18. EL LIENZO EN BLANCO
EL LIENZO EN BLANCO
El despertar no fue un destello de luz, sino un ahogamiento lento en un mar de dolor opaco y anestesia rancia.
Lo primero que regresó no fue la vista ni la memoria, sino el sonido: el silbido rítmico y neumático de un respirador mecánico y el chasquido metálico de unas pinzas cayendo sobre una bandeja de acero.
Luego vino el olor: un aire frío y químico, impregnado de yodopovidona, gasas húmedas y el tufo característico de la penumbra hospitalaria.
En la Cama Cuatro de la sala de cuidados intensivos del Hospital General, la mujer abrió los ojos.
La luz blanca de los tubos fluorescentes le atravesó las pupilas como agujas de cristal.
Intentó parpadear, pero sus párpados pesaban como plomo, trabados por la inflamación y la costra de las pomadas oftálmicas.
Intentó llevarse una mano al rostro, pero una correa de lona sujeta a la barandilla de la cama le impidió el movimiento.
Un gemido ahogado se le atascó en la garganta, frenado por el tubo de plástico que le recorría la tráquea.
—Tranquila, no se mueva. Tranquila… —la voz de una enfermera resonó sobre su cabeza, acompañada por el tacto áspero de unos guantes de látex acomodándole las sábanas. —No luche contra el respirador. Ya estamos por retirárselo.
La mujer fijó los ojos en el techo de baldosas manchadas.
La mente era un desierto blanco, un páramo congelado donde no existían los nombres, los rostros ni las fechas.
¿Quién era? ¿Dónde estaba? Intentó buscar hacia atrás en su memoria, pero solo encontró un abismo negro perforado por el eco distante de un impacto de metal, el calor sofocante de una llama y el olor a caucho quemado. Nada más. La nada absoluta.
A su lado, el doctor Ortega avanzó con una tabla clínica bajo el brazo. Observó el monitor de signos vitales, que emitía un pitido acelerado respondiendo al pánico de la paciente.
—Monitores estables. El reflejo deglutorio ha regresado —anunció el cirujano con frialdad profesional, ajustándose las gafas. —Vamos a extubar.
Dos enfermeras sostuvieron los hombros de la mujer mientras Ortega, con un movimiento firme y experimentado, desconectó el sellado y extrajo la manguera plástica de su garganta.
La paciente estalló en una serie de accesos de tos rasposos y desesperados, buscando bocanadas de aire real.
El dolor estalló de inmediato en su pecho y, sobre todo, en su rostro.
Sentía la cara atrapada en un molde de yeso y vendajes de compresión tan apretados que le oprimían los pómulos, las sienes y la mandíbula. Cada pulsación de su corazón enviaba una descarga eléctrica que le nacía detrás de las orejas y se extendía hasta el cuello.
—Respire por la nariz, despacio —ordenó Ortega, inclinándose sobre ella y revisando la fijación de las gasas detrás de los lóbulos. —El procedimiento de reconstrucción fue un éxito, pero los tejidos están hiperémicos. No intente articular palabras gruesas ni forzar la gesticulación.
La mujer tragó saliva con dificultad, sintiendo la garganta como papel de lija. Miró al hombre de bata blanca con los ojos desorbitados por el terror de la invalidez.
—¿Quién… quién…? —articuló en un hilo de voz roto, raspado, que apenas superó un susurro de agonía.
Ortega sonrió con una condescendencia helada, acomodando la hoja de ingreso en la tabla.
—Es normal que experimente una amnesia disociativa severa debido al trauma craneoencefálico y al coma farmacológico prolongado. Sufrió un accidente automovilístico atroz en la autopista. La trajimos aquí, la operamos y salvamos su rostro.
La mujer cerró los ojos, sintiendo que una lágrima tibia se abría paso por debajo del vendaje de su mejilla derecha, escociéndole en los puntos de sutura.
—Mi… mi nombre… —suplicó en un silbido.
—Tranquila —dijo el médico, dándole una palmadita distante en la cobija. —Todo va a estar bien, Ivanna.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, el universo de la paciente se redujo a la penumbra de la Cama Cuatro, el goteo constante de analgésicos intravenosos y la visita esporádica del personal de enfermería.
La mente de la verdadera Dafne Elizalde continuaba siendo un lienzo en blanco.
No recordaba los colegios privados, ni la mansión de sus padres, ni las tardes de té con su madre, ni el rostro del prometido que ahora dormía en otra cama.
