Mi cara en tu tumba 8. EL PUNTO DE QUIEBRE
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8. EL PUNTO DE QUIEBRE

EL PUNTO DE QUIEbrE

El despacho de Adolfo en la mansión familiar olía a tabaco de importación, cuero viejo y al poder silencioso que solo otorgan las cuentas bancarias con demasiados ceros.

Era un espacio amplio, protegido del ruido exterior por gruesas cortinas de terciopelo verde que bloqueaban la luz de la tarde gris.

Detrás de su escritorio, Adolfo lucía como un hombre que jamás había tenido que pedir permiso para tomar una decisión.

Sin embargo, la supuesta tragedia de su única hija lo había envejecido notablemente; las líneas alrededor de sus ojos eran más profundas y su postura era menos rígida.

Ivanna entró despacio, cuidando de arrastrar sutilmente los pies para simular la debilidad física de Dafne. Llevaba puesto un suéter de lana blanco que la hacía ver aún más pequeña y vulnerable bajo las sombras del despacho.

—Papá… ¿tienes un momento? —preguntó, modulando la voz en ese tono suave y ligeramente tembloroso que Dafne usaba cuando buscaba la protección de su padre.

Adolfo levantó la vista de inmediato, dejando a un lado sus anteojos de lectura. Su rostro se iluminó con una mezcla de alivio y preocupación maternal.

—Por supuesto, mi vida. Pasa. Ven, siéntate aquí —dijo, señalando el sillón de felpa frente a él. —¿Cómo te sientes? Tu madre me dijo que estuviste muy cansada por la mañana.

—Estoy bien, papá. Es solo… es Lisandro —Ivanna se sentó, dejando caer las manos sobre su regazo con un gesto de desamparo.

—Ha venido al apartamento completamente destrozado.

Un detective de la policía, un tal Silva, estuvo en su oficina de la constructora.

Lo arrinconó con preguntas espantosas sobre el accidente, sugiriendo cosas horribles sobre mi amiga Ivanna y cuestionando por qué se borraron unos mensajes de su teléfono empresarial.

Adolfo frunció el ceño, y una rigidez peligrosa se instaló en su mandíbula.

—¿Un detective en la constructora? Pensé que el coronel ya había dado la orden de archivar el peritaje técnico del automóvil. El seguro ya pagó la pérdida total.

—Ese hombre está obsesionado, papá —continuó Ivanna, inclinándose hacia adelante, permitiendo que una lágrima falsa rodara por la mejilla que Ortega había esculpido.

—Lisandro tiene miedo de que este policía invente una historia de negligencia para armar un circo mediático en la prensa.

Dice que dañará las acciones de la empresa y que arruinará nuestra boda.

No quiero que el recuerdo de mi pobre amiga se ensucie de esta manera, ni que nosotros paguemos por el morbo de los periódicos. ¿No puedes hacer algo?

Adolfo golpeó la mesa de caoba con la palma de la mano, un golpe seco que hizo vibrar el tintero de plata. Su orgullo familiar había sido tocado.

—Ese infeliz no va a extorsionar a mi familia ni a usar la tragedia de tu amiga para hacer carrera —dijo Adolfo con una voz helada.

—Quédate tranquila, Dafne. Voy a llamar directamente al director de la región policial ahora mismo.

Ese detective va a ser removido del caso antes de que termine el día, y ese expediente se va a enterrar tan profundo que nadie volverá a encontrarlo.

—Gracias, papá —susurró Ivanna, ocultando su mirada detrás de un pañuelo de lino.

Por dentro, una sonrisa fría se dibujó en su mente.

El poder del apellido de Dafne estaba funcionando exactamente como lo había planeado.

Adolfo tomó el teléfono de línea fija y comenzó a marcar con gestos bruscos.

Ivanna se puso de pie, fingiendo que iba a retirarse para dejarlo hablar en privado, pero se detuvo a medio camino cerca de la mesa auxiliar donde descansaban las carpetas con los duplicados de las peritaciones del choque.

Mientras Adolfo esperaba a que le comunicaran con la jefatura, Ivanna deslizó la mano izquierda dentro de una de las carpetas abiertas.

Sus ojos recorrieron las páginas de forma veloz.

Buscaba el informe de daños del chasis, pero su mirada se clavó en una hoja de papel químico amarillo que no pertenecía a la aseguradora privada: era el duplicado de la bitácora de la ambulancia pública de la autopista de la noche del accidente.

