5. EL ECO EN LA SANGRE
EL ECO EN LA SANGRE
La sospecha no entra en una casa con el estruendo de un vendaval; se arrastra en silencio, como la humedad que trepa por los muros de concreto hasta pudrir los cimientos sin que nadie lo note.
Ivanna lo supo en el instante en que abrió la puerta del apartamento y vio a Leonor de pie en el umbral.
La madre de Dafne no llevaba su habitual sonrisa protectora.
Vestía un traje de sastre gris marengo, impecable, y sostenía contra su pecho una pequeña caja de madera de sándalo con esquinas de latón desgastado.
Era un objeto antiguo, de esos que acumulan el olor a cera de abejas y a secretos familiares guardados durante generaciones.
—Pensé que te gustaría tener esto aquí, mi vida —dijo Leonor, entrando sin esperar invitación.
Su mirada recorrió la sala de estar, deteniéndose por un segundo de más en una taza de té vacía que descansaba sobre la mesa auxiliar, colocada deliberadamente del lado izquierdo.
—He traído tu diario de la adolescencia y las cartas que te escribía tu abuela desde el campo.
Tu padre insistió en que te haría bien recordar quién eres ahora que estás empezando esta nueva etapa con Lisandro.
Ivanna sintió que la saliva se le volvía de plomo. Se obligó a relajar los hombros y a modular su voz, buscando ese tono cantarín y mimado de Dafne que empezaba a rasparle la garganta de tanto ensayarlo.
—Oh, mamá… qué lindo detalle. Gracias —dijo, estirando los brazos para recibir la caja.
Al tomarla, las puntas de sus dedos rozaron las de Leonor.
La madre de Dafne no retiró la mano de inmediato.
Sostuvo el agarre, mirando fijamente las manos de Ivanna.
Eran manos finas, cuidadas con las cremas costosas de Dafne, pero Leonor parecía estar buscando algo más profundo que la superficie de la piel: la memoria táctil de la carne que había arrullado de bebé.
—Estás temblando, Dafne —comentó Leonor, con una suavidad que a Ivanna le pareció más peligrosa que un grito. —Y tienes las manos frías. ¿Estás comiendo bien? Siento que te estás desvaneciendo desde que saliste de la clínica.
—Es solo el frío de la mañana, mamá. Y la fisioterapia, que me deja agotada —mintió Ivanna, retrocediendo un paso para romper el contacto físico y colocar la caja sobre la mesa de centro. —¿Quieres que prepare un poco de infusión?
—No, no te molestes. Vine solo por un momento.
Adolfo me espera en el club para el almuerzo —respondió Leonor, sentándose en el borde del sofá de cuero blanco con una rigidez que no era habitual en ella.
Sus ojos, pequeños y afilados como cuentas de vidrio, no se apartaron de Ivanna mientras esta se acomodaba el cabello castaño detrás de la oreja.
—Cuéntame, ¿cómo van los preparativos de la boda?
Lisandro me dijo que han tenido que posponer la reunión con los banqueteros.
—Sí, preferimos tomarlo con calma. El doctor Ortega dice que la tensión no ayuda a la cicatrización de los puntos internos del rostro —respondió Ivanna, sentándose en el sillón de enfrente, manteniendo una distancia segura.
Leonor asintió despacio. Se inclinó hacia adelante, abriendo la caja de sándalo con un leve chasquido del pestillo de latón. Sacó un cuaderno pequeño, de tapas de cuero gastadas por el uso, con las hojas amarillentas por el paso del tiempo.
—¿Te acuerdas de esto? —preguntó Leonor, extendiéndole el cuaderno.
—Lo escribiste el verano que cumpliste catorce años, cuando nos fuimos a aquella cabaña junto al lago.
Pasabas horas bajo el sauce llorón, escribiendo poemas que no dejabas leer a nadie.
Ayer lo abrí y encontré la flor de lavanda que secaste entre las páginas. Aún conserva un poco de aroma.
Ivanna tomó el cuaderno. El olor a papel viejo y a lavanda seca le golpeó la nariz, provocándole un cosquilleo de alergia que se obligó a contener apretando los dientes.
Abrió las páginas al azar. La caligrafía de Dafne era redonda, ordenada, con una inclinación muy sutil hacia la izquierda.
Ivanna la había practicado durante noches enteras en la tableta digital, pero verla allí, grabada con tinta real sobre papel físico de hace más de diez años, le produjo una oleada de vértigo.
—Claro que me acuerdo, mamá —dijo Ivanna, forzando una sonrisa nostálgica. —La cabaña… la lluvia sobre el techo de madera. Fue un verano hermoso.
Leonor se quedó completamente inmóvil. El silencio que se instaló en la sala se volvió tan denso que el rítmico goteo del grifo de la cocina pareció amplificarse hasta volverse insoportable.
