro.
El sonido húmedo del tejido separándose resonó en el silencio de la sala, acompañado solo del monitor cardíaco.
Durante las siguientes nueve horas, Ortega operó con una devoción casi religiosa.
Con el cincel y el martillo de precisión, fue liberando los fragmentos de hueso consolidados de forma anómala.
Insertó las microplacas de titanio y las fijó con tornillos de milímetro y medio, moldeando el pómulo izquierdo no según la genética de la paciente, sino según el ángulo recto de la fotografía de Ivanna.
—Mire la proyección del puente nasal, doctor —comentó el residente de guardia, observando cómo Ortega limaba el cartílago septal. —Está cambiando por completo la prominencia original.
—No estamos improvisando, doctor —respondió Ortega con frialdad, sin detener el trabajo de la lima. —Estamos restaurando la anatomía documentada. La paciente debe reconocerse en el espejo cuando despierte. Cualquier desviación del documento oficial sería una negligencia de nuestra parte.
Con cada punto de sutura, con cada doblez en el cartílago, la identidad biológica de la auténtica Dafne Elizalde era sepultada.
El cirujano estiró la piel recuperada de las mejillas, adaptándola a la nueva estructura metálica subyacente.
Redujo la proyección del labio superior y ajustó la caída del párpado para que coincidiera milimétricamente con la mirada de la foto.
A las seis de la mañana, cuando los primeros rayos de luz filtraban la bruma de la ciudad a través de los ventanales del hospital, la intervención concluyó. Ortega dio la última puntada con hilo monofilamento transparente detrás del lóbulo de la oreja derecha.
La mujer en la mesa de operaciones ya no era una masa amorfa.
Debajo de la inflamación severa, de los moretones violáceos y de la red de puntos negros que parecían ciempiés sobre la carne, la silueta de Ivanna había renacido en el cuerpo de la heredera.
La impostura se había duplicado en el espejo de la realidad.
—Llévenla a cuidados intensivos —ordenó Ortega, retirándose los guantes manchados y arrojándolos al cubo de desechos biológicos. —Mantengan los vendajes de compresión rígidos durante diez días. No quiero que nada desplace las placas de titanio.
En el polo opuesto de la ciudad, Ivanna continuaba atrapada en el purgatorio del insomnio.
La muerte de Octavio en la autopista había congelado momentáneamente las auditorías financieras, pero la falta de descanso comenzaba a desmantelar la solidez de sus nervios.
Llevaba más de setenta y dos horas sin lograr más que un sopor intermitente y agitado, salpicado por pesadillas donde el agua del desagüe del hospital se teñía de sangre y el chasquido del cráneo de Silva retumbaba en las paredes.
A las ocho y media, mientras Lisandro dormía en la habitación bajo el efecto de un sedante, Ivanna se encontraba de pie en el vestidor, frente al gran espejo de cuerpo entero.
Vestía una bata de seda de color borgoña que pertenecía al guardarropa de Dafne.
El apartamento estaba sumido en una quietud de tumba, interrumpida solo por el murmullo de la lluvia fina que golpeaba los cristales de la sala.
Ivanna se acercó al cristal hasta que la distancia entre su rostro y su reflejo fue de apenas unos centímetros. Sus ojos, enmarcados por sombras oscuras y venas rojas debido al cansancio, examinaron con fijación obsesiva cada línea de su piel.
De repente, su muñeca izquierda dio un salto involuntario. El tic nervioso reapareció con una sacudida seca que hizo que su mano golpeara el marco de madera del espejo.
Al parpadear para enfocar la vista, la fatiga mental y la paranoia le jugaron una trágica ilusión óptica: por un segundo, la luz que entraba por el tragaluz pareció distorsionar la imagen del espejo.
No vio las facciones perfectas y aristocráticas de Dafne Elizalde.
Vio su propia cara antigua —la cara con la que había nacido, la cara de la chica pobre— mirándola desde el fondo del cristal, pero cubierta de vendas ensangrentadas y con los ojos abiertos en una mueca de agonía.
Ivanna soltó un ahogado chillido de pánico y dio dos pasos hacia atrás, tropezando con el otomano del vestidor.
Apoyó la espalda contra la pared, respirando por la boca en bocanadas cortas y desesperadas.
Se frotó los párpados con los puños hasta ver estrellas de luz, intentando expulsar la imagen de su cabeza.
—Es el cansancio… solo es el maldito cansancio —se repetía en un susurro ronco, apretándose las sienes con los dedos.
Volvió a mirar. El espejo mostraba nuevamente a la elegante heredera de los Elizalde, inmaculada, perfecta, vistiendo seda cara.
Pero la sensación de contaminación ya no se disipó.
El rostro que Ortega le había esculpido no se sentía como una conquista; comenzaba a sentirse como una máscara de yeso pesado que se estaba adhiriendo a sus músculos, amenazando con asfixiarla desde adentro.
Caminó hacia la mesa de noche con pasos vacilantes.
Abrió el cajón, tomó dos cápsulas de ansiolíticos del frasco de Lisandro y se las tragó secas, sintiendo el amargor de la medicina raspándole la garganta.
Necesitaba dormir. Necesitaba apagar la maquinaria infernal de su cerebro antes de que la cordura se le escapara por completo entre los dedos.
Ignoraba que la ilusión del espejo no era una simple alucinación de su insomnio.
Ignoraba que, en ese preciso instante, en la penumbra helada del tercer piso del Hospital General, la mujer a la que le había robado la existencia yacía en una cama metálica con el rostro cubierto de gasas, comenzando a mover los dedos sobre la sábana, lista para despertar en el mundo con las facciones exactas de la impostora.