6. EL CUERPO DEL DELITO
EL CUERPO DEL DELITO
En el otro extremo de la ciudad, donde las fachadas de los edificios perdían sus acabados de lujo y el aire se cargaba con el hollín del transporte público, se levantaba el Hospital General.
Era un monstruo de concreto desgastado, con pasillos pintados de un verde clínico que la humedad había empezado a descascarar en las esquinas.
El ruido allí nunca cesaba: el chirrido de las camillas de metal, el murmullo constante de los familiares que esperaban en sillas de plástico y el eco de los pasos apresurados del personal de guardia sobre el terrazo agrietado.
En la sala de cuidados intensivos del tercer piso, la luz blanca y parpadeante de un tubo fluorescente iluminaba la cama número cuatro.
Allí yacía la paciente registrada bajo las siglas NN.
Su cuerpo estaba envuelto casi por completo en gasas estériles y vendas de compresión.
No había rostro visible; la cabeza era un óvalo blanco del que solo sobresalían dos pequeñas aberturas para los ojos, la nariz y un tubo que le ayudaba a respirar.
Sus manos descansaban sobre las sábanas ásperas del hospital, cubiertas por gruesos vendajes amarillentos debido al ungüento para quemaduras.
No tenía nombre, no tenía visitas y no tenía pasado.
Para el sistema de salud pública, era solo una estadística de carretera al borde del colapso.
El Dr. Ortega —quien además de su prestigiosa práctica privada en la clínica realizaba horas de servicio social obligatorio en este hospital general— se detuvo al pie de la cama con una carpeta metálica en las manos. Su rostro, habitualmente sereno, mostraba una profunda fatiga.
—¿Alguna novedad con la paciente de la cama cuatro, enfermera? —preguntó Ortega, revisando las gráficas de signos vitales.
—Sigue estable dentro de su gravedad, doctor —respondió la enfermera de turno, limpiando la mesita de noche de metal—. Pero los peritos de tránsito acaban de salir de la oficina de admisión con novedades.
Ortega levantó la vista de la carpeta, curioso.
—¿Lograron identificarla?
—Sí, doctor —intervino un oficial de la policía que avanzaba por el pasillo ajustándose la gorra del uniforme, acercándose a la cabecera de la cama—.
Los brigadistas hicieron un peinado minucioso en la cuneta donde cayó el vehículo.
A dos metros de la escena, semienterrada en la maleza humedecida por la lluvia, hallaron la licencia de conducir a nombre de Ivanna Suárez.
El oficial sacó una bolsa de plástico de prueba donde se apreciaba el documento de conducir, rajado en una esquina y manchado por el hollín.
—Además —prosiguió el agente, consultando su libreta de notas—, la señorita Dafne Elizalde, quien sobrevivió al choque y se encuentra bajo cuidados en la clínica, acaba de rendir su declaración oficial.
Ha confirmado que la única persona que viajaba con ella en el auto esa noche era su amiga, Ivanna Suárez.
Con estos datos, la fiscalía ha cerrado el registro de identificación.
Legalmente, esta paciente queda registrada como Ivanna Suárez.
Ortega contempló el plástico sellado y luego dirigió la mirada hacia la mujer inmóvil en la cama.
—Entendido, oficial. Actualizaremos la ficha médica y el expediente de ingreso de inmediato —asintió el cirujano.
El policía hizo un leve gesto con la cabeza y se retiró por el pasillo del pabellón.
Ortega se acercó a la cabecera de la cama y observó el pecho de la mujer elevarse y descender con un ritmo lento, artificial.
No había registros de huellas dactilares legibles debido a las quemaduras de tercer grado en las yemas de sus dedos, pero con la licencia y la declaración formal de la falsa Dafne, el expediente parecía cerrado.
—Es una tragedia —murmuró Ortega, palpando suavemente el borde del vendaje de la mandíbula de la paciente—. Si sobrevive, la reconstrucción de su rostro será un proceso de años. Prácticamente tendremos que inventarle facciones nuevas.
El médico tomó el bolígrafo y, con trazos firmes sobre la portada de la carpeta metálica, tachó las siglas “NN” y escribió el nombre que la impostora le había asignado desde las sombras: Ivanna Suárez.
Ortega anotó las indicaciones en la ficha y se retiró, dejando la habitación sumida en el zumbido monótono del monitor de ritmo cardíaco.
En la oscuridad de su mente, Dafne no escuchaba el monitor.
Para ella, el mundo era un abismo silencioso, un vacío donde el tiempo no corría.
Sin embargo, muy en el fondo de ese letargo, una chispa comenzó a encenderse.
No fue un pensamiento lógico, sino una sensación física: el frío.
Un frío agudo y doloroso que le calaba los huesos, idéntico al que sintió cuando las gotas de lluvia de la tormenta le golpeaban el rostro a través del parabrisas roto del auto deportivo.
