Mi cara en tu tumba 7. EL NUDO DE LA HORCA
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7. EL NUDO DE LA HORCA

EL NUDO DE LA HORCA

Hay preguntas que, una vez formuladas en voz alta, ya no pueden ser devueltas al silencio. Se quedan flotando en el aire como partículas de polvo bajo un rayo de sol, esperando el momento exacto para asentarse y ensuciarlo todo.

El detective Silva observaba la pantalla de su vieja computadora de escritorio en la oficina de la división de tránsito.

El ventilador del aparato emitía un zumbido asmático que competía con el murmullo de la lluvia golpeando el vidrio de la ventana.

En la pantalla, el perfil clínico de Ivanna Suárez en el Hospital General parpadeaba junto a los datos técnicos del coche deportivo gris.

Silva dio un sorbo a su café frío, haciendo una mueca ante la acidez del líquido. Sus dedos, gruesos y curtidos, tamborilearon sobre el escritorio de metal mientras releía el informe del accidente.

—No me cuadra —murmuró para sí mismo.

Para las aseguradoras y los registros iniciales, el caso parecía cerrado en la superficie debido al peso del apellido de la familia.

Dafne, la heredera, había logrado salir por la ventana del copiloto y se recuperaba en una clínica privada.

En el lugar del siniestro, los bomberos habían rescatado a la otra ocupante atrapada bajo el tablero, gravemente desfigurada por el fuego y los golpes, quien fue trasladada de urgencia al hospital como una NN.

Todo el mundo —incluidos los familiares y el propio Lisandro— asumía de forma automática que Ivanna, había muerto calcinada dentro del auto y que no había quedado nada que rescatar en esa cuneta.

Nadie buscó un cuerpo, nadie hizo preguntas en la morgue; el fuego lo había sepultado todo.

Pero Silva llevaba más de veinte años investigando tragedias, y había algo en las declaraciones iniciales de la sobreviviente que rompía la lógica de un simple accidente.

Había inconsistencias graves en las distancias y los tiempos que ella declaró.

Además, el historial telefónico de Lisandro añadía una capa de sombra: el registro de la compañía telefónica detallaba un flujo constante de llamadas de corta duración, casi siempre a altas horas de la noche, y decenas de mensajes de texto intercambiados en las semanas previas al accidente entre el teléfono de Lisandro y el número personal de Ivanna.

Mensajes que, según el reporte técnico, habían sido borrados minuciosamente de ambos terminales apenas unas horas después del choque.

¿Por qué el prometido de la heredera borraría con tanta urgencia el historial de comunicación con la mujer que todos creían muerta?

Silva se puso de pie, abotonándose su gastada gabardina marrón.

Tomó su sombrero de fieltro, aún húmedo por la llovizna de la mañana, y guardó su libreta de hojas amarillentas en el bolsillo interior.

Necesitaba ver las reacciones en vivo. Necesitaba mirar a los ojos a las personas que rodeaban esta tragedia antes de que el caso fuera archivado para siempre.

Su primer destino sería la imponente sede de la constructora familiar, el lugar donde Lisandro se ocultaba detrás de un escritorio de directorio de madera de caoba.

La sede de la constructora era un monolito de vidrio y acero templado que se elevaba sobre la avenida principal. En el piso doce, el silencio era absoluto, roto únicamente por el siseo imperceptible del aire acondicionado central.

Lisandro estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba.

Tenía las manos aprobadas sobre la madera y los dedos le temblaban de forma casi invisible.

Desde la noche del accidente, su mente era un infierno de culpa y remordimiento.

Vivía de luto en secreto, llorando en la penumbra del apartamento por la muerte de su amante, Ivanna, mientras se obligaba a sostenerle la mano a una Dafne reconstruida a la que ya no deseaba.

El intercomunicador de su escritorio emitió un pitido sutil. —Señor Lisandro —anunció la voz de su secretaria. —Hay un detective de la policía abajo. Dice que se llama Silva y que necesita corroborar unos datos de rutina para el informe final del accidente de la señorita Dafne. ¿Lo hago subir?

Lisandro sintió un pinchazo frío en la boca del estómago. Se aclaró la garganta, forzando un tono firme.

—Sí… sí, hazlo subir, por favor.

Un par de minutos después, la puerta de doble hoja de la oficina se abrió. El detective Silva entró con paso lento, arrastrando los zapatos mojados sobre la alfombra. Su gabardina arrugada y su sombrero de fieltro en la mano lo hacían lucir completamente fuera de lugar en esa oficina corporativa.

—Señor Lisandro, lamento mucho interrumpir su jornada —dijo Silva con una cortesía monótona, sentándose en una de las sillas de cuero frente al escritorio sin esperar a ser invitado.

—No se preocupe, detective —respondió Lisandro, forzando una sonrisa ejecutiva mientras se acomodaba los puños de la camisa.

—Entiendo que hay trámites que deben cerrarse.

¿En qué puedo ayudarle? Pensé que el peritaje de la aseguradora ya había concluido con respecto a la pérdida total del auto de mi prometida.

Silva colocó su gastada libreta de notas sobre la mesa y la abrió despacio, pasando las páginas amarillentas con un crujido molesto.

—La aseguradora hace su trabajo, pero la policía debe hacer el suyo, señor.

Hay un par de cabos sueltos que no me dejan cerrar el expediente en paz —dijo el detective, levantando la vista para clavar sus ojos pequeños y oscuros en el rostro de Lisandro.

—Verá… hemos estado cruzando los informes de las unidades de emergencia de esa noche.

Me llama la atención un detalle en su teléfono corporativo.

Encontramos que usted y la señorita Ivanna intercambiaban decenas de mensajes a altas horas de la noche.