—Dafne… —susurró Leonor, y por primera vez, el tono de su voz perdió toda la calidez maternal, tornándose frío, plano, casi acusador.
—Ese verano no llovió ni un solo día. Tuvimos una sequía tan terrible que el lago casi se seca por completo y tuvimos que regresar antes de tiempo porque el calor era insoportable.
Tú odiaste ese viaje. Dijiste que jamás volverías a un lugar con tanta tierra.
El aire pareció escaparse de los pulmones de Ivanna de golpe.
Sintió que la sangre se le congelaba en las venas, dejándole los dedos entumecidos sobre el cuero del cuaderno de Dafne.
El error había sido absoluto, una trampa de memoria en la que había caído por puro cansancio y por asumir que “los veranos en el campo” siempre incluían tardes de lluvia nostálgicas.
Miró a Leonor. La madre de Dafne la observaba con una fijeza espeluznante. No había lágrimas en sus ojos, solo una sospecha fría y analítica que empezaba a tomar forma en su mente.
—Yo… —Ivanna tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba por la tensión.
Se llevó la mano izquierda a la frente, apretándose las sienes con fuerza, fingiendo un repentino ataque de desorientación.
—Perdona, mamá. Es la medicación… los analgésicos que me dio Ortega para el dolor de cabeza.
A veces confundo los recuerdos de los viajes.
Mezclé la cabaña del lago con la casa de campo de mi tía… mi mente está tan nublada últimamente.
Leonor no se movió para consolarla. Se limitó a inclinar la cabeza hacia un lado, observando la agitación en el pecho de Ivanna con una distancia que helaba la sangre.
—Sí —dijo Leonor, con una voz que sonó como un susurro lejano. —La medicación debe ser muy fuerte. Pero es extraño, Dafne… tu tía nunca tuvo una casa de campo. Ella siempre vivió en el extranjero.
El pánico es un animal que muerde por dentro sin hacer ruido.
Cuando Leonor finalmente se marchó, dejando la caja de sándalo sobre la mesa como una bomba de tiempo silenciosa, Ivanna corrió al baño de visitas.
Se apoyó contra el lavabo de mármol, respirando con una agitación salvaje que le hacía doler las costillas.
Abrió el grifo del agua fría y se mojó el rostro una y otra vez, tratando de enfriar la fiebre del pánico que le subía por el cuello.
Se miró al espejo. Las facciones que Ortega había diseñado estaban allí: la nariz perfecta, la frente limpia, los pómulos altos de Dafne. Pero al mirar al fondo de sus propios ojos oscuros, Ivanna vio la mirada de una intrusa acorralada.
«Ella lo sabe», pensó, apretando los puños contra el borde del mármol hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. «O al menos, está empezando a saberlo. El instinto de esa mujer es un sabueso».
No podía permitir que Leonor siguiera tirando del hilo. Una madre no se rinde ante la explicación de una “mente nublada por medicamentos”. Volvería a hacer preguntas, buscaría más inconsistencias, y tarde o temprano, la farsa se derrumbaría.
Ivanna salió del baño y caminó hacia la sala.
Se detuvo frente a la caja de madera de sándalo.
Con las manos temblorosas, la abrió de nuevo.
Revolvió las cartas antiguas, los cuadernos escolares de Dafne, buscando cualquier cosa que pudiera salvarla.
Encontró un sobre de papel Manila sin sellar en el fondo de la caja. Lo abrió con cuidado.
Dentro había un cepillo de cabello de plata antigua, con algunas hebras de cabello castaño largo enredadas en las cerdas.
Ivanna sintió que un sudor frío le perlaba la frente de inmediato. ¿Por qué Leonor traería un cepillo de cabello viejo de la adolescencia de Dafne en esa caja?
La respuesta se materializó en su mente con la claridad de un relámpago: una prueba de ADN.
Leonor no había traído la caja por nostalgia.
La había traído para comparar. Si Leonor sospechaba que la mujer en su casa no era su hija, el instinto maternal no se detendría ante las cirugías reconstructivas del doctor Ortega.
El ADN no mentía. Si Leonor lograba conseguir un cepillo de dientes de Ivanna en el apartamento, o un mechón de su cabello actual, y lo comparaba con el cabello guardado de la verdadera Dafne… todo habría terminado.
Un sonido metálico en el pasillo la hizo sobresaltarse. Era el ascensor privado abriéndose. Ivanna guardó el cepillo de plata en el sobre y cerró la caja de sándalo de un golpe justo cuando las puertas de metal se deslizaban para revelar a Lisandro.