De pronto, las imágenes regresaron en un torbellino violento y desordenado. El camión de carga invadiendo el carril. El chirrido ensordecedor del metal doblándose. El olor a gasolina. El humo asfixiante que le quemaba la garganta. Y luego… el rostro de Ivanna.
Dafne recordó la mirada de su amiga. No era la mirada de la sombra asustada y sumisa que siempre la acompañaba; era una mirada de una frialdad monstruosa, desprovista de cualquier rastro de humanidad.
Recordó cómo sus dedos, adornados con el anillo de compromiso, arañaron inútilmente el abrigo beige de Ivanna buscando un agarre, una salvación.
Y recordó la voz de Ivanna, un soplido helado antes de soltarle la mano y dejarla atrás, en la trampa de metal que empezaba a arder.
«Lo siento, Daf. Tú ya has tenido suficiente».
Las palabras de Ivanna resonaron en el cerebro de Dafne como un trueno.
El dolor físico la golpeó de golpe, despertándola de su limbo.
Sentía que el rostro le ardía como si estuviera expuesto directamente a las brasas de una hoguera, y una opresión insoportable en el pecho le impedía tomar aire.
Intentó gritar, pero de su garganta solo escapó un quejido ronco, un soplido seco obstruido por el tubo de ventilación.
Sus párpados, pesados y pegados por la secreción y las costras del trauma, se abrieron un milímetro.
La luz blanca y parpadeante del techo del hospital general la cegó por un instante.
La penumbra verde de la sala de cuidados intensivos empezó a tomar forma a su alrededor.
Dafne intentó mover las manos para quitarse las vendas que le asfixiaban el rostro, pero sus brazos se sentían como bloques de plomo atados a la cama.
Al intentar flexionar los dedos, un dolor punzante y agudo la hizo jadear; sus dedos estaban rígidos, envueltos en gruesas gasas amarillentas.
—Tranquila, tranquila… no se mueva —una voz desconocida y firme sonó a su lado.
Una enfermera se acercó rápidamente, colocándole una mano suave sobre el hombro para contener el movimiento involuntario de su cuerpo. El monitor cardíaco comenzó a pitar con una velocidad frenética, llenando la habitación de una alarma ruidosa.
—¡Doctor! La paciente Ivanna Suárez está despertando del coma. Está entrando en taquicardia —gritó la enfermera hacia el pasillo.
Dafne movía los ojos con desesperación detrás de la estrecha abertura de las vendas.
Quería hablar. Quería gritar que se llamaba Dafne, que era la hija de Adolfo y Leonor, que su prometido se llamaba Lisandro y que su mejor amiga la había dejado morir en esa carretera.
Pero de su boca solo brotaba un jadeo incomprensible, un silbido metálico provocado por el daño en sus cuerdas vocales debido a la inhalación de humo ardiente.
El Dr. Ortega entró corriendo a la habitación, seguido por un asistente. Se acercó a la cama, sacando una pequeña linterna de su bolsillo para examinar las pupilas de la paciente.
—Tranquila, señorita. Está a salvo. Está en el hospital —dijo Ortega con una voz calmada, proyectando la luz en los ojos de Dafne.
—Ha sufrido un accidente muy grave. No intente hablar ni moverse, tiene el cuerpo muy débil.
Suéltela, enfermera, prepare una dosis de sedante suave para estabilizar su ritmo.
Dafne miró al hombre de bata blanca. Vio su rostro serio, sus anteojos. Quería aferrarse a él, quería escribir su nombre en el aire, pero sus manos vendadas no respondían. El miedo de verse atrapada en ese cuerpo sin identidad, sin rostro y sin voz la envolvió como una red de plomo.
—La… la… —intentó vocalizar Dafne, pero el sonido se perdió en el plástico del respirador.
—No se esfuerce —insistió Ortega, colocándole una mano en la frente con suavidad. —Sé que está asustada. Nadie sabe quién es usted todavía, pero la vamos a cuidar. Su cuerpo está sanando.
A través de la vía intravenosa, el sedante comenzó a ingresar a su torrente sanguíneo.
Dafne sintió que una oleada de calor pesado le subía por el brazo, entumeciéndole los músculos y nublándole la vista una vez más.
El rostro del doctor Ortega empezó a desvanecerse en la niebla verde de la habitación.
Antes de caer nuevamente en la oscuridad, una fría y gélida determinación se instaló en el pecho de Dafne.
No iba a morir. No importaba que no tuviera rostro, no importaba que nadie la buscara.
Sobreviviría. Sobreviviría para recuperar lo que era suyo, y para asegurarse de que Ivanna pagara por cada centímetro de piel que el fuego le había arrebatado.
El monitor cardíaco comenzó a ralentizarse, devolviendo la habitación a su monótono y silencioso compás rítmico, mientras Dafne se sumergía de nuevo en el limbo, pero esta vez, con los ojos de su mente bien abiertos.