Mi cara en tu tumba 11. LA ÚLTIMA ESQUINA
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11. LA ÚLTIMA ESQUINA

LA ÚLTIMA ESQUINA

La llovizna de las once de la noche no caía con fuerza; se suspendía en el aire de los callejones industriales como una mortaja de neblina gris y densa.

El agua se mezclaba con el hollín de los techos de calamina y corría en hilos negros por las paredes de los almacenes abandonados, acumulándose en los baches del asfalto en charcos aceitosos que reflejaban la luz parpadeante de las pocas luminarias públicas sobrevivientes.

Era una zona muerta de la ciudad, un laberinto de talleres mecánicos cerrados y depósitos de chatarra que de noche se convertía en el vertedero del silencio.

Oculta en la hendidura profunda de una puerta de metal corroída por el óxido, Ivanna esperaba. Tenía los dientes apretados para evitar que el castañeo del frío delatara su posición, pero el verdadero temblor no venía del clima, sino de las entrañas.

Llevaba una casaca deportiva negra de poliéster, jeans holgados y zapatillas oscuras de lona.

Era ropa vieja, rescatada del fondo de las bolsas de tela que había traído de su antigua vida; prendas mundanas que nadie en el clóset de sándalo de la mansión Elizalde reconocería.

El cabello iba rígidamente trenzado y oculto bajo una gorra de lana.

En sus manos, protegidas por una doble capa de guantes de látex negros, sostenía la barra de metal macizo que había extraído del taller del sótano de su edificio.

El metal estaba helado, transmitiendo una vibración sorda que parecía entumecerle los brazos.

A pesar de la fachada de frialdad que intentaba imponerse, Ivanna sentía que el estómago se le retorcía en espasmos de náuseas.

Una cosa era la teoría, el diseño limpio de una trampa digital en la pantalla de una laptop, y otra muy distinta era la inminencia física de destruir un cuerpo.

Hasta esa noche, ella nunca había matado a nadie directamente.

En la autopista, bajo la tormenta, simplemente había soltado una mano; se había limitado a permitir que el fuego hiciera el trabajo sucio mientras ella huía.

Había sido un acto de omisión, una cobardía oportuna.

Lo de hoy era diferente. Lo de hoy requería fuerza, voluntad y el quiebre deliberado de un cráneo humano.

«Aún puedes dar la vuelta», le susurró una voz cobarde en su cabeza. «Deja la barra en el suelo, camina hacia la avenida, toma un taxi y regresa al apartamento con Lisandro».

Pero entonces, el tic de su muñeca izquierda regresó con una violencia inaudita.

El dedo índice y el pulgar comenzaron a saltar bajo el látex negro, un recordatorio físico y asfixiante de que el detective Silva ya sabía lo de las antenas telefónicas.

Si no lo detenía hoy, el viejo sabueso llegaría a la cama cuatro del Hospital General mañana.

La farsa caería. La devolverían a la miseria, a los pasillos oscuros, a no ser nadie.

El miedo a perder el apellido Elizalde fue más fuerte que el asco moral.

Apretó la barra con tanta fuerza que los nudillos le dolieron.

A lo lejos, el chirrido de una puerta de hierro rompió la monotonía del viento. Ivanna aguzó la vista, conteniendo el aliento.

La silueta desgarbada del detective Silva emergió de la salida lateral de la antigua estación de tránsito.

Llevaba la misma gabardina arrugada y el sombrero de fieltro calado hasta las cejas.

Silva caminaba con la lentitud de los hombres que cargan demasiados años en las piernas; sus zapatos gastados arrastraban sutilmente el paso sobre el pavimento mojado.

Bajo el brazo izquierdo, apretada contra las costillas, llevaba la gastada libreta amarilla. El objeto que contenía su destrucción.

Silva se detuvo un instante bajo la luz moribunda de un poste para encender un cigarrillo.

El fulgor de la llama iluminó por un segundo sus facciones cansadas, las bolsas profundas bajo sus ojos pequeños y oscuros.

Soltó una bocanada de humo gris que se disolvió de inmediato en la neblina y reanudó la marcha hacia la boca del transporte subterráneo.

Ivanna se deslizó fuera de su escondite.

Sus zapatillas de lona estaban húmedas, absorbiendo el impacto contra el cemento, pero la travesía se sintió eterna.

Cada paso que daba detrás de él era una pérdida irremediable de su propia inocencia.

Cruzó la calzada estrecha manteniendo la distancia, parapetándose detrás de la hilera de camiones de carga pesada estacionados junto a la acera.

El olor a combustible diésel y a óxido la envolvía, pero sus ojos no se apartaban de la gabardina marrón que avanzaba unos veinte metros por delante.

La distancia se sentía elástica. A veces sentía que estaba demasiado cerca y que él se giraría en cualquier momento; otras veces, el pánico a perderlo en la neblina la obligaba a trotar sutilmente. El corazón le retumbaba en los oídos con la fuerza de un pistón industrial, sordo y doloroso.

Silva dobló a la izquierda, entrando en el callejón más oscuro de la ruta.

Era un tramo estrecho de cincuenta metros, flanqueado por los muros altos de una fábrica textil clausurada.

La única farola pública del callejón estaba rota, dejando el sector sumido en una penumbra casi absoluta.

El detective acababa de caminar directo hacia la boca del lobo.

Ivanna aceleró el paso. Sus pisadas se volvieron rápidas, rítmicas. Cinco metros. Tres metros. La barra de metal se sentía repentinamente el doble de pesada, como si el aire se hubiera vuelto de plomo.