Mensajes que, curiosamente, fueron borrados de su teléfono justo después del accidente.

Como si alguien tuviera mucha prisa por ocultar su relación con ella antes de que la investigación se profundizara.

Lisandro se congeló a mitad de un movimiento. Su sonrisa ejecutiva se desvaneció de golpe, dejando sus facciones completamente rígidas. Sintiéndose como si el aire de la oficina se hubiera evaporado, parpadeó varias veces, incrédulo.

—Yo… yo no borré nada —mintió Lisandro, sintiendo que un sudor frío le perlaba la frente de inmediato. Su respiración se volvió rápida, entrecortada. —Ella era la mejor amiga de mi prometida, coordinábamos cosas… tal vez fue un error del sistema de almacenamiento.

—Ya veo —dijo Silva, anotando algo en su libreta con un trazo rápido.

—Un error del sistema. El problema, señor Lisandro, es que las inconsistencias en los tiempos de evacuación que declaró la señorita Dafne tampoco cuadran con la física del coche tras el impacto.

Y que usted haya borrado minuciosamente el historial con la señorita Ivanna justo la noche en que ella desaparece bajo el fuego…

me hace pensar que había algo muy pesado entre ustedes que no quiere que salga a la luz.

La destrucción de pruebas en un caso con una víctima mortal es un delito grave.

Volveré a revisar los partes técnicos antes de archivar esto. Buenas noches, señor Lisandro.

Lisandro no condujo de regreso al apartamento; prácticamente huyó de la oficina. Entró al piso abriendo la puerta con una violencia que hizo vibrar los ventanales de vidrio. Estaba empapado por la llovizna, con la corbata torcida y los ojos inyectados en sangre.

Ivanna, que estaba en la sala revisando unas notas de prensa en la tableta para seguir absorbiendo la rutina social de su amiga, se puso de pie de inmediato, adoptando la postura grácil e inocente de Dafne.

—¡Lisandro! ¿Qué pasa? Mi amor, estás pálido… —dijo, acercándose con fingida preocupación y extendiendo sus manos para tocarle la frente.

Lisandro la tomó de los hombros con una fuerza que le dolió en las suturas ocultas detrás de sus orejas. La miró con una desesperación salvaje, con la respiración entrecortada.

—Dafne… Dios mío, Dafne… la policía estuvo en mi oficina —dijo él, con la voz rota, temblando por completo. —El detective Silva… ese tipo está buscando cualquier excusa para escarbar en nuestras vidas y armar un escándalo.

Ivanna mantuvo la rigidez de su papel, aunque por dentro un presentimiento negro empezó a escalar por su espalda. El nombre del detective Silva ya empezaba a sonarle como una amenaza directa.

—¿Qué te dijo ese hombre, Lis? Me estás asustando —preguntó Ivanna, modulando la voz de Dafne de manera impecable.

—Me arrinconó preguntándome por qué se borraron registros de llamadas y mensajes de mi teléfono corporativo de las semanas previas al accidente —confesó Lisandro, bajando la voz a un susurro lleno de pánico.

—Teme que la prensa o los auditores sospechen de alguna irregularidad o negligencia que afecte a la constructora de mi padre si el caso del choque no se cierra limpio.

Si ese detective utiliza la tragedia de tu amiga para extorsionarnos, sembrar dudas o armar un circo mediático por puro morbo, va a ser un desastre espantoso.

¡Arruinará nuestras acciones, nuestra boda, mi carrera, todo!

¡Tenemos que hacer algo para frenarlo, Dafne!

Ivanna se quedó quieta en el centro de la sala, observando el miedo egoísta de Lisandro.

Él solo temía por el prestigio de su apellido, el valor de sus acciones y el rastro de su teléfono, ignorando que la mujer que tenía enfrente no era la heredera con la que planeaba casarse, sino la mente maestra que había diseñado la huida en la carretera.

Silva se estaba acercando demasiado a los secretos de Lisandro, y si escarbaba lo suficiente, terminaría chocando con la verdadera identidad de Ivanna.

—Tranquilízate, Lisandro —dijo Ivanna, dando un paso hacia él y tomándolo del rostro con suavidad, usando la cadencia protectora y firme que Dafne solía mostrar cuando asumía el control.

—Déjame pensar. No dejes que nadie en la constructora te vea flaquear de esa manera.

Yo misma hablaré con mi padre mañana por la mañana.

Adolfo sabe perfectamente cómo tratar con los altos mandos de la policía para que archiven estos trámites de rutina sin hacer ruido.

Nadie va a tocar nuestra boda ni tu carrera. Te lo prometo.

Lisandro la miró, exhalando un suspiro largo y pesado, dejando caer la cabeza sobre el hombro de Ivanna en busca de refugio. Ella lo abrazó mecánicamente, acariciándole la espalda mientras mantenía los ojos abiertos en la penumbra del cuarto.

El detective Silva se había convertido en un problema urgente.

Ivanna miró de reojo la caja de sándalo de Leonor que descansaba sobre la mesa y luego fijó la vista en los cristales empapados por la llovizna.

El cerco se estaba estrechando a su alrededor desde dos frentes distintos, y la comodidad de su nueva vida de lujo empezaba a exigir un precio muy alto.

Pero Ivanna no había derramado tanta sangre y soportado tanto dolor físico en el quirófano para dejarse atrapar por un policía de tránsito.

Con Lisandro aferrado a ella como un niño asustado, Ivanna se prometió a sí misma que movería las piezas necesarias para blindar su mentira, sin sospechar que el verdadero golpe, el que le destrozaría el suelo bajo los pies, no vendría de las oficinas de la policía, sino del rincón más olvidado de un hospital.