Mi cara en tu tumba 12. EL INSTINTO DE LA SANGRE
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12. EL INSTINTO DE LA SANGRE

EL INSTINTO DE LA SANGRE

La luz de la mañana siguiente entró al dormitorio principal del apartamento con una claridad blanca, casi obscena.

Ivanna se quedó inmóvil en la cama, con los ojos fijos en el techo moldurado, escuchando el zumbido distante del tráfico de la ciudad.

A su lado, la sábana de hilo egipcio estaba arrugada y fría. Lisandro ya se había levantado.

Ivanna se incorporó despacio, sintiendo un peso sordo en los músculos del cuello.

Al ponerse de pie, sus ojos buscaron inconscientemente el suelo del vestidor, pero la bolsa plástica con la casaca deportiva, las zapatillas húmedas y la barra de metal ya no estaban allí; las había arrojado por el ducto de basura del edificio a las cuatro de la madrugada, observando cómo caían hacia el fondo del sótano para perderse en la masa anónima de los desperdicios urbanos.

La libreta amarilla de Silva se había convertido en un puñado de cenizas grises que ella misma había disuelto en el inodoro.

Técnicamente, el peligro se había evaporado. Físicamente, el rastro no existía.

Cuando entró a la cocina, el aroma a café recién filtrado inundaba el ambiente.

Lisandro estaba de pie junto a la barra de granito, sosteniendo una taza de porcelana.

Tenía la pantalla de su tableta encendida, mostrando el portal de un diario local.

Cuando escuchó los pasos de Ivanna, levantó la vista.

Su rostro, que durante semanas había llevado la marca de una tensión asfixiante, mostraba una distensión casi milagrosa.

Sus ojos brillaban con el alivio de los cobardes que ven sus problemas resueltos por manos ajenas.

—Buenos días, mi amor —dijo Lisandro, acercándose para darle un beso en la mejilla. Su aliento sabía a café y a tranquilidad. —No quería despertarte. Has estado durmiendo tan poco estos días…

—Buenos días —respondió Ivanna. Su voz brotó con la modulación perfecta de Dafne, suave, un poco perezosa por el letargo matutino. —¿Qué miras con tanto interés?

Lisandro giró la pantalla hacia ella, con una sonrisa ligera y contenida, como si intentara disimular una alegría indecorosa.

—La delincuencia en esta ciudad está incontrolable, pero a veces…

a veces el azar juega a nuestro favor —susurró, bajando la voz aunque estaban solos.

—Encontraron a Silva. El detective que nos estaba acosando con el tema de las antenas.

Parece que lo emboscaron anoche al salir de su turno en los callejones del sector industrial.

Un asalto violento. Le robaron la billetera, el reloj, todo. Murió en el acto.

Ivanna se acercó a la barra, tomó la taza de café que Lisandro le había servido y le dio un sorbo lento.

El líquido caliente le quemó la lengua, pero no pestañeó.

Sus ojos recorrieron las líneas de la noticia digital: «Inspector de tránsito asesinado en presunto robo callejero».

La fotografía mostraba una toma distante del callejón cubierto por lonas de plástico bajo la llovizna.

Ninguna mención a la constructora. Ninguna conexión con el apellido Elizalde.

El montaje había funcionado con la precisión de un mecanismo suizo.

—Qué horror —murmuró Ivanna, llevando una mano al pecho en un gesto de consternación burguesa perfectamente ensayado. —Qué desgracia para su familia. Pero… supongo que eso significa que los peritajes del accidente quedarán archivados, ¿no?

—Completamente —dijo Lisandro, estirando la mano para acariciarle el cabello.

—Ya no hay investigación, Dafne. El fiscal va a cerrar el caso por fallecimiento del instructor.

La constructora está a salvo. Nosotros estamos a salvo.

El frente legal se terminó anoche. Ya podemos concentrarnos en la boda sin esa sombra encima.

Ivanna se inclinó hacia adelante y apoyó la cabeza en el hombro de Lisandro, dejando que él la abrazara.

Mientras sentía las manos de su prometido acariciarle la espalda, una oleada de desprecio sordo la recorrió por dentro.

Lisandro era tan predecible, tan patéticamente ciego.

Creía en los milagros de la calle. Festejaba la muerte de un hombre como si fuera un golpe de suerte climática, sin sospechar que la mujer que sostenía entre sus brazos, la delicada y aristocrática Dafne, era el monstruo que había quebrado el cráneo del policía unas horas antes en la oscuridad de un callejón industrial.

El mundo exterior estaba bajo control. Las leyes de los hombres se habían doblegado ante su audacia. O eso creía ella hasta que la tarde comenzó a caer.

El Mercedes-Benz de la familia Elizalde se detuvo frente a la escalinata de la mansión principal a las cuatro de la tarde.

El cielo se había tornado de un gris plomizo, amenazando con una nueva llovizna.

Ivanna bajó del vehículo vistiendo un abrigo de paño color camel y zapatos de tacón bajo, sosteniendo una cartera de diseñador.