A dos metros de distancia, el crujido invisible de una pequeña piedra bajo la zapatilla de Ivanna rompió el silencio.

El instinto del viejo policía reaccionó. Silva comenzó a girar el torso, con la mano derecha amagando salir del bolsillo de su abrigo en busca de su arma de servicio, mientras sus ojos buscaban la amenaza en la oscuridad.

—¿Quién…? —alcanzó a articular.

Ivanna no golpeó con la precisión de una asesina profesional; lo hizo con la desesperación salvaje de un animal acorralado. Levantó el hierro y lo descargó con un gemido de esfuerzo que se le escapó de la garganta.

El impacto no fue limpio. La barra golpeó el ala del sombrero de fieltro, amortiguando parte del impacto, pero se hundió con un crujido seco en el lateral izquierdo de su cabeza.

Silva dio un rugido ahogado, un sonido gutural de sorpresa y dolor puro.

El golpe lo mandó de rodillas contra el pavimento mojado, y su sombrero rodó por el suelo, revelando una brecha de la que empezó a manar un hilo espeso y oscuro que le corrió por la sien.

Ivanna se quedó estática, con los brazos temblando, esperando que se quedara quieto.

Pero Silva era un sabueso de la vieja escuela.

Con un quejido rabioso, el policía apoyó las palmas en el asfalto y, usando el impulso de su peso, se arrojó hacia adelante, tacleando las piernas de Ivanna antes de que ella pudiera levantar el hierro por segunda vez.

Ambos cayeron al suelo con un impacto sordo que les sacó el aire. El charco de agua sucia salpicó sus rostros.

—¡Maldita… perra…! —tosió Silva, con la voz rota por el dolor y la asfixia, mientras intentaba trepar sobre el cuerpo de Ivanna. Sus manos curtidas, cubiertas de una mezcla de agua y su sangre, buscaron el cuello de ella con una fuerza descomunal. —Sé… sé quién eres… ¡Tú no eres Dafne…!

El pánico de Ivanna se volvió ciego. Al escuchar esas palabras en la boca del policía, el mundo alrededor se redujo a un espacio claustrofóbico de supervivencia.

Silva la tenía fija contra el pavimento; el peso de su gabardina empapada la aplastaba.

Ivanna soltó la barra de metal para usar sus manos libres.

Con las uñas protegidas por el látex, rasguñó salvajemente el rostro del policía, buscando sus ojos, mientras intentaba zafar las piernas.

Silva soltó un grito de dolor cuando los dedos de Ivanna se hundieron en la herida abierta de su sien, pero no la soltó.

Con un movimiento desesperado, el detective estiró el brazo derecho hacia su cinturón, intentando desenfundar su revólver de servicio.

El cañón de metal pavonado empezó a asomar de la cartuchera.

«Si saca el arma, estoy muerta», pensó Ivanna.

Reuniendo una fuerza que no sabía que poseía, dobló las rodillas y pateó el vientre de Silva con todas sus fuerzas, logrando desplazar el peso del hombre unos centímetros.

El policía se tambaleó hacia atrás, perdiendo el agarre de su cuello y dejando caer el arma, que tintineó pesadamente sobre el pavimento, quedando fuera del alcance de ambos.

Ivanna gateó frenéticamente sobre el asfalto húmedo, arrastrando las rodillas, con la respiración rota en un llanto seco de pura adrenalina. Sus dedos tropezaron con el mango frío de la barra de metal que había quedado tirada a un costado.

Silva, jadeando, con la mitad del rostro cubierto por una máscara de sangre que le cegaba el ojo izquierdo, se puso en pie a duras penas, tambaleándose como un boxeador herido de muerte.

Se limpió la cara con el dorso de la manga de la gabardina y la miró fijamente en la penumbra del callejón, reconociendo la silueta.

—Ivanna… —escupió el detective, con una sonrisa sangrienta y macabra. —Eres tú… La amiga de Dafne… Dejaste que se quemara… ¿verdad?

—¡Cállate! —gritó ella, poniéndose de pie de un salto, sosteniendo el hierro con ambas manos. Su voz ya no tenía el tono educado y melodioso de Dafne; era la voz rasposa, rota y llena de odio de su pasado.

—No vas a… ganar… —susurró Silva, dando un paso tambaleante hacia ella, extendiendo una mano temblorosa en un último intento por detenerla. —El doctor… Ortega… sabe…

—Ortega no sabe nada. Y tú tampoco vas a decírselo —sentenció Ivanna.

Antes de que Silva pudiera acortar la distancia o gritar por ayuda, Ivanna dio un paso al frente y giró el torso con toda la fuerza de sus caderas, descargando el golpe final directamente contra la nuca del detective.

El impacto definitivo sonó como una rama gruesa partiéndose bajo el peso de una bota.

Esta vez, las fuerzas de Silva lo abandonaron por completo.

Sus ojos se pusieron en blanco de inmediato y su cuerpo se desmoronó, desplomándose pesadamente hacia adelante, golpeando el pavimento con la frente.

La gastada libreta amarilla, que había permanecido sujeta bajo su brazo durante todo el forcejeo, salió despedida, rodando por el asfalto hasta detenerse junto a un charco de agua sucia.

Ivanna se quedó estática en medio del callejón, sosteniendo la barra con ambas manos, respirando por la boca en bocanadas rápidas y cortas. El silencio regresó, pero era un silencio enfermo, alterado por el olor a hierro de la sangre fresca que empezaba a diluirse bajo la llovizna.