10. EL FILO DE LA SOSPECHA
EL FILO DE LA SOSPECHA
La zona residencial de la alta sociedad lucía impecable bajo la neblina media de la tarde.
Los árboles de la avenida principal goteaban con parsimonia sobre las veredas limpias, y el tráfico de vehículos de lujo avanzaba con un murmullo amortiguado.
Ivanna acababa de salir de la clínica privada del doctor Ortega.
El cirujano había revisado la elasticidad de los tejidos de sus pómulos y, tras aplicar una crema dermatológica costosa, la había felicitado por su “milagrosa capacidad de recuperación”.
Para Ortega, ella seguía siendo el milagro médico de la familia de Adolfo.
Ivanna caminaba hacia el auto con chofer que su “padre” le había asignado, ajustándose los lentes oscuros y sintiendo el viento frío en el cuello.
Sin embargo, antes de que pudiera abrir la puerta trasera del vehículo, una silueta gruesa y desgarbada se interpuso en su camino, bloqueando el paso de manera sutil pero firme.
Era la gabardina arrugada. El sombrero de fieltro húmedo. El detective Silva.
—Buenas tardes, señorita Dafne —dijo Silva, levantando ligeramente el ala de su sombrero con una cortesía rancia que no llegaba a sus ojos pequeños y oscuros. —Lamento abordarla de esta manera, tan lejos de su casa.
Ivanna sintió un violento latigazo de adrenalina en el estómago, pero su rostro —esculpido para la alta sociedad— no mostró la menor fisura. Dio un paso atrás, adoptando de inmediato la postura altiva y ligeramente ofendida que caracterizaba a la verdadera heredera.
—Detective… Silva, ¿verdad? —preguntó, modulando la voz con una mezcla perfecta de fastidio y superioridad. —Mi padre me aseguró esta mañana que su jefatura ya se estaba encargando de archivar los documentos del accidente. No entiendo qué hace usted aquí, y mucho menos por qué me está siguiendo.
Silva dejó escapar una sonrisa lánguida, una mueca que estiró las arrugas de su rostro cansado. Sacó su gastada libreta amarilla del bolsillo de la gabardina y la hojeó sin prisa.
—Su padre es un hombre con amigos muy importantes, señorita.
Ayer recibí una orden muy clara de cambiar de escritorio y dejar que el caso se empolvara en un cajón —admitió el policía, dando un paso más hacia ella, bajando la voz.
—Pero verá, soy un hombre viejo y obstinado.
Cuando un expediente tiene tantas páginas arrancadas, me cuesta mucho conciliar el sueño.
Solo quería corroborar un detalle técnico con usted, algo muy simple que no le quitará ni dos minutos.
Ivanna apretó los dientes detrás de sus labios pintados. El tic espasmódico en su mano izquierda comenzó a pulsar dentro del bolsillo de su abrigo.
—No tengo nada más que declarar, detective. El trauma de esa noche fue suficiente.
—Lo sé, lo sé. Debe ser espantoso recordar cómo ardió el coche de su familia —dijo Silva, clavando su mirada de sabueso directamente en las gafas oscuras de Ivanna.
—Por eso me llama tanto la atención el reporte de las antenas de telecomunicaciones de la autopista.
Su prometido, el señor Lisandro, borró todos los mensajes que intercambió con su amiga Ivanna la noche del choque, alegando un fallo del sistema.
Pero las celdas de red muestran que el teléfono de la señorita Ivanna estuvo activo y recibiendo señales de ubicación hasta quince minutos después de que usted, según su declaración, ya hubiera salido del vehículo y estuviera pidiendo ayuda en la carretera abandonada.
Silva guardó la libreta y se inclinó ligeramente, lo suficiente como para que Ivanna pudiera oler el tabaco barato que impregnaba su ropa.
—La física del fuego no miente, señorita Dafne.
Si el coche explotó en el acto como usted dice, el teléfono de su amiga debió destruirse al mismo segundo.
A menos, claro, que alguien haya sacado ese teléfono del auto antes de que las llamas lo consumieran todo.
O que los tiempos que usted nos dio en su declaración estén alterados para ocultar otra cosa.
Algo que pasó dentro de esa cabina antes de que el carro terminara en la cuneta.
Ivanna sintió que el mundo a su alrededor perdía el sonido. Silva no estaba investigando un simple choque; el viejo policía estaba arañando la superficie de la verdad. Estaba a solo un paso de darse cuenta de que la mujer que salió del auto no era la dueña legítima del apellido Elizalde.
—Buenas tardes, detective —cortó Ivanna con una frialdad cortante, dándole la espalda antes de que él pudiera añadir una sola palabra.
Abrió la puerta del auto con un movimiento seco y se deslizó en el interior del asiento trasero, ordenándole al chofer que pusiera en marcha el motor de inmediato.
A través del cristal tintado, observó cómo la figura desgarbada de Silva se quedaba estática en la vereda, anotando algo en su libreta amarilla mientras el vehículo aceleraba, alejándose por las calles residenciales.
En cuanto el policía desapareció de su campo de visión, el control que Ivanna había mantenido sobre su cuerpo se deshizo por completo.
Se quitó los lentes oscuros con una mano que temblaba de forma violenta.
