15. EL SABOTAJE
EL SABOTAJE
La noche previa al plazo impuesto por Octavio se extendió como un desierto de vigilia absoluta.
En el silencio sepulcral del apartamento, rota únicamente por la respiración pesada y arrítmica de Lisandro, Ivanna permanecía con los ojos abiertos, fija en la oscuridad del techo.
La paranoia, alimentada por el cansancio acumulado y la adrenalina constante, empezaba a desbordarse por los bordes de su mente.
El insomnio ya no era solo una consecuencia; era una prisión.
Cada crujido de la madera, cada silbido del viento contra los ventanales de la sala, le parecía el avance sigiloso de un inspector o el susurro acusador de Leonor.
Ya no podía dormir. Si cerraba los ojos, el vacío la reclamaba y el dolor latente detrás de sus orejas —allí donde el doctor Ortega había anudado su nueva carne— reaparecía con una vibración punzante.
Sabía que no tenía margen de maniobra. Octavio no era Adolfo, a quien el dolor había quebrado, ni Lisandro, a quien el miedo sometía.
Octavio era un contable implacable que veía el mundo a través de balances y firmas; un hombre que destruiría la farsa en el momento exacto en que el reloj marcara el fin de las veinticuatro horas.
A las tres de la madrugada, Ivanna se levantó de la cama con movimientos felinos.
Se vistió con ropa deportiva oscura, holgada, y metió en el bolsillo de su casaca la navaja multiusos que guardaba en el fondo del cajón.
Salió del apartamento sin hacer ruido, evitando el ascensor principal para no dejar un registro digital de su descenso, y utilizó las escaleras de emergencia hasta llegar al segundo sótano del edificio de estacionamientos de la torre corporativa, el lugar donde Octavio dejaba su vehículo de lujo durante las largas jornadas que pasaba revisando las auditorías.
El sótano estaba sumido en una penumbra grisácea, interrumpida solo por el parpadeo moribundo de un tubo fluorescente al fondo del pasillo.
El olor a monóxido de carbono estancado y a humedad le resecó la garganta.
Ivanna se movió entre las sombras, mimetizándose con las columnas de concreto hasta localizar el sedán gris oscuro de Octavio.
Se arrodilló junto al neumático delantero izquierdo.
Sus manos, cubiertas por delgados guantes de látex, se movieron con una precisión desesperada.
No era ingeniera mecánica, pero la necesidad y el instinto de supervivencia le habían otorgado una claridad fría.
Abrió la hoja dentada de la navaja y se introdujo bajo el chasis, buscando el latiguillo flexible del sistema de frenos hidráulicos.
Cortar la manguera por completo habría sido un error burdo: el líquido se vaciaría en el piso del estacionamiento, el indicador del tablero se encendería al arrancar y Octavio jamás saldría del lugar.
El corte tenía que ser quirúrgico. Apoyó el filo sobre la goma reforzada y ejerció una presión medida, aserrando el conducto hasta dejar una incisión profunda pero incompleta.
La estructura de la manguera resistiría la presión baja de las calles interiores y la salida del edificio, pero en cuanto Octavio tomara la autopista de circunvalación para dirigirse al sepelio de Leonor y pisara el pedal a alta velocidad, la presión hidráulica del sistema reventaría el caucho debilitado de golpe.
El sedán se convertiría en un proyectil ingobernable de dos toneladas a más de cien kilómetros por hora en la bajada hacia el acantilado.
Ivanna guardó la herramienta, se limpió el polvo de las rodillas y regresó al apartamento trepando los peldaños en la oscuridad, con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado.
Había diseñado la caída del financista con los mismos números fríos con los que él pretendía destruirla.
El amanecer trajo consigo una neblina densa que borraba los pisos superiores de los edificios de la ciudad.
A las ocho de la mañana, el apartamento se mantenía en un silencio tenso mientras Lisandro terminaba de abotonarse el traje negro para el funeral de su suegra.
Ivanna observaba la escena desde el umbral de la habitación, vestida también de luto, sosteniendo una taza de té que sus manos, rígidas por la falta de sueño, apenas lograban mantener estable.
El sonido estridente del teléfono celular de Lisandro rasgó el aire de la sala.
Ivanna no se movió, pero sus pupilas se dilataron. Vio a Lisandro contestar con el ceño fruncido, que mutó rápidamente en una mueca de absoluta incredulidad. La taza que sostenía estuvo a punto de resbalar de sus dedos.
—¿Papá?… No, no puede ser. Dios mío, ¿dónde fue? —la voz de Lisandro subió un octavo, rompiéndose en un hilo de pánico. —Voy para allá. Sí, salgo ahora mismo.
Colgó el teléfono y miró a Ivanna con los ojos desorbitados, el rostro completamente desprovisto de color.
—Un accidente… —logró articular, con las manos temblándole con violencia.
—Mi padre. Parece que… parece que los frenos de su auto fallaron al entrar a la curva del río.
El carro se salió del camino y… se volcó.
Lo están trasladando a la clínica médica de urgencia, pero el pronóstico es reservado. Está muy grave, Dafne.
Ivanna dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco, permitiendo que una mueca de horror perfecto se dibujara en sus facciones.
Se acercó a Lisandro y lo abrazó, hundiendo el rostro en su hombro para ocultar la quietud glacial de sus ojos.
La trampa del tiempo había funcionado. Las carpetas de la auditoría y los peritajes caligráficos quedarían sepultados bajo la urgencia médica de un choque fatal, y la fiscalía jamás recibiría el sobre con las firmas falsificadas.
Durante las siguientes horas, la sala de espera de la clínica privada se transformó en un purgatorio de susurros y luces fluorescentes.
Adolfo llegó poco después, visiblemente demacrado por el luto de su esposa, pero intentando sostener a un Lisandro que se desmoronaba en una de las sillas de metal.
La ironía del destino era perfecta: las dos familias que gobernaban el patrimonio de la constructora estaban arrodilladas ante la desgracia, buscando consuelo en la única figura que permanecía en pie en medio de la tormenta.
Ivanna se mantenía a una distancia prudencial, con los brazos cruzados, observando el desfile de médicos con batas blancas.
La frialdad que la envolvía ya no era una defensa; era su estado natural.
Había cruzado una línea de la que no se regresaba.
Dos muertes directas y un sabotaje la separaban de la chica pobre que solía mirar las vitrinas de las tiendas exclusivas.
El imperio Elizalde estaba descabezado, y las firmas que Octavio pretendía usar para encerrarla ahora se diluirían en la sucesión legal que la dejaría a ella y a un sumiso Lisandro al frente de todo.
Sin embargo, en medio del aparente triunfo, el insomnio y la fatiga empezaron a pasarle factura en el reverso de sus párpados.
Cada vez que parpadeaba, le parecía ver la silueta del detective Silva bajo la lluvia o escuchar el tintineo de la taza de té que Leonor había analizado con tanta sospecha.
La paranoia no se había ido con el metal rasgado del coche de Octavio; se había instalado de forma permanente debajo de su propia piel nueva, recordándole que el precio de la corona era una vigilia eterna en la oscuridad.