Mi cara en tu tumba 14. EL ESLABÓN SUELTO
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14. EL ESLABÓN SUELTO

EL ESLABÓN SUELTO

La muerte de Leonor cayó sobre la mansión de los Elizalde como una losa de plomo.

Adolfo, el hombre que solía gobernar la constructora con mano de hierro, quedó reducido a un espectro sin voluntad que pasaba los días encerrado en su despacho, rodeado de papeles sin firmar y botellas de licor intactas.

El dolor de la pérdida, sumado al trauma del accidente de su hija, había quebrado la columna vertebral del patriarca.

Con Adolfo fuera de juego, la maquinaria corporativa del imperio Elizalde exigía un control inmediato. Fue ahí donde intervino Octavio.

El padre de Lisandro era el reverso exacto de Adolfo: un hombre de números fríos, gestos calculados y una ambición implacable que no se dejaba nublar por sentimentalismos.

Como socio financiero principal en los desarrollos inmobiliarios compartidos, Octavio asumió la responsabilidad de auditar las cuentas corporativas y los fideicomisos familiares antes de que los rumores de inestabilidad hicieran caer el valor de las acciones en el mercado.

Para Ivanna, el luto representaba una tregua necesaria. Con Leonor bajo tierra, creía haber eliminado la última amenaza directa a su identidad. Sin embargo, no contaba con que los libros contables pudieran ser más despiadados que el instinto de una madre.

El problema comenzó una tarde gris, cuando Lisandro regresó al apartamento con el rostro pálido y los labios apretados en una línea fina de angustia. Dejó su maletín de cuero sobre la mesa de la entrada y caminó directamente hacia el ventanal de la sala sin mirar a Ivanna.

—Mi padre ha pedido una auditoría completa de los fondos de la boda y de la cuenta mancomunada de la empresa —dijo Lisandro, con la voz ahogada por la tensión.

Ivanna, que estaba sentada en el sofá de cuero hojeando una revista de diseño, no se movió, pero sintió una punzada de rigidez en la nuca.

—¿Tu padre? ¿Por qué tendría que auditar nuestras cuentas personales?

—Porque Adolfo le cedió el poder de firma temporal mientras dura su duelo —respondió Lisandro, girándose hacia ella con los ojos desencajados.

—Octavio encontró discrepancias en los movimientos de capital de los últimos dos meses.

Desembolsos masivos en efectivo y transferencias a cuentas privadas de la clínica.

—Eso se pagó para asegurar la discreción del doctor Ortega y la velocidad del tratamiento —dijo Ivanna, manteniendo la voz en un tono neutro y controlado. —Tu padre sabe perfectamente que la cirugía de reconstrucción requería costos extraordinarios fuera del seguro.

—No es solo eso, Dafne… —Lisandro bajó la voz a un susurro tembloroso. —Encontró cheques firmados por ti. Cheques por montos altísimos emitidos en fechas donde tú estabas en coma y sedación profunda en la clínica privada.

Un silencio pesado y helado cayó sobre la sala. Ivanna cerró la revista con amabilidad, dejándola sobre la mesa ratona. La paranoia, que apenas había comenzado a calmarse tras el entierro de Leonor, volvió a encenderse en sus venas con la fuerza de una descarga eléctrica.

El despacho de Octavio en el piso superior de la torre financiera de la constructora era un espacio acristalado y minimalista, suspendido sobre el abismo de la ciudad.

A través de los ventanales se divisaba la marea gris del tráfico vespertino, pero dentro del consultorio no había más ruido que el zumbido suave del aire acondicionado.

Octavio estaba sentado detrás de un escritorio de cristal templado, vestido con un traje de corte impecable. Frente a él, alineados con una precisión casi obsesiva, descansaban varios carpetas de pasta dura y un conjunto de peritajes caligráficos marcados con tinta roja.

Cuando Ivanna entró, acompañada por un Lisandro que permanecía un paso atrás como un fantasma asustado, Octavio no se puso de pie. Se limitó a mirarla por encima de sus gafas de lectura, con unos ojos grises y calculadores que no expresaban afecto ni condolencia.

—Toma asiento, Dafne —dijo Octavio, señalando la silla de cuero frente a su escritorio.

Ivanna caminó con la elegancia aprendida de Dafne, acomodó su abrigo de lana y se sentó, cruzando las piernas con una serenidad ensayada. Lisandro prefirió quedarse de pie junto a la puerta, evitando el contacto visual con ambos.

—Tu padre me ha confiado la reestructuración de los activos de la constructora mientras recupera la salud —comenzó Octavio, juntando las yemas de sus dedos sobre la mesa.

—Como entenderás, la muerte de Leonor y la proximidad de la boda exigen que todas las cuentas estén perfectamente saneadas para evitar especulaciones en la bolsa.

Sin embargo, al revisar los fideicomisos personales que te corresponden, me he topado con irregularidades muy serias.

—Cualquier gasto extraordinario durante estos meses estuvo dedicado a mi recuperación médica, Octavio —respondió Ivanna con voz suave pero firme. —Supongo que entiendes que mi salud era la prioridad de la familia.

—La salud es una cosa; la falsificación de documentos es otra muy distinta —sentenció el hombre, deslizando una de las carpetas hacia el centro del escritorio y abriéndola.

El documento mostraba la fotocopia ampliada de tres cheques de alta denominación cobrados en ventanilla tres semanas después del accidente.