Una anotación marginal, escrita a mano con tinta azul y caligrafía apresurada por el paramédico de guardia, saltó ante sus ojos:

«23:45 hrs. Unidad 12 procede al traslado de la segunda ocupante rescatada con vida de la cabina. Traumatismo severo y quemaduras de tercer grado. Ingresó como NN a la sala de trauma del Hospital General».

El aire se congeló en la garganta de Ivanna. Las letras parecieron distorsionarse sobre el papel amarillo. Su mano comenzó a temblar tanto que el papel crujió sutilmente.

Rescatada con vida.

Ivanna se obligó a cerrar la carpeta con una lentitud milimétrica.

Introdujo los dedos en los bolsillos de la gabardina para ocultar el temblor que amenazaba con delatarla.

A su espalda, la voz de Adolfo resonaba firme y autoritaria a través de la línea telefónica, exigiendo el traslado inmediato del detective Silva y el carpetazo definitivo al asunto del automóvil.

Pero para Ivanna, las palabras de su “padre” ya no eran más que un zumbido lejano.

Se despidió con un beso mecánico en la mejilla de Adolfo y salió del despacho.

Al cruzar el umbral de la mansión, el aire frío de la tarde le golpeó el rostro, pero la fiebre del pánico que le subía por el cuello era incontrolable.

Salió a la calle y caminó sin rumbo durante varias cuadras bajo la llovizna, con la mente fija en esa maldita hoja amarilla.

«¿Con vida? No puede ser. El motor estaba destrozado, el fuego ya estaba lamiendo el tablero cuando la solté… ¡La vi cerrando los ojos!», se repetía una y otra vez, sintiendo que los pómulos nuevos le punzaban con fuerza.

El plan había sido perfecto en su mente.

Ella salía, Dafne moría consumida por el incendio, y el Dr. Ortega esculpía la mentira.

Nadie busca un cuerpo calcinado cuando la heredera ya está a salvo en una clínica de lujo.

Nadie contrasta las huellas si no hay sospechas.

Pero una ambulancia de la red pública se había cruzado en su destino.

Una unidad que nadie controlaba, que no respondía al dinero de los constructores y que había dejado un cabo suelto latiendo en una cama de metal.

Paró un taxi en una esquina oscura, lejos de la vigilancia de su edificio. Su voz, al dar la dirección, sonó extraña, una mezcla rota entre el tono mimado de Dafne y la sequedad desesperada de su antigua identidad.

—Al Hospital General. Por favor.

El viaje fue un suplicio de tráfico y limpiaparabrisas golpeando rítmicamente el cristal.

Cuando el vehículo se detuvo frente a la fachada gris del hospital, Ivanna pagó en efectivo y se bajó de un salto.

Se subió la capucha de la gabardina oscura y se ajustó las gafas de sol a pesar de la penumbra de la noche.

El interior del hospital era un laberinto infernal.

El olor a desinfectante barato y a enfermedad la mareó de inmediato.

Pasó de largo la recepción principal, aprovechando el caos de una camilla que ingresaba de urgencia con un herido de las calles.

Siguió los letreros despintados que apuntaban hacia el tercer piso: Cuidados Intensivos.

Cada paso sobre el terrazo agrietado era un peso enorme.

Subió las escaleras de concreto, esquivando a enfermeras cansadas y a familiares que dormitaban en los pasillos.

Al llegar al tercer piso, el silencio se volvió más denso, interrumpido solo por el pitido distante de las máquinas de soporte vital.

Se detuvo frente al gran ventanal de la unidad de trauma. Tras el vidrio, una hilera de camas separadas por cortinas de plástico azul albergaba los cuerpos destrozados que la ciudad desechaba. Ivanna recorrió la hilera con la mirada, buscando el número cuatro.

Allí estaba.

El corazón de Ivanna se detuvo por completo.

Pegó el rostro al cristal, conteniendo la respiración.

El cuerpo en la cama estaba completamente envuelto en vendas blancas, como una crisálida de gasa estéril.

No había facciones, no había identidad, solo dos pequeñas ranuras oscuras en los ojos y un tubo de plástico que subía y bajaba con una regularidad artificial.

Al pie de la cama, colgada de la baranda de metal, estaba la cartilla clínica de la paciente.

Ivanna entornó los ojos, forzando la vista para leer las letras impresas en el encabezado: Paciente: Ivanna Suárez; Médico tratante: Dr. Ortega (Servicio Social); Estado: Comatoso / Estable tras despertar inicial.

Ivanna dio un paso atrás, sintiendo que el pasillo del hospital daba vueltas a su alrededor.

El horror la asfixió. La firma del Dr. Ortega en esa cartilla era el nudo definitivo que la estrangulaba.