Cuando escuchaba el nombre con el que el médico la llamaba —Ivanna—, la palabra resonaba en su pecho como un objeto extraño, un traje prestado que no terminaba de ajustarse a sus huesos, pero no tenía ningún otro agarre con la realidad.
Si el doctor decía que ella era Ivanna, debía ser verdad.
El dolor físico comenzó a ceder paso a un cosquilleo insoportable debajo de los vendajes. Las heridas sanaban; la piel reclamaba aire.
Al tercer día de su despertar, el doctor Ortega entró a la sala acompañado por dos residentes. Llevaba en sus manos las tijeras de punta roma y la bandeja de acero estéril.
—Es hora de retirar la compresión rígida y las primeras suturas para evaluar la integración de los microinjertos —anunció el cirujano, pidiendo a la enfermera que elevara la cabecera de la cama.
Dafne sintió que el pulso se le aceleraba. La expectativa y el pánico se mezclaron en sus entrañas. ¿Qué había debajo de esas gasas? ¿Qué rostro encontraría al otro lado del dolor?
Ortega introdujo el filo de las tijeras por la parte posterior del cuello y cortó la primera capa de tela elástica.
Un sonido rítmico de fibra rasgándose llenó la esquina de la sala.
A medida que las vueltas de venda se desenrollaban y caían pesadamente sobre la bandeja metálica, el aire fresco de la habitación golpeó la piel ultrasensible de su cara, provocándole un temblor helado.
Retiraron los apósitos de gasa. La piel, aprisionada durante semanas, respiró por primera vez. Ortega usó unas pinzas de precisión para ir extrayendo los pequeños hilos de monofilamento negro que sobresalían de las cicatrices detrás de las orejas y bajo la línea de las pestañas.
—La cicatrización es impecable —comentó Ortega con orgullo, examinando los bordes del arco cigomático. —La inflamación ha cedido en un setenta por ciento. Los planos se mantienen simétricos.
El médico se giró, tomó un pequeño espejo de mano de metal pulido que traía en el bolsillo de su bata y lo colocó directamente frente al rostro de la paciente.
—Mírese —dijo el cirujano. —Le devuelvo su identidad, Ivanna.
Dafne abrió los ojos y miró la superficie de cristal.
Lo que vio la dejó sin aliento. La imagen reflejada no le pertenecía a sus recuerdos —esos recuerdos que de todos modos no tenía—, pero la criatura que la miraba desde el espejo era un espectro inquietante.
Tenía el rostro hinchado, teñido por moretones amarillentos en la mandíbula y finas líneas rojas donde las suturas acababan de ser retiradas.
Sin embargo, la estructura estaba limpia: una nariz con una ligera concavidad, pómulos rectos y cejas tupidas sobre una mirada profunda y asustada.
Era el rostro exacto de Ivanna.
La verdadera heredera de los Elizalde se miraba al espejo sin saber que la carne, los huesos y la forma que el médico le acababa de entregar pertenecían a la mujer que había quemado su auto, que había matado a su madre y que en ese preciso instante se acostaba en la cama de su prometido.
Dafne pasó las yemas de sus dedos temblorosos por la piel nueva de su barbilla. Sintió la textura extraña, los puntos donde el titanio sostenía sus huesos. No sintió reconocimiento; sintió una vacuidad aterradora, como si estuviera habitando el cadáver de una desconocida.
—¿Esa… esa soy yo? —murmuró con una voz rasposa, contemplando los ojos de la impostora en su propia cara.
—Es usted, Ivanna —aseguró Ortega con una sonrisa autosuficiente, guardando el espejo. —La versión reconstruida y sana de usted misma. En unos días le daremos el alta administrativa para que pueda reintegrarse a su vida.
La paciente volvió a mirar el techo cuando el médico se retiró. Tocó la piel de sus pómulos con devoción asustada. Se llamaba Ivanna. Tenía ese rostro. No tenía dinero, no tenía familia reclutándola en la recepción, no tenía recuerdos. Era una sombra anónima en un hospital.
No sabía que, mientras ella intentaba aprender a pronunciar su nuevo nombre frente al cristal manchado de la sala, el destino preparaba el choque inevitable.
La verdadera Dafne había despertado de la muerte con la cara de su verdugo, lista para caminar por las calles de la ciudad como un fantasma armado únicamente con el rostro de la mujer que se lo había robado todo.