Mi cara en tu tumba 9. EL ALIENTO DEL MONSTRUO
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9. EL ALIENTO DEL MONSTRUO

EL ALIENTO DEL MONSTRUO

El agua de la llovizna corría en hilos sucios por los cristales del taxi mientras este avanzaba con lentitud por el tráfico pesado de la avenida.

En el asiento trasero, Ivanna permanecía inmóvil, con la mirada perdida en el parpadeo de los letreros de neón de los comercios cerrados.

Tenía el cuerpo rígido y las manos firmemente entrelazadas sobre su regazo, intentando contener un temblor que parecía nacer desde el centro de sus huesos.

El olor a desinfectante barato y a gasa húmeda del Hospital General se le había quedado pegado en la ropa, o tal vez era solo su imaginación, un truco de su mente para recordarle el horror que acababa de presenciar en el tercer piso.

«Está viva», se repitió en un susurro inaudible, probando el peso de esas dos palabras en su boca.

Sin embargo, a medida que el taxi se alejaba del lúgubre edificio, la agitación salvaje de su pecho comenzó a ceder ante una corriente de pensamiento mucho más fría y analítica.

Su cerebro, habituado a calcular cada riesgo desde que tomó la decisión de dejar a Dafne en la autopista, empezó a ordenar las piezas del rompecabezas.

Dafne sobrevivió, sí, pero ¿en qué condiciones?

Ivanna repasó las palabras de la enfermera cansada y la imagen del cuerpo envuelto en vendas tras el cristal de la cama cuatro.

Las llamas habían hecho un trabajo devastador antes de que la ambulancia llegara.

La verdadera Dafne ya no tenía el rostro que abría las puertas de los clubes más exclusivos de la ciudad; no tenía huellas dactilares que el sistema biométrico pudiera reconocer y, lo más importante de todo, su tráquea destruida por el humo le impedía emitir más que jadeos agónicos.

Luego estaba el factor del doctor Ortega.

Ivanna apoyó la frente contra el vidrio frío del auto, uniendo los puntos con precisión quirúrgica.

Ortega era el cirujano plástico que había reconstruido su propio rostro en la costosa clínica privada, cobrando una fortuna provista por los fondos de Adolfo.

Que el mismo médico fuera el encargado del servicio social en el Hospital General y tuviera a su cargo a la verdadera Dafne era una ironía macabra, pero no necesariamente una sentencia de muerte para su secreto.

Ortega operaba en dos mundos completamente distintos.

En la clínica de lujo, veía a Dafne como la caprichosa y adinerada paciente que requería retoques tras un trauma menor; en el hospital, veía a la supuesta Ivanna como un caso de caridad más, un rostro destruido que requería parches de piel para no morir por una infección.

El taxi frenó de golpe frente al imponente edificio de apartamentos.

Ivanna pagó al conductor, se ajustó la gabardina y bajó del vehículo con paso firme.

El miedo ciego se había evaporado. Ya no era una impostora acorralada; era una mujer que protegía su propiedad.

Dafne estaba sepultada en vida bajo una montaña de burocracia médica y dolor físico.

Mientras permaneciera en esa cama de caridad, muda y sin rostro, no representaba un peligro inmediato.

El verdadero problema seguía vistiendo una gabardina marrón y se apellidaba Silva.

Ivanna deslizó la llave por la cerradura electrónica, escuchando el sutil pitido que le abría las puertas a su reino de mármol y luces cálidas.

El apartamento estaba en un silencio sepulcral, roto únicamente por el rumor amortiguado de la llovizna exterior contra los ventanales.

Lisandro no estaba en la sala; una botella de whisky a medio terminar sobre la mesa de centro y la luz encendida del dormitorio principal delataban que por fin se había derrumbado bajo el efecto de los ansiolíticos.

Caminó directamente hacia el baño principal, cerrando la puerta con doble pestillo. Necesitaba despojarse de la suciedad de la calle, pero, sobre todo, del olor a hospital que sentía impregnado en la piel.

Se quitó la gabardina empapada, el sombrero de ala ancha y las gafas de sol, dejándolos caer al suelo como ropa vieja. Luego, se apoyó con ambas manos en el borde de losa del lavabo e inclinó el cuerpo hacia adelante, quedando a escasos centímetros del enorme espejo de marco dorado.

Se miró fijamente a los ojos. A los ojos de Dafne.

Pasó las yemas de los dedos, todavía heladas por el frío limeño, por la línea perfecta de su mandíbula, por el tabique respingado de la nariz y por la suave tersura de sus pómulos.

Las cicatrices detrás de las orejas estaban perfectamente ocultas, y la inflamación de las cirugías casi había desaparecido por completo.

El doctor Ortega había hecho un trabajo impecable; le había entregado una obra de arte.

«Es mío», pensó, clavando las uñas en el borde del mueble. «Este rostro me pertenece. Yo pagué por él con dolor, con sangre y con paciencia».

Una risa baja, seca y ligeramente distorsionada escapó de sus labios en la soledad del baño.

El pánico salvaje que casi la hace vomitar en el pasillo del tercer piso del Hospital General comenzó a mutar en un alivio perverso y retorcido.

Se enderezó, cruzándose de brazos mientras analizaba la situación con una frialdad espeluznante.