El mismo cirujano que le había dado el rostro de Dafne en la clínica privada estaba cuidando a la verdadera Dafne en ese nido de caridad.

Pero lo peor no era eso. Lo peor era que la verdadera Dafne ya no dormía el sueño eterno de los muertos. Había despertado. La mujer que estaba bajo esas vendas sabía exactamente quién era, recordaba la traición en la carretera y, tarde o temprano, encontraría la forma de decírselo al mundo.

Ivanna apretó la espalda contra la pared de azulejos fríos, procesando a toda prisa la trampa que ella misma había construido.

Recordó la noche del choque: en la desesperación por salir del auto en llamas, correr hacia la estación de servicio y dejarse caer al piso para fingir estar gravemente herida, su bolso se había enganchado con la maleza.

Su licencia de conducir debió caer a solo unos metros de la camioneta.

Sumado a eso, en su declaración oficial ante la policía, ella misma había asegurado que su única acompañante en el vehículo era Ivanna.

Era la deducción lógica e inevitable del peritaje: si los paramédicos rescataron a una sobreviviente con vida de esa carretera y hallaron la tarjeta de Ivanna en la escena, la ley y el hospital asumirían sin dudar que esa criatura bajo las gasas era Ivanna Suárez.

Ella le había regalado su propia identidad a su víctima para darla por muerta, pero jamás esperó que la verdadera Dafne sobreviviera para vestir su nombre.

—¿Busca a alguien, señorita? —una voz chillona y cansada rompió el silencio a su lado.

Ivanna se sobresaltó violentamente. Una enfermera de mediana edad, con el uniforme celeste arrugado y una bandeja de medicinas en las manos, la observaba con curiosidad. Las gafas de sol y la capucha levantada de Ivanna resultaban sospechosas en la penumbra del tercer piso.

—Yo… yo… —Ivanna obligó a sus cuerdas vocales a estabilizarse, tragando el nudo de saliva que la asfixiaba.

Forzó la voz ronca de su antigua identidad, la de Ivanna, para no dejar rastro de Dafne en ese lugar.

—Pensé que era una conocida. Vi el reporte del accidente en las noticias…

la chica que encontraron en la autopista.

La enfermera soltó un suspiro pesado, mirando de reojo el cristal de la cama cuatro.

—Ah, la paciente Suárez. Pobrecita. Si tiene familia, nadie ha venido a buscarla. Ingresó con quemaduras en el setenta por ciento de su cuerpo, señorita. Es un milagro que siga respirando. Si es su amiga, va a tener que armarse de paciencia; el doctor Ortega dice que el daño físico es severo.

—¿Ella… ella puede hablar? —preguntó Ivanna, dando un paso imperceptible hacia la enfermera.

—¿Hablar? Qué va. Tiene la tráquea quemada por el humo y está bajo sedación profunda. Despertó un momento hace unos días, pero solo para entrar en taquicardia por el dolor. No se preocupe, de aquí no se va a mover en meses. Ahora, si me disculpa, tengo que cambiarle la vía.

La enfermera empujó la puerta batiente de la sala de cuidados intensivos, perdiéndose en el interior.

Ivanna se quedó sola en el pasillo. Miró por última vez la silueta blanca y vendada tras el vidrio.

Una calma fría, monstruosa y calculadora empezó a sustituir el pánico inicial.

Dafne estaba viva, sí, pero era un despojo humano enterrado en la burocracia de la salud pública.

No tenía rostro, no tenía voz y el único hombre que podía conectarla con el mundo exterior era el doctor Ortega, que estaba demasiado ocupado cobrando los miles de dólares de los constructores en su clínica privada como para prestarle atención a una paciente quemada en sus horas de caridad.

El peligro era real, pero inmediato no lo era. El nudo de la horca que Silva estaba apretando en la constructora era mucho más urgente que los quejidos mudos de la cama cuatro.

Ivanna se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras de salida con paso firme.

Al cruzar las puertas del Hospital General, la llovizna le lavó el rostro artificial.

Se ajustó el cuello de la gabardina costosa y sonrió débilmente en la oscuridad de la calle.

La primera fase de su plan, la de las mentiras piadosas, los llantos fingidos y el dolor quirúrgico para moldear su nuevo rostro, había terminado.

Había logrado robar la vida de Dafne y asentarse en su jaula de oro.

Pero ahora que el secreto respiraba en una cama de hospital y un detective husmeaba en sus llamadas, entendía que la época de la pasividad había quedado atrás.

Si tenía que derramar la sangre de un policía o de quien fuera para conservar lo que tanto le había costado ganar, lo haría sin parpadear.