Lisandro entró a la sala con el paso cansado del hombre que carga con un cadáver invisible a cuestas. Dejó su portafolios en el suelo y se aflojó la corbata de seda con un gesto de fastidio. Al ver la caja de madera de sándalo sobre la mesa y el rostro pálido y tenso de Ivanna, se detuvo.
—¿Qué es esto? —preguntó, señalando la madera con un tono de voz apagado.
Ivanna dio un paso adelante, forzando de inmediato la dulzura cantarína y la fragilidad física de Dafne. Se llevó una mano al hombro, fingiendo desánimo.
—Tu suegra estuvo aquí, Lis —respondió Ivanna, suavizando las vocales, imitando el tono mimado de su amiga. —Trajo algunas cosas de mi infancia. Dice que es para ayudarme a recordar… tras el accidente. Pero, Lisandro, me asustó mucho la forma en que me miraba.
Lisandro frunció el ceño. Se acercó lentamente, colocándose frente a ella. Había una distancia insalvable entre ellos, una frialdad que la llovizna exterior parecía amplificar a través de los vidrios.
—Leonor me llamó hoy a la constructora —dijo Lisandro, con una voz que sonó tensa.
—Me preguntó si había notado algo… diferente en ti.
No se refería a las cicatrices, Dafne. Dijo que tu voz suena más ronca, que tus gestos son extraños y que cometiste un error con un recuerdo familiar muy íntimo.
Me preguntó si el accidente pudo haberte causado algún tipo de daño neurológico permanente. ¿Qué fue lo que pasó?
Ivanna forzó una mirada de pánico inocente, abriendo mucho los ojos y dejando que sus labios temblaran. Se acercó a él y le tomó las manos, obligándolo a sostener su agarre.
—Cometí un error con un recuerdo de un viaje al lago, Lis.
Mi mente está tan confundida por los medicamentos que le dije algo equivocado —gimió Ivanna, apoyando la cabeza en el pecho de él.
—Pero ella no me creyó. Me miró con tanta frialdad…
Y lo peor es lo que dejó dentro de esa caja.
Lisandro, dejó un cepillo con cabellos míos de cuando era adolescente.
¿Por qué haría algo así? Ella… ella cree que no soy yo. Creo que está tan obsesionada con mis cambios tras el choque que quiere hacerme una prueba de ADN en secreto.
Lisandro se quedó pálido. La sola mención de una prueba de ADN pareció arrebatarle el poco aire que le quedaba en los pulmones.
Para él, que su suegra sospechara de una “locura” o daño neurológico en su prometida ya era un problema, pero la sola idea de que la madre de Dafne estuviera perdiendo la cabeza y dudando de la identidad de su propia hija bajo su techo amenazaba la frágil estabilidad que él tanto intentaba mantener.
—Dios… no… —balbuceó él, frotándose el rostro con las manos con desesperación.
—Leonor está perdiendo el juicio por el trauma del accidente.
Si empieza a hacer locuras como pruebas de ADN y a hablar con los médicos, esto se volverá un escándalo público.
Mi familia, la constructora, nuestra reputación…
la prensa se enterará de que la heredera de los constructores está bajo sospecha médica o psiquiátrica.
Todo se irá al diablo, Dafne. Tenemos que detenerla.
Tienes que convencerla de que estás bien.
Ivanna lo miró desde abajo. Tras sus ojos de víctima asustada, su mente real —fría y calculadora— trabajaba a toda velocidad.
Vio el pánico de Lisandro por perder su estatus y su dinero, y comprendió que tenía el control.
Él nunca dudaría de que ella era Dafne; estaba demasiado ciego por su propia culpa y su codicia.
—No se puede convencer a alguien que ha decidido desconfiar de ti, Lisandro —susurró Ivanna, usando la voz suave de Dafne, pero cargándola de una sutil y ponzoñosa manipulación.
—Mi madre no va a parar. Si sigue así, nos va a destruir a los dos.
Va a arruinar nuestra boda, nuestra vida…
y tú y yo sabemos muy bien que no podemos permitir que su obsesión nos hunda.
Lisandro la miró, con los ojos abiertos por el pánico, buscando en ella la guía que él no tenía en medio de su tormento.
—Entonces… ¿qué vas a hacer? —preguntó con un hilo de voz.
Ivanna miró el ventanal empapado por la llovizna.
Su mente comenzó a diseñar un nuevo mapa de supervivencia.
Un mapa en el que Leonor tenía que desaparecer antes de que consiguiera esa prueba de ADN que revelaría al mundo que la verdadera Dafne estaba muerta (o eso creía ella) y que la mujer en su casa era una impostora.
—Voy a hablar con ella, mi amor —susurró Ivanna con una sonrisa tierna y letal. —Voy a asegurarme de que su obsesión… no vuelva a ser un problema para nosotros.