12. EL INSTINTO DE LA SANGRE #2
—Papá cuida de nosotros a su manera, mamá —dijo Ivanna, intentando guiar la conversación hacia un terreno neutral y superficial. —Deberías estar contenta. El estrés del accidente ya pasó. El doctor Ortega dice que mi evolución es óptima.
Leonor soltó una risa seca, un sonido corto que no tenía nada de diversión y mucho de desprecio.
—El doctor Ortega es un artista de la carne, Dafne.
Un hombre que cobra fortunas por engañar al tiempo y a la vejez.
Él ve simetría, ve injertos exitosos, ve cicatrización.
Cuando vino a la casa la semana pasada, me mostró las fotografías del antes y el después.
Me explicó cómo había reconstruido la nariz basándose en tus fotos de la adolescencia, cómo había recolocado los tejidos.
Clínicamente, eres una réplica exacta de ti misma.
Leonor se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. La distancia entre ambas se redujo, y la luz gris que se filtraba por el techo de vidrio iluminó las arrugas finas alrededor de los ojos de la madre, unos ojos que desbordaban una lucidez implacable.
—Pero la cirugía no puede cambiar la cadencia de los pasos, Dafne —susurró Leonor, y la mención de su nombre sonó como una acusación.
—La verdadera Dafne tenía un defecto sutil al caminar; arrastraba ligeramente el talón derecho cuando estaba cansada, una secuela de cuando se cayó del caballo a los once años.
Tú caminas con una simetría perfecta, militar, fluida.
La verdadera Dafne detestaba el olor del jazmín; decía que le daba migraña, y esta tarde entraste aquí sin inmutarte a pesar de que el jardín está inundado de esa fragancia.
Ivanna sintió que una gota de sudor frío le corría por la línea de la columna vertebral. Su mente empezó a buscar respuestas en los diarios de la heredera, pero el pánico amenazó con bloquear su capacidad de reacción.
—Mamá, estás siendo ridícula —dijo Ivanna, forzando un tono de fastidio caprichoso, elevando ligeramente las cejas para imitar el desdén de la rica heredera.
—El accidente me cambió. Estuve en una cabina en llamas, vi la muerte de cerca.
Pasé meses bajo sedación profunda. Es lógico que mis gustos, mi postura y mis hábitos hayan cambiado.
El dolor reconfigura a las personas. No puedes pretender que sea exactamente la misma niña malcriada de antes.
Leonor la escuchó sin interrumpirla, con la cabeza ligeramente ladeada. Cuando Ivanna terminó de hablar, el silencio volvió a instalarse en el jardín de invierno, roto solo por el golpeteo rítmico de la llovizna que arreciaba afuera.
—Buen argumento —admitió Leonor, con una voz que infundía un terror gótico por su absoluta falta de emoción.
—El dolor cambia a la gente. El trauma justifica las ausencias.
Eso es lo que Adolfo se repite todas las noches para no ver lo que tiene enfrente.
Eso es lo que Lisandro acepta porque prefiere el dinero de los Elizalde a la verdad.
Pero el instinto de una madre no se rige por la lógica de los abogados ni por los diagnósticos de los cirujanos.
Leonor se puso de pie. El chal de cachemira se deslizó de sus hombros, pero ella no lo recogió. Caminó hasta colocarse justo detrás del sillón de Ivanna, obligando a la impostora a mantenerse inmóvil, sin poder verla a los ojos.
—Llevo semanas observándote en silencio —continuó la voz de Leonor, resonando justo detrás de su oreja izquierda, ahí donde la cicatriz de la cirugía aún le daba punzadas en las noches de humedad.
—He visto cómo miras las fotos familiares del pasillo; no las miras con nostalgia, las miras con la atención de un estudiante que repasa para un examen.
He visto cómo usas los cubiertos; la verdadera Dafne tenía una torpeza innata con la mano izquierda que nunca pudo corregir, y tú manipulas los objetos con una destreza quirúrgica, a pesar de ese tic molesto que te ha empezado a dar en la muñeca.
Ivanna apretó las manos dentro de los bolsillos de su abrigo, intentando ocultar el repiqueteo de sus dedos que amenazaba con volver a traicionarla. El aire en sus pulmones se sentía como ceniza.
—No sé qué pasó en esa carretera —sentenció Leonor, y su mano delgada se posó sobre el hombro de Ivanna con una presión gélida, una caricia que se sentía como una condena.
—No sé quién eres realmente detrás de esa máscara de carne remendada que Ortega te esculpió.
No sé si mi hija murió en el fuego o si la tienes escondida en alguna parte del mundo para vaciar nuestras cuentas.
Pero tengo una certeza absoluta, una que grita en mis entrañas cada vez que entras a una habitación.
Leonor se desplazó de nuevo hacia el frente, quedando cara a cara con la impostora. Sus ojos ya no tenían dudas; tenían la fijeza de un veredicto definitivo.
—Tú no eres mi hija. Tú no eres Dafne Elizalde.
Ivanna levantó la vista, sosteniendo la mirada de la madre.
Por un segundo, la máscara de la heredera estuvo a punto de colapsar, dejando salir la violencia desesperada de la chica de los callejones.
La tentación de ponerse de pie y callar a esa mujer a golpes cruzó por su mente con la fuerza de un rayo, pero la razón se impuso.
Si reaccionaba con violencia dentro de la mansión, el juego terminaría en ese mismo instante.
Forzó una última sonrisa helada, se puso de pie con una calma calculada y recogió su cartera.
—Estás enferma, mamá —dijo Ivanna, usando un tono cortante y gélido. —Hablaré con papá para que el doctor Ortega te recete algo para los nervios. Las alucinaciones no te sientan bien. Me voy al apartamento.
Sin esperar respuesta, Ivanna dio media vuelta y salió del jardín de invierno a paso firme, con los tacones golpeando el mármol del pasillo con un ritmo limpio y marcial. No miró atrás.
Subió al auto que la esperaba en la entrada y le ordenó al chofer que arrancara de inmediato.
En cuanto el vehículo traspasó las rejas de la propiedad y se mezcló con el tráfico de la tarde, Ivanna se desplomó contra el asiento trasero.
Su muñeca izquierda estalló en un espasmo incontrolable, golpeando el lateral de la puerta.
Su respiración se volvió rápida, rota, asfixiante.
El detective Silva estaba muerto en un callejón, pero el peligro real no se había ido.
Se había trasladado al centro mismo del imperio que pretendía robar.
Leonor sabía la verdad. El instinto de la madre había roto el espejo de su farsa, e Ivanna entendió, con una lucidez sangrienta y desesperada, que si quería conservar su nueva vida, la lista de ejecuciones no podía detenerse en el policía. La madre de Dafne tenía que morir.