Había acudido al llamado de Adolfo, quien había convocado a una reunión familiar rápida para coordinar los últimos detalles del banquete nupcial, ahora que la tormenta legal se había disipado.

El interior de la mansión conservaba su opulencia habitual: el olor a cera para madera cara, las alfombras persas que amortiguaban cada pisada y las pinturas al óleo de antepasados que custodiaban los pasillos. Ivanna caminó primero hacia el despacho de Adolfo.

El patriarca de los Elizalde la recibió de pie, junto a su licorera de cristal. Su actitud era la de un general que acababa de ganar una campaña molesta pero inevitable.

—Dafne, hija, pasa —dijo Adolfo, sirviéndose un dedo de whisky.

—Supongo que Lisandro ya te dio las noticias de la mañana.

Una lástima lo de ese inspector, por supuesto, pero la Providencia sabe cómo acomodar las cosas.

Los abogados ya confirmaron que el expediente del accidente no tiene sustento para continuar sin el impulso de la división de tránsito. Hemos cerrado ese capítulo.

—Sí, papá. Lisandro me contó. Es un alivio para todos —respondió Ivanna, manteniendo la espalda recta y la sonrisa dócil.

Adolfo asintió, le dio un trago a su vaso y volvió a concentrarse en unos planos sobre su escritorio.

Para él, los seres humanos eran variables en un balance financiero; Silva había sido una variable incómoda que la aleatoriedad de la delincuencia urbana había eliminado de la ecuación.

Su mente corporativa, entrenada para ver números y terrenos, era completamente incapaz de notar los sutiles cambios en la mirada de la mujer que decía ser su hija. Su ceguera era su mayor seguridad.

Pero Adolfo no era el único habitante de la casa.

—Tu madre está en el jardín de invierno —dijo Adolfo sin levantar la vista de los papeles. —Ve a verla. Ha estado un poco taciturna hoy. Ya sabes cómo le afectan estos cambios de clima.

Ivanna salió del despacho y caminó por el pasillo que conducía a la parte posterior de la propiedad.

A medida que se acercaba al jardín de invierno —una gran estructura de hierro y vidrio esmerilado llena de plantas exóticas y orquídeas—, una extraña pesadez comenzó a instalarse en el ambiente. El aire se sentía más frío, más denso.

Leonor estaba sentada en un sillón de mimbre blanco, envuelta en un chal de cachemira gris.

Frente a ella, sobre una mesa de hierro forjado, reposaba una vajilla de porcelana con té que ya había dejado de humear.

No estaba leyendo, ni tejiendo, ni mirando su teléfono.

Simplemente contemplaba el ventanal, donde las primeras gotas de la llovizna de la tarde empezaban a golpear el vidrio.

—Hola, mamá —dijo Ivanna, entrando al recinto con pasos suaves y medidos.

Leonor no se sobresaltó. Giró la cabeza lentamente, con una parsimonia ceremonial que erizó los vellos de los brazos de Ivanna.

Sus ojos, oscuros y profundos, se clavaron en el rostro de la impostora.

No había alegría en su expresión, ni la condescendencia habitual de las últimas semanas.

Había una fijeza helada, una atención analítica que parecía perforar la piel nueva de los pómulos y la frente de Ivanna.

—Llegas tarde, Dafne —dijo Leonor. Su voz era baja, carente de cualquier modulación afectiva.

—El tráfico estaba un poco pesado cerca de la avenida, mamá —respondió Ivanna, acercándose para cumplir con el protocolo familiar. Se inclinó para depositar el beso ritual en la mejilla de la mujer.

Leonor no apartó la cara, pero tampoco se inclinó hacia ella.

Permaneció rígida como una estatua de sal.

Cuando Ivanna se incorporó, la mirada de la madre bajó de inmediato hacia sus manos.

Ivanna llevaba los dedos entrelazados sobre su cartera, pero la tensión acumulada de las últimas veinticuatro horas provocó un fallo involuntario en su sistema nervioso.

Su muñeca izquierda dio un salto imperceptible, una vibración sutil que hizo que la cadena de oro de su reloj tintineara contra la hebilla de la cartera.

Un movimiento casi invisible para cualquiera. Pero no para la mujer que la había parido.

Leonor apartó la mirada de las manos y la volvió a clavar en los ojos de Ivanna.

—Siéntate —ordenó la madre, señalando el sillón vacío frente a ella.

Ivanna obedeció, acomodando su abrigo con elegancia y cruzando las piernas en la postura exacta que Dafne utilizaba cuando quería mostrarse paciente pero aburrida.

—Tu padre me dice que la boda marcha sobre ruedas —comenzó Leonor, extendiendo sus dedos delgados para tocar el borde de la taza de té fría.

—Dice que el problema de la policía se ha resuelto y que la familia puede volver a respirar en paz.

Él siempre ve el mundo como una obra en construcción, ¿sabes?

Si los cimientos no se caen, asume que todo el edificio está perfecto.