¿Qué importaba que la verdadera dueña de esa identidad siguiera respirando?

Legalmente, Dafne estaba muerta, enterrada en vida bajo metros de gasa estéril y analgésicos.

Aquella mujer de la cama cuatro no era más que un despojo sin huellas dactilares, sin documentos, con la tráquea destrozada y una cara que parecía un lienzo quemado.

Si intentaba balbucear que era Dafne, los médicos la tomarían por una paciente psiquiátrica traumatizada por el accidente; si intentaba escribirlo, no tendría firmas ni registros biométricos que la respaldaran.

El mundo entero ya había llorado a la “amiga muerta” e instalado a la hermosa sobreviviente en la cúspide de la sociedad.

—No eres nadie —susurró Ivanna hacia el espejo, saboreando el eco de sus propias palabras. —Eres un fantasma, Dafne. Y los fantasmas no hablan.

Irrumpir en la habitación de cuidados intensivos para asfixiarla con una almohada habría sido un error estúpido y desesperado; un movimiento torpe que dejaría huellas y llamaría la atención del detective Silva.

Lo mejor era no hacer nada. Dejar que la burocracia del sistema de salud y el olvido consumieran a Dafne.

Dejar que se pudriera mientras ella seguía disfrutando de las tarjetas de crédito, las cenas de gala y los millones de la constructora.

Sintiéndose victoriosa, Ivanna abrió el grifo del agua caliente, dispuesta a darse una ducha larga para borrar el último rastro del Hospital General, convencida de que su jaula de oro volvía a estar perfectamente asegurada.

Ivanna cerró la llave de la ducha y se envolvió en una bata de seda color marfil que pertenecía al armario de Dafne.

El vapor caliente había empañado por completo los azulejos y el espejo, borrando temporalmente las facciones que tanto había contemplado minutos antes.

Con la toalla enrollada en el cabello, abrió la puerta del baño y regresó a la penumbra del dormitorio principal.

Lisandro continuaba tendido en la cama king-size, de espaldas a la puerta, con la respiración pesada y errática de quien duerme bajo el efecto de sedantes químicos. En la mesa de noche, junto a su reloj de lujo y las llaves del coche, reposaba un blister semivacío de pastillas.

Ivanna se acercó despacio, descalza, sin hacer el menor ruido sobre la alfombra.

Se sentó en el borde del colchón y lo observó.

Lisandro tenía el ceño fruncido incluso en el sueño, y un hilo de sudor le corría por la sien.

Verlo tan indefenso, tan patéticamente aterrado por las preguntas de un policía de tránsito, le provocó un destello de desprecio.

«Cobarde», pensó. Él creía estar llorando a su amante muerta mientras temía por su estatus, sin imaginar que la verdadera amenaza dormía a su lado, vistiendo la seda de su prometida.

De pronto, un sonido agudo y constante pareció romper el silencio de la habitación.

Pip… pip… pip…

Ivanna se congeló, aguzando el oído. Su mirada se desvió de inmediato hacia la esquina oscura del cuarto, buscando el origen del ruido.

Era el mismo ritmo exacto, la misma frecuencia monótona del monitor de soporte vital de la cama cuatro del Hospital General.

El corazón le dio un vuelco salvaje. Sintió que el aire se le escapaba de los pulmones mientras se ponía de pie, con los ojos desorbitados, escudriñando las sombras entre las cortinas y el clóset.

Pip… pip…

Se llevó una mano al pecho, jadeando. Entonces, fijó la vista en la cómoda. No era una máquina de hospital. Era la pantalla digital de la tableta de Dafne, que parpadeaba débilmente emitiendo una alerta de calendario para las actividades de la mañana siguiente.

Ivanna exhaló el aire retenido en un gemido ahogado, sintiendo una oleada de calor humillante recorrerle el cuerpo.

Se sentó en la silla del tocador, con las piernas temblando.

Cuando intentó llevarse la mano izquierda a la cara para limpiarse el sudor frío, notó que sus dedos no respondían bien.

El dedo índice y el pulgar sufrían un tic espasmódico, un temblor rítmico e incontrolable que nacía desde la muñeca.

Apretó el puño con fuerza contra su muslo para detenerlo, pero el músculo seguía saltando bajo la seda.

La fría certeza que había construido frente al espejo del baño empezó a agrietarse.

Había racionalizado que Dafne no era nadie, que estaba muda y sepultada en vida, pero su propio cuerpo la estaba traicionando.

La mente no olvida tan fácilmente el peso de haber soltado una mano en una carretera en llamas.

Se miró las manos en la penumbra. Estaban limpias, cuidadas con cremas costosas, pero el eco del tercer piso del hospital parecía haberse instalado en las paredes del apartamento.

La jaula de oro seguía siendo perfecta, los millones de Adolfo seguían ahí, y Lisandro continuaba siendo su marioneta; pero ahora, cada vez que el diseño minimalista de la casa se sumiera en el silencio, el fantasma vendado de la cama cuatro respiraría entre las sombras.

Ivanna se acostó lentamente al lado de Lisandro, dándole la espalda, con los ojos completamente abiertos en la oscuridad. El rastro de sangre aún no había comenzado a correr, pero la asfixia de la paranoia ya se había cobrado su primera pieza: su tranquilidad.