Al pie de cada uno, la firma de Dafne Elizalde se desplegaba con sus trazos elegantes y sus bucles característicos.

Al lado, el informe preliminar de un perito caligráfico independiente resaltaba en amarillo las inconsistencias en la presión del trazo y la inclinación del bolígrafo.

—Estos tres cheques fueron cobrados en efectivo mientras tú estabas conectada a un respirador en la unidad de cuidados intensivos —dijo Octavio, clavando su mirada en Ivanna.

—Y la firma, aunque es una imitación notablemente hábil, no fue realizada por la mano de mi futura nuera.

Alguien usó tu identidad para desviar casi medio millón de dólares de las arcas de los Elizalde hacia cuentas borrosas.

Ivanna sintió que el pulso le retumbaba en los oídos, pero no bajó la mirada.

Durante los primeros días tras el choque, cuando aún estaba en el apartamento de Lisandro coordinando la transición y antes de entrar al quirófano de Ortega, se había visto obligada a falsificar la firma de Dafne para disponer del dinero en efectivo que necesitaba para pagar sus deudas previas y asegurar el silencio de los intermediarios.

Había estudiado la firma hasta dominarla, pero en la prisa del pánico, el trazo había dejado marcas indelebles para un ojo experto.

—Lisandro maneja mis cuentas cuando yo no puedo hacerlo —dijo Ivanna, desviando sutilmente la carga hacia su prometido. —Quizá él tuvo que autorizar los giros para los compromisos de la boda o los honorarios médicos.

Lisandro dio un paso al frente, con el rostro cubierto de sudor frío.

—Papá, yo no… yo no falsifiqué nada, te lo juro…

—Cállate, Lisandro —lo cortó Octavio con una voz de mando implacable, sin quitarle la vista de encima a Ivanna.

—Sé perfectamente que mi hijo no tiene las agallas para ejecutar un fraude de esta magnitud.

No. Esto requiere una mente mucho más fría, una persona calculadora que no tenga miedo de jugar con la ley.

Octavio se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre el cristal. Su rostro quedó a escasos centímetros del de Ivanna. En sus ojos no había el instinto doloroso de Leonor, sino la voracidad financiera de un cazador que acaba de encontrar la yugular de su presa.

—No sé qué tipo de juego estás ejecutando con mi hijo ni qué acuerdo secreto tenías con el doctor Ortega para mover este capital —susurró Octavio con una frialdad espeluznante. —Pero no voy a permitir que destruyas la reputación de la firma ni que pongas en riesgo el patrimonio de mi familia.

—¿Qué es lo que quieres, Octavio? —preguntó Ivanna, abandonando por primera vez el tono dulce de Dafne y dejando entrever una nota rasposa, seca y peligrosa.

Octavio sonrió. Una sonrisa sin calidez, propia de los salones de juntas donde se cierran tratos leoninos. Extrajo un segundo documento de su maletín y lo colocó sobre la carpeta de las firmas falsificadas.

—Un acuerdo de capitulaciones matrimoniales modificado —dijo el financista.

—Aceptaremos estos desvíos como “gastos de representación”.

La auditoría no saldrá de esta oficina. Pero a cambio, antes de la boda, firmarás la cesión del derecho de voto de tus acciones en la constructora a favor de mi familia.

Si te niegas, mañana mismo entrego este peritaje caligráfico a la fiscalía para que abra una investigación por fraude y suplantación de firma.

Y créeme, una investigación policial en este momento sacará a la luz muchas cosas que prefieres mantener ocultas.

Ivanna miró el documento sobre el escritorio.

Las cláusulas eran leoninas: la despojaban del control financiero del imperio Elizalde y la dejaban a merced de Octavio.

La investigación de la fiscalía no solo revelaría el fraude de las firmas, sino que inevitablemente rastrearía los pagos al laboratorio, la historia de la verdadera Dafne del hospital y los hilos que mantenían unida su máscara.

Octavio creía que la tenía acorralada mediante un chantaje corporativo limpio.

Pensaba que estaba tratando con una rica heredera asustada que cedería con tal de evitar un escándalo financiero.

No entendía que detrás de la piel esculpida por el cirujano no había una señorita de sociedad, sino una mujer que ya había manchado sus manos con la sangre de un policía y la muerte silenciosa de una madre.

Ivanna se puso de pie despacio. Ajustó los puños de su abrigo y miró a Octavio desde su altura, esbozando una sonrisa helada que hizo que el financista frunciera el ceño por un segundo.

—Voy a revisar los términos con mis abogados, Octavio —dijo Ivanna con una calma sepulcral. —Nos veremos en el funeral de mi madre mañana. Después de eso, te daré mi respuesta.

—Tienes veinticuatro horas, Dafne —respondió Octavio, volviendo a ponerse las gafas. —No más.

Ivanna dio media vuelta y salió de la oficina a paso firme, sin esperar a Lisandro. Mientras caminaba por el pasillo alfombrado hacia el ascensor, la frialdad que la gobernaba se transformó en un cálculo sangriento.

Octavio había cometido el peor error de su vida al ponerle un plazo.

Faltaban menos de veinticuatro horas para que el hombre presentara las pruebas a la fiscalía, lo que significaba que el destino del padre de Lisandro ya estaba sellado.

La lista de ejecuciones sumaba un segundo nombre: la muerte de Octavio no requeriría veneno doméstico ni investigaciones largas; sería un trágico e imprevisto fallo mecánico en la carretera.