El tic espasmódico en su muñeca izquierda se había desbocado, haciendo que sus dedos golpearan rítmicamente contra el cuero del asiento.
Presionó la mano contra su regazo con rabia, pero el músculo seguía saltando, rebelde, como si tuviera vida propia.
Una opresión terrible en el pecho le impedía respirar con normalidad.
Las influencias de Adolfo no habían servido para nada.
El dinero de la constructora podía comprar el silencio de los jefes policiales y archivar papeles, pero no podía detener a un viejo sabueso que se guiaba por el instinto de sus años en la calle.
Silva ya no buscaba un peritaje de rutina; estaba buscando un crimen.
Ivanna apoyó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras su mente, acorralada por el pánico, empezaba a trazar las líneas de las consecuencias.
Si Silva continuaba escarbando en los registros de las antenas telefónicas, terminaría descubriendo la naturaleza exacta de su relación con Lisandro.
Y si decidía seguir el rastro de la ambulancia pública de aquella noche, sus pasos lo llevarían inevitablemente al tercer piso del Hospital General.
Llegaría a la cama cuatro. Hablaría con el doctor Ortega. Cruzaría los archivos de la clínica de lujo con los de la beneficencia. Y en ese instante, el castillo de naipes que le había costado meses de dolor quirúrgico y sangre se derrumbaría sobre su cabeza.
«Va a llegar a ella», pensó Ivanna, y la imagen de la paciente envuelta en vendas volvió a proyectarse en la oscuridad de sus párpados. «Si Silva habla con la mujer del hospital, estoy acabada».
El aire acondicionado del auto se sentía helado, pero una fiebre oscura comenzó a correrle por las venas. La paranoia asfixiante que la había perseguido desde la noche anterior empezó a disiparse, reemplazada por una lucidez glacial y despiadada.
Ivanna abrió los ojos. El temblor de su mano izquierda disminuyó gradualmente hasta detenerse por completo.
Miró su reflejo difuso en el cristal tintado del automóvil.
Ya no era la asustada Ivanna que mendigaba atención en los pasillos de la constructora, ni tampoco la sumisa Dafne que Adolfo creía proteger.
Era una sobreviviente. Había cruzado la línea del robo y la suplantación; no iba a permitir que un policía retirado de la circulación oficial le arrebatara el derecho a ser una Elizalde.
Si el sistema legal y las llamadas de Adolfo no podían apartar a Silva de su camino, ella misma se encargaría de borrarlo de la ecuación. El detective Silva tenía que morir.
Al llegar al apartamento, Ivanna no buscó a Lisandro.
Se encerró en el estudio del fondo, el lugar donde Dafne solía guardar sus catálogos de arte y sus agendas personales.
Encendió la laptop, cuidando de usar la red privada virtual que Lisandro había instalado para el teletrabajo de la constructora.
Su mente funcionaba ahora con la precisión de un relojero. Matar a un policía era una sentencia de muerte si se hacía de manera torpe, pero el detective Silva tenía una debilidad que jugaba a favor de Ivanna: sus rutinas de viejo solitario.
Durante las horas siguientes, Ivanna se dedicó a estructurar la caída del detective.
Cruzó los pocos datos que Lisandro había mencionado sobre la división de tránsito con búsquedas discretas sobre los horarios de las guardias nocturnas de la policía civil.
Silva no usaba chofer, ni patrulla moderna, ni aplicaciones de transporte que rastrearan su geolocalización.
Era un hombre chapado a la antigua que se movía a pie y en el transporte público subterráneo.
—Sale tarde —susurró Ivanna para sí misma, contemplando el parpadeo de la pantalla en la penumbra del estudio. —Casi a las once de la noche, cuando el turno de tránsito entrega la guardia. Caminando solo. Siempre por la misma ruta oscura hacia la estación del metro.
El plan comenzó a tomar una forma limpia y espantosa en su cabeza.
No podía usar un arma de fuego; eso implicaría balística, mafias locales y un rastro de pólvora que atraería a homicidios.
Tampoco podía usar veneno, ni provocar un altercado donde su fuerza física, notablemente inferior a la de Silva, la delatara.
Tenía que ser un accidente. O mejor aún: un asalto callejero que saliera mal en una de las esquinas que el policía cruzaba cada noche.
Una zona en construcción, un callejón sin cámaras de seguridad, donde un golpe seco y un despojo de pertenencias hicieran que el caso se cerrara como una cifra más de la delincuencia urbana.
Ivanna apartó las manos del teclado y se reclinó en la silla. El tic de su muñeca izquierda había desaparecido por completo, sustituido por una rigidez gélida.
Se puso de pie, caminó hacia el ventanal del estudio y observó la calle desierta abajo, envuelta en la neblina persistente.
Mañana por la noche, cuando la llovizna volviera a humedecer el asfalto, ella dejaría de ser la dócil Dafne Elizalde por unas horas.
Se vestiría con las ropas oscuras que guardaba en el fondo del clóset, se mimetizaría con las sombras de la ciudad y esperaría al sabueso a la salida de su madriguera.
Silva quería seguir la física del fuego y el rastro de los teléfonos. Ivanna le daría un final mucho más simple y directo en el frío de la acera. La trampa estaba diseñada, y el detective iba a caminar directo hacia ella.